En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 11: El juicio del monte
La oscuridad era absoluta, rota solo por los relámpagos que iluminaban los rostros desencajados de los dos hombres. Eliécer iba rápido, pero Antonio conocía un atajo por el "Paso del Jaguar", un desfiladero traicionero donde el barro se volvía una trampa mortal.
En su desespero, Antonio no gritó, no advirtió. Apareció como una sombra más entre los árboles, embistiendo a Eliécer justo antes de que este saliera a la carretera que llevaba a San José. El impacto los mandó a ambos por un barranco, rodando entre espinas y piedras afiladas hasta quedar en el fondo de una quebrada seca.
—¡Estás muerto, Antonio! —rugió Eliécer, tratando de alcanzar su fusil, pero el lodo lo había encasquillado.
—No si te mato yo primero —replicó Antonio, cuya audacia se había transformado en una furia fría y letal.
Se trenzaron en un combate cuerpo a cuerpo, un choque de fuerzas donde no había ideales, solo supervivencia. Eliécer era fuerte, pero Antonio peleaba por la vida de Isaí, y eso lo hacía invencible. En medio del forcejeo, Antonio logró hacerse con una piedra pesada del lecho del río. El primer golpe fue por el engaño, el segundo por el año de tristeza de Isaí, y el último por la paz que ambos merecían.
Cuando el cuerpo de Eliécer dejó de agitarse, el silencio de la selva regresó, pesado y cómplice.
Antonio, jadeando y cubierto de barro y sangre que no era suya, arrastró el cadáver hacia una de las grietas profundas de la cordillera, un lugar donde la vegetación devoraba todo en cuestión de días. No dejó rastro. Ni un casquillo, ni una prenda, solo el secreto enterrado bajo las raíces de un ceibo milenario.
Corrió hacia el pueblo, llegando a la ventana de Isaí justo cuando ella se disponía a cerrar. Al verlo así, herido y salvaje, ella ahogó un grito.
—Se acabó, Isaí —susurró él, tomándole las manos temblorosas—. Él no volverá. Nadie vendrá esta noche.
—¿Qué hiciste, Antonio? —preguntó ella, viendo la oscuridad en sus ojos.
—Lo que tenía que hacer para que pudieras seguir respirando.
Esa noche, mientras la lluvia lavaba la sangre del camino, Isaí comprendió que el hombre que amaba se había perdido a sí mismo en la selva para que ella no se perdiera en el olvido. Eran libres, pero el precio era un secreto que los uniría para siempre en una cárcel de silencio.
El silencio de la noche en San José era denso, interrumpido solo por el goteo de la lluvia sobre el tejado de adobe. Dentro del consultorio, la luz de una sola vela proyectaba sombras alargadas contra las paredes llenas de frascos de medicina. Antonio estaba de pie, con la respiración aún agitada y el barro de la selva secándose sobre su piel, pero sus ojos ya no buscaban enemigos; solo buscaban a Isaí su doctora amada.
Ella se acercó con un cuenco de agua tibia y un paño limpio. Sus manos temblaban, no de terror, sino por la descarga de adrenalina y el alivio de tenerlo vivo.
—Déjame limpiarte —susurró ella, comenzando a quitarle la camisa desgarrada.