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Forjada en el Bosque

Forjada en el Bosque

Status: Terminada
Genre:Fantasía / Aventura / Venganza / Hombre lobo / Completas
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Kel lopez

Zaya siempre fue rechazada por su manada por no transformarse en el tiempo esperado. Cuando finalmente despierta a su loba, Sura, aun así es expulsada tras ser rechazada por su compañero destinado, el alfa Varg. Condenada como renegada, sobrevive en el bosque hasta encontrar la Manada de la Oscuridad.

Allí conoce a Zack, otro renegado, con quien crea un vínculo muy fuerte. Ambos se ven envueltos en un conflicto mayor cuando Zack descubre que es el compañero destinado de Maia, hermana del temido Alfa Razkan (Sombra), líder de la manada. Esto provoca tensiones entre el destino, la lealtad y la autoridad.

Mientras Zaya intenta adaptarse y sobrevivir en este nuevo mundo, secretos sobre el pasado de Razkan y la destrucción de su antigua compañera revelan que el destino de todos está profundamente conectado, y que Zaya podría tener un papel decisivo para cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Kel lopez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Regresaron a la manada cuando el sol ya empezaba a descender, tiñendo el poblado con tonos anaranjados. La rutina parecía demasiado normal para quienes cargaban un secreto tan sombrío.

Razkan fue directo y silencioso. Ordenó a los vigías que redoblaran la atención y, sin levantar sospechas, se puso a observar a cada miembro de la manada: gestos, miradas, olores, reacciones. Nada se le escapaba al alfa. Un simple desvío de mirada o un cuerpo demasiado tenso bastaban para grabar un nombre en su mente.

Antes de seguir con Zaxar, dejó a Zaya en la casa central.

—Quédate aquí —ordenó, serio—. No salgas.

Zaya solo asintió, bajando la mirada… Pero en cuanto Razkan se alejó, la opresión en su pecho pudo más. Quedarse quieta, fingiendo que nada había pasado, le resultaba imposible.

Minutos después, ella también salió.

Caminó por las calles de tierra apisonada de la manada, intentando respirar, intentando apartar de su mente la imagen de la loba muerta en el suelo frío del bosque. Cada paso le pesaba más que el anterior, hasta que una voz conocida le llamó la atención.

—Vengan, vengan… Las historias de hoy son antiguas, más antiguas que esta manada.

Era el viejo contador de historias.

Estaba sentado en el mismo tronco de siempre, cerca de la plaza central, rodeado de algunos niños y dos o tres adultos curiosos. Sus ojos, a pesar de la edad, brillaban con una sabiduría inquietante.

Zaya se acercó despacio y se sentó a cierta distancia, abrazándose las rodillas.

—Hoy voy a contar sobre lobas olvidadas… —dijo el anciano, como si supiera exactamente quién lo escuchaba—. Aquellas a las que la diosa no abandonó, aun cuando el mundo les dio la espalda.

El corazón de Zaya se encogió.

—Dicen que algunas lobas cargan marcas invisibles, dolores que no son solo suyos, sino ecos de otras vidas, otros sufrimientos. Y cuando el mal se acerca… Esas lobas lo sienten antes que nadie.

Zaya sintió un escalofrío recorrerle la espina.

Levantó la mirada y observó al anciano.

—Y… ¿qué les pasa a esas lobas? —preguntó, casi en un susurro.

El contador de historias sonrió; una sonrisa extraña, casi triste.

—Ellas ven lo que los demás no quieren ver. Y, cuando llega la hora… Son ellas quienes cambian el destino de la manada.

Zaya tragó saliva. La sensación en su pecho volvió a latir, más fuerte que antes, como si algo dentro de ella estuviera despertando.

Sin darse cuenta, sus ojos comenzaron a recorrer los rostros a su alrededor.

Y entonces lo sintió.

Un olor casi inexistente. Disimulado. Artificial.

Zaya se levantó lentamente, el corazón desbocado.

Tal vez las historias no fueran solo historias.

Tal vez el monstruo estuviera mucho más cerca de lo que todos imaginaban.

Al andar un poco más por el poblado, Zaya notó que Malok, el herrero, tenía un corte reciente en el brazo.

—Señor Malok… ¿Qué le pasó en el brazo? ¿Está lastimado? —preguntó, señalando con discreción.

El hombre miró su propia herida y se encogió de hombros.

—¿Ah, esto? Se me cayó un hierro mientras trabajaba. No es nada.

Zaya asintió, pero algo en aquel corte la incomodó.

Más adelante, vio a Paco conversando animadamente con la señora de las frutas.

—Hola, Zaya —dijo al verla acercarse—. ¿Estás bien? Pareces un poco tensa. ¿Pasó algo?

—Estoy bien —respondió, forzando una sonrisa—. ¿Y Ruya, cómo está?

—Está mejor… Solo un poco enferma. Está guardando reposo en casa.

—¿Puedo ir a verla? —preguntó Zaya con cautela.

