una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 20: El peso de la herencia
El lunes por la mañana, el piso 42 de la corporación Ferrara no amaneció con el habitual silencio monótono del café y los teclados. El ascensor privado se abrió y, de él, emergió Solangel. Lucía un traje sastre color perla, impecable y afilado, pero lo que detuvo el aliento de los empleados fue el cochecito de bebé de diseño que empujaba con una elegancia marcial.
Valeria, con apenas ocho meses, iba sentada con la curiosidad despierta de quien empieza a descubrir el mundo. Tenía los mismos ojos de Maximiliano, profundos y analíticos, observando las luces del techo y el brillo de los cristales esmerilados.
—Buenos días —dijo Solangel a la secretaria de Maximiliano, con una sonrisa que no pedía permiso—. El señor Ferrara está en su despacho, supongo.
—Sí, señora Solangel. Tiene una revisión de presupuestos, pero...
—No te preocupes. Valeria y yo no somos una interrupción. Somos el motivo de todo este esfuerzo —respondió Solangel, avanzando hacia la pesada puerta de madera y cristal.
Al entrar, Maximiliano estaba de pie frente al ventanal. Se giró bruscamente y se encontró con la imagen que más temía en ese momento: su familia "perfecta" reclamando su espacio de trabajo.
—¿Solangel? ¿Qué haces aquí con la niña? —preguntó él, dejando su tablet sobre el escritorio con una rapidez que delataba sus nervios.
—Valeria se despertó muy activa hoy, Max. Pensé que le vendría bien ver el imperio que un día será suyo —dijo Solangel, soltando los frenos del cochecito y permitiendo que la bebé estirara sus pequeños brazos hacia su padre—. Además, hoy es el día para cerrar los informes de la editorial.
Maximiliano se acercó a la niña y la tomó en brazos. El peso de Valeria, su olor a talco y a vida nueva, fue como un ancla de plomo sobre su conciencia. La pequeña balbuceó, reconociendo el rostro de su padre, y le tiró de la corbata con una fuerza inocente.
—Hola, pequeña... —susurró él, besando su frente. Por un segundo, el recuerdo de sus encuentros clandestinos se sintió como una mancha oscura sobre la pureza de su hija.
—Se ve tan parecida a ti hoy, ¿no crees? —comentó Solangel, sentándose con una calma que resultaba inquietante—. He estado pensando en Elizabeth Moore. Es curioso que una mujer con tanto talento para la "humanización" prefiera trabajar de forma tan aislada, fuera de esta oficina.
Maximiliano se sentó con la bebé en su regazo, usándola como un escudo emocional inconsciente.
—Es una metodología de trabajo, Solangel. Los creativos funcionan mejor bajo sus propias reglas de espacio.
—Curioso. Porque he revisado los registros de acceso al servidor de la empresa —Solangel cruzó las piernas, su mirada fija en su esposo—. Elizabeth no se ha conectado desde su red habitual en los últimos días. Parece que su "talento" la lleva por caminos que no figuran en nuestros registros de asistencia.
El aire en la oficina pareció evaporarse. Maximiliano sintió que el cristal esmerilado que lo rodeaba se volvía transparente, dejándolo expuesto frente a la mujer que conocía cada uno de sus movimientos.
—¿Estás auditando la asistencia de una consultora externa, Solangel? Eso es excesivo —replicó él, tratando de mantener la voz firme mientras Valeria emitía un grito de alegría, ajena a la guerra que se libraba sobre su cabeza.
—No audito, Maximiliano. Protejo —Solangel se levantó y caminó hacia él, rodeando el escritorio. Se inclinó y tomó a Valeria de sus brazos con una suavidad gélida—. No me importa cómo gestiones tus proyectos, Max. Pero no permitas que tus "excepciones" pongan en peligro la estabilidad de lo que le pertenece a esta niña. El nombre Ferrara se mantiene en pie porque somos una estructura sin fisuras. No me obligues a buscar las grietas por mi cuenta.
Valeria comenzó a quejarse, sintiendo la tensión en el ambiente. Solangel la acomodó en el cochecito con una eficiencia mecánica.
—Mañana quiero a Elizabeth aquí, en esta oficina —ordenó Solangel, ya cerca de la puerta—. Quiero que me explique personalmente los avances. Y Maximiliano... —se detuvo, mirándolo de soslayo— no olvides que todo lo que ves aquí, desde este edificio hasta la cuna de Valeria, existe porque somos un equipo sólido. No rompas el equipo por un espejismo de libertad.
La puerta se cerró tras ella, dejando a Maximiliano solo con el aroma del perfume de su esposa y el eco del balbuceo de su hija. Se dejó caer en su silla de cuero, cubriéndose la cara con las manos. La visita no había sido un gesto maternal; había sido una declaración de propiedad. Solangel no necesitaba pruebas físicas; ella ya tenía las inconsistencias, y en su mundo, las inconsistencias eran sentencias de muerte.
Miró la marca de los dedos de su hija en su camisa. El tiempo de las sombras se había terminado. El cristal finalmente se había roto, y él sabía que la próxima vez que Elizabeth cruzara esa puerta, no sería para hablar de libros, sino para enfrentar el peso de una realidad que no perdonaba la debilidad del corazón.