En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 23: El banquete de los lobos y el estruendo del destino
La penumbra del consultorio, ese refugio de confesiones y miedos, se transformó de pronto en una trampa de cristal. Antonio acababa de soltar las manos de Isaí, su mente ya trazando la ruta de escape hacia el polvorín, cuando el eco de unas botas marchando con arrogancia sobre el empedrado exterior congeló la sangre de ambos. No era una patrulla de rutina; era el paso del dueño de el pueblo.
—¡Isaí! Sé que estás despierta, vi la luz de la vela desde el cuartel —la voz de Néstor resonó, cargada de una alegría posesiva que resultaba asfixiante—. ¡Abre! Traigo algo para celebrar tu libertad.
El pánico eléctrico recorrió la espina dorsal de Isaí. Miró a Antonio, cuyos ojos se habían vuelto dos rendijas de obsidiana. Su mano bajó instintivamente al mango del cuchillo.
—Escóndete. Ahora —susurró ella, empujándolo hacia el pequeño depósito de suministros médicos, el mismo rincón estrecho donde el olor a alcohol y éter apenas lograba disfrazar el aroma a selva del guerrillero.
Antonio se deslizó en las sombras con la agilidad de un jaguar herido. Luis, que vigilaba desde la ventana trasera, se desvaneció en la oscuridad del patio justo a tiempo. Isaí se alisó la bata, se pasó una mano por el cabello revuelto y, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado, abrió la puerta.
Néstor entró con un ímpetu arrollador. No vestía su guerrera de combate, sino una camisa impecable, desabrochada en el cuello, y traía una botella de champaña y dos copas de cristal que tintineaban en sus dedos. Tras él, un ordenanza dejó una bandeja con manjares que en San José eran leyendas: jamón serrano, quesos maduros y uvas frescas.
—¡Dos días, Isaí! Solo cuarenta y ocho horas para que este fango sea solo un mal recuerdo en tu hoja de vida —exclamó Néstor, dejando la botella sobre la mesa de disección, a pocos metros de donde Antonio contenía la respiración tras una cortina de lona—. Vamos a brindar por tu 1ro décimo, por tu excelencia y por nuestro futuro en la capital.
Isaí forzó una sonrisa que le dolió en el alma.
—Capitán, es muy tarde... y no me siento del todo bien. El agotamiento, ya sabe.
—Precisamente por eso estoy aquí —Néstor se acercó, acortando la distancia con una familiaridad que a Isaí le revolvía el estómago—. Porque a partir de pasado mañana, mi única misión será que no vuelvas a sentirte agotada. He alquilado un apartamento cerca del hospital central. Tiene vista al parque. No más humedad, no más miedo.
Desde su escondite, Antonio veía la escena a través de una rendija. Ver a Néstor invadir el espacio de Isaí, ver cómo le servía la copa y cómo la miraba con ese deseo pulcro y civilizado, era una tortura más refinada que cualquier interrogatorio. Sus nudillos se pusieron blancos sobre el cuchillo. La presión que sentía por ella luchaba contra la lógica del plan de Luis. Un movimiento en falso y San José se convertiría en un matadero.
Néstor tomó la mano de Isaí. Ella intentó retirarla con suavidad, pero él cerró los dedos con firmeza.
—Sé que eres esquiva, doctora. Esa seriedad es lo que me cautivó desde el primer día. Pero en la ciudad, lejos de este uniforme y de esta guerra, aprenderás a diferenciar. Te daré la seguridad que ningún otro hombre en este país podría darte.
—La seguridad es un concepto relativo en estos tiempos, Capitán —respondió Isaí, sintiendo una oleada de náuseas. El olor del vino y la cercanía de Néstor la asfixiaban.
—No para ti. Tú estarás bajo mi sombra —Néstor levantó su copa—. Por la mujer que sobrevivió a la selva y por el hombre que la rescató de ella.
Isaí bebió un sorbo pequeño, sintiendo el ácido del alcohol en su garganta. Miró de reojo hacia el depósito. Sabía que Antonio estaba allí, devorando la escena con una furia silenciosa. La subversión de la situación era absoluta: el oficial celebraba su victoria legal mientras el padre de la criatura que ella cargaba observaba desde las sombras de su propia despensa.
