Ella reencarna en el segundo libro de una saga, es la protagonista que perdona al infiel de su esposo, pero ella no esta dispuesta ni a casarse, así que hará todo lo que pueda por cambiar su historia.
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Capitulo 22
La expectación en el salón no había disminuido tras la primera subasta; al contrario, el ambiente se volvió más denso, casi irrespirable. Iris regresó a la plataforma cuando las conversaciones aún zumbaban como un enjambre inquieto.
—Agradezco su paciencia —dijo, alzando la voz—. Lo que verán a continuación es aún más exclusivo.
Cuatro asistentes avanzaron al unísono, cada uno portando una pequeña caja de terciopelo negro. Al abrirlas, quedaron al descubierto cuatro frascos idénticos, de cristal claro, cuyo contenido brillaba con una tonalidad dorada y suave, como si atrapara la luz misma. Un murmullo general recorrió la sala.
—Ante ustedes —continuó Iris— se encuentran los cuatro únicos frascos existentes del Elixir de la Eterna Juventud.
La reacción fue inmediata. Algunos nobles se inclinaron hacia delante; otros contuvieron el aliento.
—Este elixir no detiene el tiempo —aclaró—, pero ralentiza su avance de forma considerable. La vitalidad se conserva, el cuerpo se regenera con mayor facilidad y los signos del envejecimiento se verán retrasados durante décadas.
Iris hizo una breve pausa, consciente del impacto de sus palabras.
—No habrá más producción. Cuatro frascos. Nada más.
Kael, desde su lugar, no apartaba la mirada de los elixires. Sus labios se curvaron apenas, en una sonrisa calculadora. Aquello era algo que le intriga a, ¿en verdad lo había logrado? El necesitaba comprobarlo con sus propios ojos y asegurarse de que los efectos secundarios en verdad hubiesen sido quitados.
La sala volvió a quedar en silencio cuando Iris levantó la mano, indicando que la subasta continuaría. Los cuatro frascos permanecían sobre la mesa, alineados como si fueran joyas prohibidas. La luz de las lámparas hacía que el líquido dorado en su interior pareciera moverse con vida propia.
—La venta se realizará de manera individual —anunció Iris—. Cada frasco será subastado por separado.
Un murmullo expectante recorrió el salón.
—Comenzamos con el primer frasco —continuó
—. La puja inicial es de doscientas mil coronas.
—Trescientas mil —se apresuró a decir un conde.
—Cuatrocientas mil.
—Quinientas mil.
Iris apenas asintió, pero antes de que pudiera anunciar la siguiente oferta, una voz firme se alzó desde uno de los balcones.
—Ochocientas mil coronas.
Amaia.
Las miradas se dirigieron hacia ella de inmediato. Kael levantó el rostro lentamente, interesado. Sus dedos se entrelazaron con calma, como si aquello fuera un simple juego.
—Un millón —dijo él, sin alzar la voz.
El aire se tensó.
—Un millón doscientos —respondió Amaia.
—Un millón quinientos.
—Dos millones.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. Iris sintió cómo el pulso del evento se aceleraba; aquello ya no era una subasta común. Kael sonrió apenas.
—Dos millones quinientos mil coronas.
Amaia tardó un segundo más de lo habitual antes de responder.
—Tres millones.
Por primera vez, varios nobles se removieron incómodos en sus asientos. Aquella cifra era obscena.
Kael inclinó levemente la cabeza.
—Cuatro millones.
El silencio fue absoluto. Iris bajó el martillo.
—Primer frasco… vendido.
Los aplausos fueron débiles, casi nerviosos.
El asistente retiró el frasco, y el segundo ocupó su lugar.
—Segundo frasco —anunció Iris—. Puja inicial: doscientas mil coronas.
—Quinientas mil.
—Setecientas mil.
—Un millón.
Amaia volvió a intervenir.
—Un millón doscientos.
Kael exhaló con lentitud, como si aquello empezara a divertirlo aún más.
