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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18 Hachazos de realidad, el "Boxeo de Barrio" y el martillo

El sol de Vado Alto apenas empezaba a lamer las cumbres de las montañas cuando mi celular, descansando sobre la mesa de piedra de la posada, decidió despertarme con un zumbido que recordaba al aleteo de las hadas borrachas que conocimos en el Bosque de los Susurros Cromáticos. Me estiré, sintiendo cada fibra de mis músculos rugir. Ya no quedaba ni rastro de aquel gordito nerd que se sofocaba subiendo tres pisos de escaleras en la oficina; mis hombros ahora tenían la firmeza del granito y mi abdomen estaba tan marcado que podrías rallar queso en él.

Tomé el teléfono. Una notificación de Instagram iluminaba la pantalla. Era ella. Diana había reaccionado a la foto que subí con Iris.

"¿Quién es ella, Ale? Se ve... diferente. Me duele ver que me reemplazaste por alguien que ni siquiera parece real. ¿Tan poco valió lo nuestro?"

Sentí un vacío en el estómago, pero no era el de la nostalgia. Era esa repugnancia visceral que te da cuando te das cuenta de que estuviste mendigando amor en un terreno baldío. Miré a Iris, que seguía dormida con su melena blanca derramada sobre la paja, luciendo como una diosa que Diana ni en sus mejores sueños de filtro de Instagram podría igualar. Borré la notificación sin responder. El "Visto" era el único lenguaje que ella merecía ahora.

—¡Cámara, flan! ¡Menos drama digital y más sudor analógico! —gritó Ringo, saltando sobre mi estómago con la delicadeza de un yunque caído del cielo—. Gromm ya está en el patio y dice que si tardas cinco minutos más, te va a poner a forjar herraduras con los dientes.

Me puse de pie, ajustándome el anillo de hierro que Gromm me había dado el día anterior como marca de combatiente. Mis tatuajes, encabezados por el león que parecía cobrar vida con el bombeo de mi sangre, brillaban bajo la luz del amanecer.

El entrenamiento fue otro nivel de intensidad. Ya no solo estábamos practicando movimientos; Gromm y yo estábamos enfrascados en una pelea cuerpo a cuerpo que hacía que el suelo de la forja retumbara. El enano intentó derribarme con una carga de hombro, pero yo ya no era el tipo que se caía con un soplido. Usé la técnica de palanca que me enseñó el día anterior, girando sobre mi propio eje y usando su inercia para mandarlo de bruces contra un saco de arena.

—¡Nada mal, muchacho! —rugió Gromm, levantándose con una carcajada que le sacudió la barba roja—. Has dejado de pensar como un civil. Tu cuerpo por fin entiende que la fuerza no es solo músculo, sino intención.

Me lanzó un hacha de doble filo y luego un martillo de guerra pesado. Durante horas, alternamos entre armas, artes marciales y agarres. Mi progreso era evidente: mi movilidad era fluida, mis reflejos se habían agudizado hasta el punto de predecir los hachazos del enano, y mi musculatura, tensa y sudorosa bajo el sol de la mañana, respondía con una potencia explosiva que me sorprendía hasta a mí.

Justo cuando estaba por intentar un desarme complejo, el ambiente del pueblo cambió. Un grito desgarrador cortó el aire, seguido por el sonido de madera crujiendo y el inconfundible siseo de la podredumbre.

—¡Acechadores de Podredumbre! —gritó Caeris, apareciendo sobre el muro de la forja con sus ojos verdes fijos en la plaza principal—. ¡Tres de ellos! ¡Y vienen con hambre de almas!

Mientras tanto, en el norte, la subtrama de la purificación llegaba a su clímax. Briana y Kaia estaban de rodillas en medio de los huertos de lino plateado.

—¡Resiste, Kaia! —gritaba Briana, sus manos brillando con una luz violeta tan intensa que quemaba la retina. La elfa estaba usando cada gota de su Maná para crear un domo protector sobre las plantas sagradas.

Kaia, con su largo cabello negro empapado de sudor y sangre oscura, mantenía a raya a una horda de sombras que intentaban romper el círculo.

—¡Cierra el sello de una vez, elfa! ¡Si estas cosas tocan la raíz, no habrá futuro que proteger! —rugió la guerrera, su espada negra trazando arcos de muerte que vaporizaban la oscuridad al contacto.

Ambas estaban al límite, unidas por la necesidad de salvar el sustento de su gente, mientras en Vado Alto, el peligro tomaba una forma mucho más física.