Paco vaciló un instante.

—Mejor no. Puede ser contagioso.

Fue entonces cuando Zaya notó un arañazo reciente en el cuello de él.

—¿Qué fue eso en tu cuello? —preguntó, intentando parecer casual.

Él se llevó la mano al lugar con rapidez.

—Ah… ¿Esto? Una rama de árbol. Estaba buscando hierbas para preparar una infusión para Ruya.

Zaya asintió, pero la incomodidad volvió a crecer en su pecho. Se despidió con cortesía y siguió su camino, ahora aún más pensativa.

En el trayecto de vuelta, se topó de frente con Lessia.

La loba cruzó los brazos y se le acercó, la mirada cargada de desprecio.

—Aléjate del alfa, Zaya —dijo en tono amenazante—. O te vas a arrepentir.

—Tú no me mandas —respondió Zaya con firmeza.

Lessia perdió el control y levantó la mano para darle una bofetada, pero Zaya reaccionó por instinto. Usando lo que había aprendido en el entrenamiento, le sujetó el brazo antes de que el golpe la alcanzara.

Fue entonces cuando sus ojos se posaron en un arañazo visible en la mano de Lessia.

—¿Qué fue eso en tu mano? —preguntó, entornando la mirada.

—No te importa —gruñó Lessia, arrancando el brazo con fuerza antes de marcharse furiosa.

Zaya se dirigió a la casa con el corazón acelerado.

Al llegar, fue directo a la cocina, se sirvió un vaso de agua y se quedó inmóvil, mirando al vacío, repasando mentalmente cada rostro, cada herida, cada excusa.

Demasiados arañazos. Demasiadas coincidencias.

Fue entonces cuando Zack entró en la cocina.

—¿Estás bien? —preguntó—. Pareces tensa.

—Ya es la segunda vez que me preguntan eso hoy —respondió Zaya sin mirarlo—. Estoy bien.

Zack tomó la botella de agua para servirse, y fue cuando Zaya vio dos arañazos recientes en su brazo.

Su corazón se saltó un latido.

—Zack… ¿Qué te pasó en el brazo?

Él miró los arañazos y sonrió, despreocupado.

—¿Ah, esto? Una loba enojada —bromeó.

Pero Zaya no sonrió.

Sin decir nada más, salió de la cocina y subió al cuarto. Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra ella, sintiendo el peso de las sospechas oprimiéndole la mente.

Malok.

Paco.

Lessia.

Zack.

Respiró hondo.

—¿Quién de ustedes es el monstruo? —susurró para sí misma, mientras la imagen de la loba muerta volvía a atormentar sus pensamientos.

Y, por primera vez, Zaya tuvo la certeza de que el peligro estaba mucho más cerca de lo que todos imaginaban.

Zaya cerró la puerta del cuarto con cuidado y apoyó la espalda contra ella, como si necesitara ese sostén para no hundirse en sus propios pensamientos. El corazón le latía demasiado rápido para alguien que decía estar "bien". Caminó hasta la cama, se sentó en el borde y se llevó las manos a la cabeza.

Arañazos.

Hierro que se cayó. Rama de árbol. Loba enojada.

Excusas demasiado simples… Demasiado convenientes.

Cerró los ojos, intentando ordenar todo lo que había visto. Malok, el herrero, lo bastante fuerte como para defenderse de cualquier cosa, con un corte extraño en el brazo. Paco, siempre amable, siempre servicial, con un arañazo en el cuello y una historia ensayada. Lessia, agresiva, consumida por los celos, con marcas recientes en la mano. Y Zack… Zack, a quien conocía, en quien confiaba, también con arañazos.

—Esto no puede ser coincidencia… —murmuró para sí misma.

Sura se removió dentro de ella, inquieta.

—Algo está muy mal, Zaya. El olor que percibiste en el bosque… no era de un desconocido. Era de alguien que camina entre nosotros.

Zaya sintió un escalofrío helado recorrerle la espina.

—¿Y si estoy viendo cosas? —susurró—. ¿Y si el miedo me está haciendo desconfiar de todos?

—La diosa no te habría dado esa sensibilidad en vano —respondió Sura con firmeza—. Ves porque necesitas ver.

Zaya se levantó y empezó a caminar por el cuarto de un lado a otro. La imagen de la loba muerta le volvió a la mente: el cuerpo destrozado, el dolor estampado incluso después de la muerte. Sus manos se cerraron en puños.

—No voy a ignorar esto. Sea quien sea… no va a lastimar a nadie más.

Del otro lado de la puerta, unos pasos resonaron por el pasillo. Zaya se detuvo de inmediato, conteniendo la respiración. La presencia que se acercaba era fuerte, dominante… Familiar.

Razkan.

Sintió el extraño vínculo que parecía formarse entre ellos vibrar levemente, como una advertencia silenciosa.

Tal vez fuera hora de confiar en alguien.

O tal vez, en aquella manada, confiar fuera el mayor riesgo de todos.

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