La velada de Néstor parecía eterna. Habló de sus contactos en el Ministerio, de los vestidos que le compraría en la capital, de cómo su labor de supervivencia sería la medalla que les abriría todas las puertas. Pero mientras él enamoraba a una Isaí de piedra, afuera, el plan de Luis y Antonio seguía su curso inexorable.
En un abrir y cerrar de ojos todo cambio el juego.
De repente, una vibración sorda sacudió las ventanas del consultorio. No fue un trueno. Fue un rugido metálico que venía del sector norte del pueblo.
Néstor se puso tenso al instante. Dejó la copa sobre la mesa y buscó su radio de banda civil.
—Aquí Halcón 1. Informe de situación. ¿Qué fue ese ruido?
—Capitán, tenemos un incendio en el polvorín secundario. Al parecer, un fallo en el generador... ¡Espere! ¡Tenemos fuego hostil desde la maleza! —la voz del radio estalló en estática y gritos.
Néstor cambió su semblante en un segundo. La galantería desapareció, reemplazada por la frialdad del mando.
—¡Maldita sea! No pueden ser ellos ahora. ¡Isaí, quédate adentro! Bloquea la puerta. Mis hombres vendrán por ti si la situación escala. ¡No salgas por nada!
Néstor salió del consultorio a zancadas, gritando órdenes a los soldados que ya corrían por la calle principal hacia el resplandor naranja que empezaba a iluminar el cielo de San José.
Antonio salió del escondite antes de que la puerta terminara de cerrarse. Sus ojos ardían con una mezcla de celos y urgencia. Tomó a Isaí por los hombros, revisando que estuviera ilesa.
—Vámonos. Luis ya inició la distracción —dijo Antonio, su voz sonando por encima de las primeras detonaciones del polvorín—. El camión de Néstor no saldrá nunca de este pueblo.
—Antonio, el pueblo está lleno de refuerzos por el relevo —dijo Isaí, agarrando su mano—. No podemos salir por el camino principal.
—No lo haremos —intervino Luis, apareciendo por la ventana trasera, cubierto de hollín—. El ataque al polvorín ha atraído a toda la guardia de Néstor hacia la plaza. Pero hay un problema: el relevo médico que mencionaste ya está en camino, y vienen con una escolta blindada. Si salimos ahora al bosque, chocaremos con ellos de frente.
Antonio miró hacia el horizonte incendiado. La salida de Isaí, que era un hecho inminente bajo las órdenes de Néstor, se veía ahora interrumpida por el mismo caos que ellos habían provocado. El plan original de escape rápido se había transformado en una necesidad de resistencia.
—Necesitamos ganar tiempo —sentenció Antonio—. Luis, diles a los muchachos que corten el puente de madera del este. Eso retrasará al convoy de relevo al menos 3 días mas. Isaí, tienes que fingir que el ataque te ha dejado en shock. Si Néstor vuelve, dile que viste sombras en el patio trasero disparando hacia el polvorín.
Antonio atrajo a Isaí hacia sí, ignorando por un momento el estruendo de la guerra que se prendía afuera. La rodeó con sus brazos, protegiendo ese vientre que era su única razón de ser.
—Te escuché —susurró él al oído de ella—. Escuché cada palabra de ese tipo. Me dolió más que cualquier herida de bala ver cómo te tocaba la mano.
—Lo hice para ganar estos minutos, Antonio —respondió ella, hundiendo el rostro en su pecho—. Para que el 1ro décimo y las vacaciones nos dieran el espacio para esto.
—Lo sé. Y por eso te voy a sacar de aquí aunque tenga que derribar cada estructura de San José —Antonio la miró con una ternura salvaje—.
Tu felicidad es mi única ley, Isaí. Y ese niño no conocerá a Néstor, ni conocerá esta guerra.
El plan ideado seguía en curso, pero con un matiz más sangriento. La interrupción del encuentro por parte de Néstor no solo había retrasado la huida, sino que había encendido una mecha que ya no se podía apagar. Mientras el polvorín estallaba en una serie de explosiones en cadena, iluminando el pueblo con una luz infernal, Antonio, Isaí y Luis se preparaban para los tres días más largos de sus vidas.
La guerra se había prendido de verdad, y en medio de las cenizas, un guerrillero y una doctora buscaban el camino hacia una libertad que el Capitán Néstor creía haber comprado con copas de champaña y promesas de ciudad.