En la plaza del pueblo, el caos era absoluto. El séquito de la princesa de incógnito —esa joven de ojos esmeralda que me había mirado con desprecio el día anterior— intentaba contener a los tres monstruos. Sus doncellas, guerreras de élite disfrazadas de comerciantes, peleaban con una técnica impecable, pero sus armas convencionales rebotaban contra la piel viscosa y regenerativa de los Acechadores de Podredumbre.

—¡Atrás, Alteza! —gritó una de las guardias mientras un Acechador la mandaba a volar de un zarpazo negro.

La princesa estaba acorralada contra la fuente de piedra. Su máscara de frialdad se había roto, dejando ver el terror de alguien que sabe que la muerte viene por ella.

Pero antes de que las sombras llegaran a ella, Iris y Caeris entraron en acción.

—¡Nadie toca a los cachorros de este pueblo mientras yo esté aquí! —rugió Iris, su forma humana vibrando con una energía salvaje.

La mujer lobo extendió sus manos de piel blanca y, por primera vez, mostró su verdadera naturaleza mágica. Una ráfaga de aire gélido salió de sus palmas, congelando instantáneamente el suelo bajo los pies de uno de los Acechadores. El hielo, de un azul eléctrico, empezó a trepar por las patas del monstruo, inmovilizándolo mientras Iris le lanzaba zarpazos que desprendían trozos de carne congelada.

Caeris era un borrón de movimiento. El pequeño elfo se deslizaba entre las sombras, sus dagas gemelas cortando los tendones de las criaturas con una precisión que hacía honor a su fama de guía experto.

—¡Muévete, princesa de porcelana, que aquí el trabajo sucio lo hacemos nosotros! —se burló Caeris mientras le clavaba una daga en el centro de lo que parecía ser el cuello del monstruo.

Sin embargo, los Acechadores eran resistentes. En un descuido de Iris, que estaba concentrada en congelar el núcleo de uno, el tercer monstruo aprovechó un punto ciego. La criatura se lanzó directamente hacia la princesa, que seguía paralizada junto a la fuente. Un zarpazo masivo, cargado de energía de sombra, iba directo a su cuello.

—¡MUERE! —rugió la bestia.

Fue entonces cuando la entrada ocurrió. No fue un movimiento lento; fue un estallido de luz y fuerza.

¡KRAK!

Interpuse un escudo circular de acero enano, reforzado con runas de luz, justo a centímetros del rostro de la princesa. El escudo, un regalo de Gromm que me acababa de entregar antes de salir corriendo de la forja, absorbió el impacto con un brillo dorado que cegó al monstruo.

—¡Te dije que no me llamaras criminal, jefa! —grité, sonriendo a pesar de la tensión.

No solo traía el escudo. En mi mano derecha empuñaba un martillo de guerra imponente, hecho de una aleación oscura que vibraba en mi mano. Era el "Rompe-Sistemas".

—¡Gromm, enséñales cómo crece esta madre! —rugí.

Activé el mecanismo rúnico del mango. El martillo, que hasta hace un segundo parecía un mazo normal, se expandió, duplicando su tamaño y peso en el aire, rodeándose de una estática dorada que hacía crujir el ambiente.

Giré sobre mi eje con una movilidad que dejó a las guardias de élite con la boca abierta. Mi musculatura, ahora en su punto máximo de tensión, impulsó el martillo contra el pecho del Acechador. El golpe no solo fue físico; la magia rúnica estalló al contacto, mandando al monstruo a estrellarse contra una casa al otro lado de la plaza, pulverizando su estructura de sombra.

—¡Toma eso, archivo corrupto! —gritó Ringo, entrando al combate de la forma más extraña posible.

El mono se puso frente al segundo Acechador, el que Iris tenía medio congelado. Ringo se puso en guardia, moviéndose de lado a lado con una técnica de boxeo primitiva pero increíblemente eficiente.

—¡Jab de izquierda! ¡Gancho de derecha! ¡Y el "Especial de Tepito" para cerrar! —gritaba el mono mientras le conectaba una serie de puñetazos rápidos en la zona media del monstruo, usando una fuerza que no encajaba con su tamaño.

La pelea fue feroz. Me movía por la plaza con una seguridad absoluta, alternando el escudo para bloquear los ataques de sombra y el martillo para aplastar los núcleos de energía de los monstruos. Cada vez que no lo necesitaba, el martillo se encogía de nuevo, permitiéndome una agilidad que los Acechadores no podían seguir. Mi entrenamiento con Gromm y la técnica de combate que había perfeccionado se unieron en una danza de destrucción rúnica.

Finalmente, con un golpe descendente que hizo temblar el pueblo entero, aplasté el último núcleo de podredumbre. Las sombras se disolvieron en un humo negro que el viento de Vado Alto se llevó rápidamente.

