dioses, vampiros y amor
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capitulo 7: el eco del Olimpo
La misión en la Zona Norte terminó con un sabor amargo. Aunque el objetivo fue cumplido, la falta de disciplina de Eduard, William y Ana —quienes no perdieron oportunidad para intentar sabotear a los hermanos durante el despliegue— casi cuesta la vida de Mizuki. Usui, cuya paciencia era nula frente a la incompetencia, no tuvo piedad.
—Si vuelven a jugar a las casitas en mi campo de batalla, yo mismo les cortaré el cuello antes que el enemigo —sentenció Usui en el cuartel, ignorando las quejas de Ana. El castigo fue severo: confinamiento y turnos dobles de guardia.
Sin embargo, Mizuki se quedó mirando hacia el bosque mientras se limpiaba la sangre del labio.
—Hay algo extraño... —murmuró—. Como un zumbido en los dientes. No sé qué es.
Nadie le dio importancia, excepto Shion. Ella sentía el aire denso, como si el cielo estuviera a punto de desplomarse.
La ruptura del velo
Esa noche, el sueño no fue un refugio, sino una celda de tortura.
Shion vio el Olimpo, pero no como un paraíso, sino como un palacio de mármol manchado de sangre. Se vio a sí misma encadenada, con las alas arrancadas de cuajo mientras seres de luz se burlaban de su dolor. Vio rostros familiares —rostros que se parecían a Mizuki, a Minori, a los Namikaze— siendo exiliados o ejecutados por órdenes de dioses que ella una vez amó.
Se despertó de golpe. El pecho le ardía y sus ojos ya no eran grises, sino de un carmesí eléctrico. Sintió una presencia oscura acercándose a una velocidad imposible hacia el núcleo del JNC.
—¡Mizuki! ¡Minori! —gritó Shion, corriendo por los pasillos en pijama, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Llegó a la sala común. Allí estaban todos: sus hermanos, Alfred, Yaquimura y hasta Usui, quien charlaba despreocupadamente con una agente cerca de la barra. Shion apareció agitada, alzando la mano hacia ellos como si quisiera detener el tiempo.
—¡Apártense! —bramó.
El ataque de las sombras
Un estruendo ensordecedor sacudió el complejo. Las vidrieras estallaron y de la oscuridad surgieron látigos negros, densos como brea y rápidos como el rayo. Eran extensiones de una figura que flotaba en el centro del caos.
Los látigos se movieron con inteligencia propia. En un parpadeo, atraparon a Alfred, Eduard y Ana, elevándolos del suelo mientras succionaban su energía.
Shion sintió un latigazo de memoria. Había visto esos látigos antes. Habían matado a sus amigos hace mil años. Con lágrimas de rabia y dolor en los ojos, se lanzó al ataque. Sus movimientos ya no eran humanos; era un borrón de velocidad pura.
—¡Suéltalos! —gritó Shion, cortando el aire con sus manos desnudas, que ahora emitían un brillo plateado.
Mizuki, reaccionando a la energía de su hermana, atrapó a Ana cuando el látigo se cortó; Minori rescató a Eduard. Usui, con los reflejos de un demonio, tomó a un Alfred inconsciente antes de que golpeara el suelo.
Yaquimura, cegado por la preocupación, corrió hacia Alfred olvidando su guardia. Un látigo negro se alzó tras él como una cobra lista para atacar. Usui intentó alcanzarlo con la mano mientras protegía a Alfred, pero estaba demasiado lejos.
—¡Yaquimura! —rugió Usui.
Minori reaccionó primero, empujando a Yaquimura fuera de la trayectoria. Pero el látigo cambió de rumbo. Shion, viendo a su hermana en la línea de fuego, se interpuso. El golpe la recibió de lleno en el costado del estómago, lanzándola contra una columna con un crujido seco.
La danza de los hermanos
Pero Shion no se quedó abajo. Se puso en pie, escupiendo sangre, y sus ojos brillaron con una intensidad divina. Mizuki, sintiendo su propia sangre arder, se colocó a su lado. Ambos compartieron una mirada de mil años. Sonrieron. Una sonrisa salvaje, letal.
Minori se unió a ellos, dejando atrás su calma de oveja para mostrar la loba que llevaba dentro. Los tres pelearon mano a mano contra la figura oscura, moviéndose en una sincronía perfecta que dejó a los Namikaze en shock.
La figura de las sombras soltó una carcajada distorsionada que resonó en sus mentes.
—Son ustedes... todos ustedes... —dijo el ser, con una voz que parecía venir del fondo de una tumba—. Qué sorpresa. Regresaron de entre los muertos.
Con un último estallido de energía, la figura desapareció, dejando tras de sí un rastro de ceniza y un silencio sepulcral.
El colapso
Shion se tambaleó. El costado le sangraba profusamente y su visión se nublaba. Antes de que el mundo se apagara, buscó con la mirada a los demás. Vio a Alfred y Yaquimura a salvo. Vio a Eduard y Ana, temblando pero vivos, bajo la protección de un William que los sujetaba con fuerza.
Les dedicó una pequeña sonrisa, una de paz pura, y se desplomó. Mizuki la atrapó antes de que tocara el suelo.
Esa noche, mientras Shion yacía inconsciente en la enfermería, el aire en el JNC cambió. No solo ella soñaba. Alfred, Yaquimura, Usui e incluso los tres rivales, cerraron los ojos y escucharon lo mismo: voces del pasado, rostros borrosos bajo un cielo dorado y el peso de una promesa que el tiempo no pudo borrar.