—Dos millones.
—Dos millones trescientos —replicó ella sin vacilar.
—Tres millones.
—Tres millones quinientos.
La tensión era palpable. Iris podía sentir cómo las miradas iban y venían entre ambos, como si presenciaran un duelo invisible.
—Cinco millones —dijo Kael finalmente.
Amaia apretó los labios detrás de su máscara, pero guardó silencio.
—Segundo frasco… vendido.
El tercer frasco fue colocado en el centro.
Para entonces, el salón entero estaba pendiente solo de ellos dos.
—Tercer frasco —dijo Iris—. Comenzamos.
—Un millón —dijo un noble, nervioso.
—Dos millones —interrumpió Amaia.
Kael ni siquiera esperó.
—Cuatro millones.
Algunos nobles desistieron de inmediato.
—Cuatro millones quinientos —insistió Amaia.
Kael giró apenas la cabeza hacia ella, con una sonrisa ladeada, peligrosa.
—Seis millones.
Amaia tardó unos segundos esta vez.
—Seis millones doscientos.
Kael soltó una leve risa.
—Siete millones.
Eso fue suficiente.
—Tercer frasco… vendido.
Cuando el cuarto frasco fue colocado, el ambiente había cambiado. Ya no había emoción; solo una tensión densa, casi incómoda.
—Cuarto y último frasco —anunció Iris—.
—Un millón —dijo Amaia de inmediato, como si se negara a perderlo.
Kael observó el frasco con desinterés. Luego, recostándose en su asiento, habló con voz tranquila:
—No estoy interesado.
Un murmullo sorprendido recorrió la sala.
Amaia alzó la barbilla, triunfante.
—Dos millones —añadió, asegurándose.
Nadie más pujó.
—Cuarto frasco… vendido.
Mientras los asistentes comenzaban a levantarse y las conversaciones retomaban fuerza, Kael sonrió para sí mismo. Tres frascos eran más que suficientes. El cuarto podía quedarse en manos de aquella mujer insistente. Después de todo… siempre habría otras formas de arrebatar lo que se desea.
La fiesta continuó, e Iris se retiró satisfecha; tenía suficientes ganancias para vivir cómodamente durante muchos años. Justo en ese momento, Kael ingresó en la habitación. Ella lo miró de inmediato.
—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar a algún lugar?
Kael no respondió de inmediato; solo sonrió con arrogancia.
—Yo no necesito tocar. Solo vine para decirte que te vayas despidiendo de tu mundito color rosa, porque tú me perteneces…
Iris soltó una carcajada mientras se sentaba detrás de su escritorio, en aquella habitación de la boticaria.
—Es la mayor estupidez que he escuchado en toda mi vida. Yo no le pertenezco a nadie.
Kael la miró fijamente, sin borrar la sonrisa.
—Después de que profanaste mi cárcel, eres mía. Es algo que entenderás si yo quiero. Pero por ahora, eres mi esclava…
—No me siento esclava de nadie. ¿Sabes qué soy ahora? La mujer más rica de todo este lugar. Déjate de ridiculeces.
Kael se levantó de golpe, la tomó del brazo y la acercó a él. Su expresión ya no era burlona, sino airada.
—Lo eres, ya te lo dije. Mejor ven por las buenas y no por las malas…
Iris se enfureció y le dio un golpe en el brazo, mirándolo con desafío.
—Mira, mocoso estúpido con el ego por las nubes: no soy esclava de nadie, no tengo dueño, soy libre como el viento. Ahora vas a pedirme perdón de rodillas.
Kael iba a reírse cuando, de pronto, sus piernas se doblaron y cayó de rodillas frente a ella. No lo entendía; era como si no pudiera controlar su cuerpo. La furia lo consumía al verse de esa manera, sometido ante ella. Iris lo observó, primero confundida… y luego sonrió.
me tienes con los ojos llorosos luego de leer este extra 😭😭😭
Al menos en otro plano, pudieron ser felices 😭😭.