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EL CACHORRO DEL ALFA

EL CACHORRO DEL ALFA

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Demonios / Brujas / Embarazo no planeado / Hombre lobo / Embarazada fugitiva / Completas
Popularitas:1.2M
Nilai: 4.9
nombre de autor: Adriánex Avila

Dayana, una loba nómada, se ve involucrada con un Alfa peligroso. Sin embargo un pequeño bribón hace temblar a la manadas del mundo. Daya desconcertada quiere huir, pero termina en... situaciones interesantes...

NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 10. Si no quiere estar aquí

El silencio en el vestíbulo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Todas las miradas, desde los sirvientes hasta los guerreros más veteranos, estaban clavadas en la figura delgada pero inquebrantable de Dayana. El desafío tácito en sus palabras flotaba en el aire, tan palpable como el aroma a leña quemada y poder ancestral.

Dayana, sintiendo el peso de cada par de ojos, pero negándose a doblegarse, dio un paso adelante. No fue un movimiento agresivo, sino uno de pura claridad. Miró directamente a Octavia, cuya expresión era un mármol perfecto de curiosidad y desaprobación.

—¿Cómo está, Madre Luna? —su voz era suave, pero no débil. Clara y serena, como un arroyo que fluye imperturbable entre rocas.

—Mi nombre es Dayana Mérida. O Dayana Pérez. O Dayana González. O Dayana Meyer. O simplemente Dayana. —Hizo una pequeña pausa, dejando que la absurdidad de su lista de apellidos se instalara en la mente de todos.

—Usted puede elegir el que prefiera. Cambio de identidad cada vez que me mudo a un nuevo lugar. Lo único constante es Dayana —sus ojos miel, llenos de una calma sobrenatural, no se desviaron de los grises de Octavia

—Y no pertenezco a ninguna manada. No soy parte de ningún grupo. Soy nómada. Y ni tampoco pretendo pertenecer. Así que no se preocupe por eso.

La declaración cayó como una bomba en la sala llena de lobos para los cuales la manada lo era todo. La identidad, la protección, el honor, la vida misma. ¿Rechazar la pertenencia a los Colmillos Plateados? Era una herejía. Un insulto tan profundo que, por un segundo, nadie reaccionó, demasiado atónitos para procesarlo.

Las dos hermanas de Lycas, Ariadna y Selene, fueron las primeras en romper el hechizo de incredulidad.

—¡¿Cómo se atreve?! —estalló Ariadna, su rostro fino y hermoso contraído por una rabia que la hacía parecer mucho menos atractiva

—¡Una Omega insignificante! ¡Arrogante! ¿Cree que no podemos botarla así como así? ¡Solo porque tiene al heredero!

—¡Sí! —chilló Selene, señalando a Dayana con un dedo acusador

—¡Si no quiere estar aquí, que se vaya! ¡Pero el niño se queda! ¡Es de los Colmillos Plateados, no de una… una vagabunda!

Su grito, agudo y lleno de desprecio, resonó en el silencio. Era la solución simple y brutal que muchas mentes en la sala estaban empezando a considerar.

Pero Octavia no se inmutó. Al contrario, levantó una ceja con un interés aún más agudo. La furia de sus hijas era predecible, ruidosa y, en el fondo, trivial. Pero esta joven… Esta Dayana de mil apellidos y ninguno… era diferente. No era arrogancia lo que Octavia veía en sus ojos. Era convicción. Una paz interior tan feroz y absoluta que no necesitaba la validación de una manada para existir.

Era peligrosa, sí. No por lo que pudiera hacer, sino por lo que representaba, una libertad absoluta, un desapego total de sus estructuras de poder, un espejo que reflejaba la jaula dorada en la que todos ellos vivían. Era la encarnación de todo lo que ellos habían sacrificado por seguridad y poder. Y ahora estaba aquí, con el heredero del futuro Alfa en brazos, diciéndoles que su mayor tesoro “pertenecer a esta manada” no significaba nada para ella.

Un destello de algo que podía ser respeto o tal vez solo el reconocimiento de un adversario digno brilló en las profundidades grises de los ojos de Octavia.

—Silencio —ordenó, y su voz, aunque baja, cortó los arrebatos de sus hijas al instante. No miró hacia ellas; su mirada permaneció fija en Dayana.

—La que tiene algo que decir aquí soy yo. —Hizo una pausa deliberada.

—Solo Dayana, pues. Un solo nombre para una mujer con muchas vidas. Qué… interesante.

No dio una orden. No la insultó. No la despidió. La dejó en un limbo deliberado, estudiándola como un espécimen raro y fascinante. El mensaje era claro: el juicio de Dayana no había terminado. Acababa de comenzar. Y Octavia, la Madre Luna, sería la jueza.

La tensión en el vestíbulo era tan espesa que podría haberse cortado con un cuchillo. Las palabras de Dayana, su rechazo frontal a todo lo que la manada representaba, aún resonaban en el aire, desafiando siglos de tradición y orgullo. Fue en ese clímax de silencio cargado de desprecio e incredulidad que una voz cortó como un relámpago la pesada atmósfera.

—Madre.

Todos los presentes, incluida la impasible Octavia, voltearon hacia la fuente del sonido. Lycas estaba plantado a unos pasos, su envergadura llenando el espacio de una autoridad que no necesitaba gritar. Su ceño estaba fruncido, no con ira, sino con una impaciencia glacial. Había estado observando, midiendo la escena, y había decidido que el espectáculo había terminado.

