Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 8: Una propuesta inesperada
Oriana.
Después de cenar, Jonás y yo permanecimos un rato más en el restaurante. La velada había sido maravillosa y todavía tenía una sonrisa en el rostro por todo lo que habíamos vivido. Sin embargo, noté que él estaba más callado de lo habitual.
Jugaba distraídamente con mis dedos mientras parecía buscar las palabras adecuadas para decirme algo.
—¿Qué sucede? —pregunté, acariciándole la mano—. Estás muy pensativo.
Jonás levantó la mirada y suspiró.
—En unas semanas recibiré mi título y tengo que regresar a casa.
Sentí que mi sonrisa desaparecía lentamente.
Sabía que ese momento llegaría, pero escucharlo decirlo hizo que la realidad me golpeara de una manera distinta.
—Entonces... tendremos que separarnos —murmuré, intentando mantener la voz firme—. Fue hermoso todo lo que vivimos, Jonás. No me arrepiento de haberte conocido, ni de ninguno de los momentos que compartimos.
Él frunció el ceño y apretó suavemente mi mano.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que simplemente vamos a despedirnos y cada uno seguirá con su vida?
Bajé la mirada.
—No sé qué más podemos hacer. Tu vida está allá y la mía está aquí. No quiero convertirme en un obstáculo para tus planes.
—Pelirroja, mírame.
Levanté los ojos y encontré una intensidad en su mirada que me hizo contener la respiración.
—No quiero dejarte. No puedo irme y dejarte atrás. —Hizo una pausa y acarició mi mejilla—. Por eso quiero que vengas conmigo.
Parpadeé, sorprendida.
—¿Qué?
—Quiero que vengas conmigo, Oriana. Quiero tenerte cerca, compartir mis días contigo y construir una vida juntos. No quiero que nuestra historia termine porque tenga que regresar a casa.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Jonás, no puedes pedirme algo así de repente. Tengo mi vida aquí, mis cosas...
—Lo sé. Y no quiero que renuncies a tus sueños. Podemos encontrar la manera de que continúes con tu carrera, de que sigas pintando y haciendo todo lo que deseas. No quiero que dejes de ser tú por estar conmigo.
Me quedé en silencio.
Una parte de mí quería decir que sí inmediatamente. Quería acompañarlo, estar con él y no tener que despedirme. Pero también me asustaba dejar atrás todo lo que conocía para comenzar una vida en un lugar donde no tenía a nadie.
—¿Y si no consigo adaptarme? —pregunté.
Jonás se inclinó un poco hacia mí.
—Entonces nos adaptaremos juntos.
Sus palabras me hicieron sonreír, aunque todavía tenía dudas.
—Eres muy convincente.
—Y todavía no he terminado.
...****************...
Jonás.
Había pasado días pensando en cómo pedirle que se fuera conmigo. Sabía que podía parecer precipitado, pero no quería que Oriana creyera que la estaba invitando a acompañarme solamente por miedo a la distancia.
Quería algo más.
Quería que fuera mi esposa.
Llevé una mano al bolsillo interior de mi chaqueta y sentí el pequeño estuche que había guardado allí. Había comprado el anillo días atrás, después de comprender que no quería regresar a casa sin tener la certeza de que ella estaría a mi lado.
No era una decisión que hubiera tomado a la ligera. Podía ser impulsivo en muchas cosas, pero con Oriana estaba completamente seguro.
—Hay algo más que quiero pedirte —dije.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Qué cosa?
Me levanté de mi asiento y me coloqué frente a ella. Su expresión cambió cuando me vio sacar una pequeña caja de terciopelo negro.
—Jonás...
Abrí el estuche y dejé que contemplara el anillo.
—Oriana Blanco, desde que llegaste a mi vida, todo comenzó a tener un sentido diferente. Me enseñaste que no necesito tenerlo todo bajo control para ser feliz y que las cosas más importantes no se pueden planificar.
Tomé sus manos entre las mías.
—No quiero que seas solamente la mujer que amo. Quiero que seas mi compañera, mi familia y la persona con la que comparta cada etapa de mi vida. Quiero estar contigo en los días buenos y en los difíciles. Quiero verte cumplir tus sueños y tener el privilegio de acompañarte mientras lo haces.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Respiré profundamente antes de continuar.
—No quiero regresar a mi país para construir una vida sin ti. Quiero que vengas conmigo, pero no como una simple novia que me acompaña. Quiero que vengas como mi esposa.
Me arrodillé frente a ella y sostuve el anillo.
—¿Quieres casarte conmigo, pelirroja?
...****************...
Oriana.
Me llevé una mano a la boca.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Frente a mí estaba el hombre del que me había enamorado, arrodillado y ofreciéndome compartir el resto de su vida conmigo.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
—Jonás...
—No tienes que responderme ahora si necesitas pensarlo —dijo, sin apartar sus ojos de los míos—. Solo quiero que sepas que estoy seguro de lo que siento por ti.
Negué rápidamente con la cabeza.
—No necesito pensarlo.
Él levantó ligeramente las cejas.
Sonreí entre lágrimas.
—Sí, quiero. Quiero casarme contigo.
Su rostro se iluminó con una sonrisa que nunca había visto antes. Me colocó el anillo en el dedo y, apenas terminó, me levantó entre sus brazos.
Solté una carcajada mientras lo rodeaba por el cuello.
—¡Jonás!
—¡Vas a ser mi esposa, pelirroja!
Me besó con una intensidad que hizo desaparecer cualquier pensamiento sobre el futuro. Cuando finalmente nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Te amo, Oriana.
—Y yo te amo a ti.
...****************...
Jonás.
La abracé con fuerza, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo tenía algo que realmente deseaba proteger.
Había pasado toda mi vida cumpliendo expectativas ajenas. Mi familia había decidido qué debía estudiar, qué lugar ocuparía en la empresa y hasta con quién debía casarme.
Pero aquella decisión era mía.
Oriana sería mi esposa porque la amaba, no porque alguien hubiera elegido por mí.
La besé nuevamente y sonreí al contemplar el anillo en su mano.
Lo que todavía no sabía era cómo reaccionarían mis padres cuando descubrieran que su único heredero había elegido a una mujer que no pertenecía a su mundo.
Y, mucho menos, cómo reaccionaría Oriana cuando descubriera quién era realmente el hombre con el que había aceptado casarse.