El silencio regresó a la plaza, roto solo por el sonido del agua de la fuente. Me quedé de pie, jadeando levemente, con el pecho descubierto y el martillo encogido de nuevo en mi mano. Mis tatuajes estaban calientes al tacto.

La princesa se levantó lentamente, temblando. Se acercó a mí, sus ojos esmeralda fijos en mis tatuajes y luego en mis ojos. Su hostilidad se había evaporado, reemplazada por una gratitud que rayaba en la adoración.

—Yo... yo te juzgué mal, Alejandro —susurró, acercándose tanto que pude oler el perfume de flores reales bajo su ropa de incógnito—. Me salvaste la vida. Lo que dije ayer... fue una estupidez de alguien que no conoce el verdadero valor.

Se pasó una mano por el brazo, mirándome con una amabilidad que se pasó de la raya.

—Eres un guerrero magnífico. Nunca había visto a alguien moverse así... y esos dibujos en tu piel... ahora entiendo que son marcas de poder, no de maldad. ¿Podrías enseñarme cómo funciona ese martillo tuyo?

Iris, que se estaba limpiando el hielo de las manos, se interpuso de inmediato. Sus orejas de loba estaban tiesas y sus ojos rosa brillaban con un celo peligroso.

—¡Eh, eh, suave con la amabilidad, su "Alteza"! —gruñó Iris, rodeándome la cintura con un brazo posesivo—. Alejandro ya tiene quien lo cuide y quien le revise el martillo. Búscate tu propio héroe.

—¡Cuidado, loba! Solo estoy siendo agradecida —respondió la princesa, aunque no retrocedió, manteniendo esa mirada de interés sobre mí.

—¡Ay, caray! ¡La fila de espera se está haciendo más larga que la del IMSS en lunes! —gritó Ringo, riendo desde la fuente—. ¡Flan, eres un imán de problemas con falda!

En ese momento, dos monturas cansadas entraron al pueblo al galope. Briana y Kaia habían regresado. Saltaron de sus caballos y corrieron hacia la plaza, todavía cubiertas de polvo y esencia de sombra.

Se detuvieron en seco al ver la escena: yo sin playera, rodeado de restos de monstruos, con una princesa incognito mirándome con ojos de borrego a medio morir e Iris marcando territorio de forma agresiva.

—¿Pero qué demonios...? —soltó Kaia, sus ojos ámbar encendiéndose de inmediato. Su largo cabello negro estaba revuelto y su espada todavía goteaba.— Nos vamos dos días y ya tienes a la realeza haciéndote ojitos, Alejandro.

—¡Y yo que pensé que estarías entrenando, no reclutando fans! —añadió Briana, cruzándose de brazos con una expresión que prometía una noche de explicaciones muy largas.

Las tres —Kaia, Briana e Iris— se unieron en un frente común de celos, rodeándome y lanzándose indirectas que hacían que el aire volviera a estar cargado de estática. Me sentía el hombre más afortunado del multiverso, pero también el que estaba a punto de ser linchado por el afecto.

—¡Oigan, ya! —grité, riendo y bajando el escudo—. ¡Estamos todos vivos! ¡Estamos juntos otra vez!

Abrí mis brazos y, sin pensarlo mucho, las atraje a todas hacia mí en un abrazo grupal. Fue un momento caótico: el olor a bosque de Iris, el perfume de jazmín de Briana y el aroma a acero de Kaia se mezclaron. Incluso la princesa se quedó cerca, mirando con una mezcla de envidia y respeto.

—Gracias —les dije, con la voz un poco quebrada por la emoción—. Gracias por estar conmigo, por regresar y por ser mi familia en este lugar de locos. No sé qué haría sin ustedes... ni sin este mono grosero y el elfo GPS.

Briana suavizó su mirada y me abrazó más fuerte. Kaia soltó un suspiro y recargó su cabeza en mi hombro, e Iris me dio un beso rápido en el cuello.

—No te acostumbres, flan —susurró Ringo, subiéndose a mi cabeza—. Pero sí, supongo que este equipo de "Flanecitos" no está tan mal. ¡Ahora, que alguien saque la cerveza de raíz, que esta victoria se festeja!

Nos quedamos ahí, en medio de la plaza de Vado Alto, celebrando nuestra unión. El peligro seguía afuera, el Rey Sombra seguía acechando y mi pasado en Instagram seguía siendo un chiste lejano, pero en ese momento, rodeado de mi nueva y mágica familia, supe que el Chilango por fin había encontrado su verdadero hogar.

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