—El niño ha viajado mucho. Está exhausto —declaró, su tono era una orden disfrazada de obviedad, pero nadie se atrevió a contradecirlo. Su mirada gris barrió brevemente a sus hermanas, silenciándolas con solo una mirada, antes de clavarse en Dayana y el pequeño Óscar, que se aferraba a ella como un pequeño koala asustado.

—Llevémoslo a su habitación. Dayana se quedará con él.

No era una sugerencia. Era la ley. Al pronunciarlo, no solo estaba protegiendo el bienestar de su heredero, sino que estaba delimitando territorios frente a toda la manada. Dayana, la nómada sin apellido, estaba bajo su protección directa. Era un mensaje claro para su madre y para cualquiera que pensara en desafiarlo.

Sin esperar más discusiones, se giró hacia las amplias escaleras de madera que conducían a los pisos superiores.

Inmediatamente, como si hubiera estado esperando una señal, una mujer de edad madura, vestida con el sencillo atuendo de las sirvientas Omegas de la casa, se acercó a Dayana con pasos silenciosos. Sus ojos, de un color avellana claro, brillaban con una curiosidad intensa. Miró a Dayana no con desdén o miedo, sino como si estuviera ante una criatura fascinante y novedosa. Había algo de admiración en su mirada, mezclado con una prudente cautela.

—Le invito a que me siga, señora —dijo con una voz suave pero clara, haciendo una pequeña reverencia.

Dayana, sintiendo el peso del cansancio y la abrumadora presión de decenas de miradas hostiles sobre ella, asintió levemente. Apretó a Óscar, que había enterrado su carita en su cuello, negándose a ver a nadie.

Con la cabeza en alto y una determinación renovada, pasó de largo sin dignificar a Ariadna y Selene con una mirada. Ignoró por completo cómo la devoraban con los ojos, cómo sus expresiones estaban torcidas por el rencor y la frustración. Sabía que su desprecio era un arma débil comparada con la orden directa de Lycas.

Al subir los escalones detrás de la sirvienta, pudo sentir la mirada analítica de Octavia grabada en su espalda. No era una mirada de odio, sino de evaluación pura. La de un estratega estudiando a un nuevo e impredecible oponente en el tablero.

Esta guerra no había terminado. Solo había cambiado de escenario. Y Dayana, la nómada que no quería pertenecer, ahora estaba atrapada en el corazón mismo de la fortaleza enemiga. Pero no estaba indefensa. Tenía a su hijo. Y tenía una voluntad de acero que la manada, con todas sus tradiciones y arrogancia, subestimaba gravemente.

Octavia, desde abajo, seguía su ascenso con una ceja ligeramente arqueada. El juicio había sido suspendido, pero no cancelado. La estaba analizando. Y lo haría todo el tiempo.

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Anya Forger
te tardaste, ya debías llegar con el niño
Anya Forger
yo lo hubiera
resumido, "Alfa no volveré
a desobedecer..." y tan tan, obvio, después le digo: que se ponga pilas con su asco de familia
Anya Forger
mínimo una 🧹 nueva
Anya Forger
Pero el niño si a ella, ya quedó claro que la nana, nomás no la arma frente a tus 😠desgraciadas hermanitas
Anya Forger
Aquí si la Octavia, se vio mal ,😑 tiene poder mínimo para aplacar a su hija
Anya Forger
Reclámele al "tonto" de su hijito, al Lycas...
Aura Carolina Muñoz Vasquez
DAYANA
María Alejandra Hernández Román
La autora como siempre manejando extraordinariamente el misterio 👏👏👏
María Alejandra Hernández Román
🤣🤣🤣🤣🤣🤣
Maria Gudiño
una novela maravillosa, felicitaciones para la escritora 👍👏💯
Imelda Rejon
hermoso capítulo. el alfa Lucien. su pareja destinada de segunda oportunidad y por supuesto el papá de Dayana que se va con ellos para estar al lado de su hija y nietos
Imelda Rejon
al fin se hizo justicia y se acabó el peligro que representan y merecido el ascenso de Lycas cmo rey alfa
Imelda Rejon
me parece una historia muy buena, m gusta mucho, gracias autora
me encantó esta historia, nos tuvo, al menos a mí, por momentos con el Jesús en la boca de la emoción. gracias autora por historia maravillosa. Felicidades y bendiciones 💐💐
Imelda Rejon
ah que Oscar. acusando a s madre de desobediente jajaja y si que sn s un cachorro!!!!
Imelda Rejon
al fin Cronos se está vengando de los que le hicieron tanto daño
Imelda Rejon
ésa manada sangrienta va desaparecer como lo sentenció la reina y Lycas va a tomar venganza por sus seres queridos y de su gente que pereció en el ataque traicionero
Imelda Rejon
el papá de Lycas será que su mate de segunda oportunidad sea beta de la reina ?, y será que puedan curar al alfa luciano?
Imelda Rejon
hermoso capítulo de confesiones u reencuentros y ternurita, Óscar cuidando a su abuelo
Imelda Rejon
que bueno que Dayana ua reaccionó. aunque está delicada y los cachorros también van a salir de esta rodeada del amor de su padre que al fin la encontró y de su familia paterna y el pequeño Oscar al fin vió a su mamá
Imelda Rejon
un capítulo muy triste la despedida de la luna madre. el dolor de la nana , de Lycas u toda la manada
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