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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 2

Camila

Cuando el reloj marcó casi el final de la jornada, guardé los últimos documentos en la carpeta y apagué la pantalla de la computadora. Ya no tenía nada pendiente. Al menos, nada que pudiera resolverse ese día.

Unos segundos después, llamaron a la puerta.

—¿Ya te vas? —preguntó Nicolás asomándose al despacho.

—Sí —respondí—. Ya terminé por hoy.

Asintió y apoyó una mano en el marco de la puerta.

—No me esperes para cenar —dijo—. Tengo una cena con un cliente esta noche.

—Está bien —respondí.

No añadí nada más. Él tampoco. Se despidió con un gesto breve y se fue por el pasillo.

Tomé mi bolso, revisé por última vez el escritorio y salí de la oficina unos minutos después. El piso estaba casi vacío. El sonido de mis pasos resonaba en el corredor silencioso.

Llegué al ascensor y presioné el botón. Las puertas se abrieron y entré. Justo cuando comenzaban a cerrarse, una mano se interpuso entre ellas.

—Espera.

Braulio se adentró en el ascensor y las puertas se cerraron detrás de nosotros. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. El ascensor comenzó su descenso suave y constante.

—La reunión fue más complicada de lo que esperábamos —dijo finalmente—. Convencerlos se está volviendo difícil.

—Lo sabíamos —respondí—. Siempre fue una posibilidad. Aún no hay una decisión definitiva.

Asintió, pensativo.

—Aun así —dijo—, no deja de ser sorprendente que tu propio esposo no apoye tu postura.

Lo miré de reojo.

—Nicolás es mi esposo. No mi discípulo—respondí.

Braulio soltó una leve sonrisa, casi irónica.

—Tal vez dentro de la empresa no —dijo—. Pero en casa siempre se puede hacer algo al respecto. Tú sabes cómo funciona eso. Podrías hacer un comentario, tener un detalle romántico. Algo que lo haga cambiar de opinión.

Entendí lo que estaba sugiriendo.

—Tú sabes que nunca me interesó intervenir en las decisiones de mi esposo. Nicolás siempre ha sido libre de tomar las decisiones que quiera dentro de la empresa —respondí, con calma—. Fuera de aquí es mi esposo. Pero aquí dentro, te recuerdo que es el representante legal de nuestro abuelo.

Braulio me observó en silencio durante un instante.

—Y defiende exactamente lo que el abuelo defiende —añadí—. Sus ideas, sus acciones. No las mías.

—Nunca entendí por qué el abuelo confía tanto en él.

No respondí. Alguna vez yo me he preguntado lo mismo.

El ascensor siguió descendiendo. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, más pesado que antes.

Cuando las puertas se abrieron en el estacionamiento, Braulio fue el primero en salir.

—Solo piénsalo un poco —dijo, antes de alejarse.

Yo permanecí unos segundos dentro del ascensor, sin moverme. Luego salí y me dirigí hacia mi coche.

Mientras caminaba, no pude evitar preguntarme en qué momento las decisiones profesionales empezaron a exigir concesiones personales. O quizá siempre fue así, y yo solo estaba empezando a notarlo ahora.

Ya en casa, cuando termino de acostar a Alvarito, la casa queda en silencio.

Tamara recoge las últimas cosas de la cocina y se acerca a despedirse.

—Buenas noches, señora. Hasta mañana.

—Hasta mañana, Tamara. Gracias —respondo.

La puerta se cierra detrás de ella y me quedo sola. Camino hasta el ventanal del living y miro hacia afuera. El jardín está apenas iluminado y, más allá, la entrada al terreno permanece vacía. Nicolás aún no ha llegado.

No me inquieta. No me pregunto cuánto falta ni reviso el reloj. Asumo que la cena se extendió, que la conversación con el cliente fue más larga de lo previsto. Es lo normal.

Aún no tengo sueño. Voy hacia la sala y tomo un libro del estante. Es un ensayo sobre gestión estratégica y liderazgo corporativo, uno de esos textos densos, llenos de análisis y casos reales, que requieren concentración. Me siento en el sillón y empiezo a leer.

Las páginas pasan sin que lo note. Estoy absorta, subrayando mentalmente ideas, conectando conceptos, perdiendo la noción del tiempo.

El sonido de un motor rompe el silencio.

Levanto la vista justo cuando las luces del auto iluminan brevemente el ventanal. Nicolás ha llegado. Cierro el libro sin marcar la página y lo dejo a un lado.

Entra a la casa con la misma naturalidad de siempre.

—Buenas noches —dice, con una sonrisa—. ¿Todo bien?

—Sí —respondo—. Alvarito ya está dormido.

Se acerca, me da un beso breve y deja el maletín junto al mueble. Apoya también el teléfono sobre la mesa baja, cerca de mí.

—Voy a ducharme —dice — ¿Tú, ya vienes a dormir?

—En un momento.

Asiento y vuelvo a abrir el libro. Miro su teléfono a mi lado por unos segundos, y regreso la vista al libro. No lo pienso. No siento curiosidad ni necesidad de comprobar nada. Si estuvo con un cliente, bien. Si no, también. No es algo que me ocupe.

Sigo leyendo hasta que me doy cuenta de que ya no estoy prestando atención a las palabras. Cierro el libro, lo devuelvo a su lugar y apago la lámpara.

Tomo el teléfono de Nicolás y subo a la habitación.

Me acuesto de mi lado de la cama y me acomodo bajo las sábanas. La casa vuelve a quedar en silencio, interrumpido solo por el sonido lejano del agua en la ducha.

Unos minutos después, Nicolás sale del baño. Lleva el pijama puesto y el cabello aún húmedo. Se mete en la cama.

—Tu teléfono —. Lo extendí hacia él —. Lo olvidaste en la sala.

Me mira serio por un instante, mientras yo me acomodo en mi lugar.

—Gracias.

 Sonríe y se acerca a mí, apoyando una mano sobre mi cintura.

—Camila… —murmura, buscando proximidad.

Cierro los ojos.

—Estoy muy cansada —digo—. Mañana tengo un día largo.

Hay un segundo de pausa. Siento cómo retira la mano con cuidado.

—Está bien —responde—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Me doy vuelta, le doy la espalda y apago la luz. El cuarto queda a oscuras. Me quedo inmóvil, escuchando su respiración regularizarse poco a poco.

No hay discusiones. No hay reproches. Tampoco hay cercanía.

Solo dos cuerpos compartiendo el mismo espacio, separados por una distancia que no se mide en centímetros, sino en silencios.

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