el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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el reino de las bestias
Las charlas nocturnas con la maga resultaron ser inesperadamente lucrativas y reveladoras. A través de sus palabras fui descubriendo fragmentos de mi propio pueblo que mi madre jamás me reveló. De niño, ella solo me relataba cuentos de bardos, leyendas de antiguos héroes y fábulas lejanas; historias edulcoradas para adormecer a un infante. Nunca quiso que indagase en las raíces de su linaje ni en los secretos de la corte.
Por Armia vine a saber sobre el Rey Teachtaire Skógarins mi abuelo. Según la elfa, se le consideraba un monarca justo, amado por sus súbditos y con una postura relativamente pacífica hacia las fronteras exteriores. Sin embargo, no ocultaba su arraigada convicción de que la raza élfica era la vanguardia elegida de la creación, dejando a las demás razas en un plano secundario. Las crónicas sostenían que la Casa Skógarins descendía directamente del Dios Elfo que aniquiló al Dios Demonio en la era de la creación de los mundos.
Para mí, todo aquello sonaba a mitología barata para inflar el orgullo aristocrático. Pero al escuchar la vehemencia con la que la arrogante maga presumía de tales orígenes, comprendí por qué el resto del continente tildaba a los altos elfos de vanidosos: realmente se creían seres tocados por la divinidad.
No sabía si en algún momento de mi viaje volvería a cruzarme con mi abuelo. Solo lo vi una vez en la vida. Fue durante mi infancia, cuando se presentó en nuestra casa mientras mi padre estaba ausente en la frontera. Aquel anciano de presencia imponente apenas me dirigió la palabra; pero ese día mi madre lloró en silencio durante horas. Jamás pude recordar lo que discutieron a puerta cerrada, pero la pesadumbre en el rostro de mi madre quedó grabada en mi memoria. Dudo que, si nos reencontramos, me reciba con los brazos abiertos.
Dejando atrás las colinas fronterizas, nos dirigimos a la sede del Gremio de Aventureros en Lesélus, la majestuosa capital del Reino Humano.
A diferencia de los pueblos de la periferia, en la capital la presencia de mestizos era prácticamente nula. Las calles de piedra pulida estaban dominadas por la nobleza y la burguesía humana, interrumpidas apenas por la presencia ocasional de algún comerciante enano o un emisario élfico. La brecha racial era palmaria; casi ninguna otra especie caminaba con comodidad en el corazón del reino.
Al llegar al gremio local, se nos asignó una solicitud firmada por un aristócrata. Sin embargo, la cita de trabajo no se dio en los despachos formales de la sede, sino en un almacén privado y sombrío cerca de los muelles. Pese a lo inusual del encuentro, se trataba de una Misión de Categória Platino. Rehusarla habría sido una estupidez.
En la penumbra del almacén nos esperaba nuestro empleador: un hombre de porte altivo, vestido con jubones de terciopelo y custodiado por tres guardias de aspecto severo.
—Bueno... sus precedentes me parecen una exageración ridícula, si me lo permiten —declaró el Duque Durm, observándonos por encima del hombro con marcada condescendencia—. Afirmar que ustedes dos solos abatieron a un Dragón Nivel Emperador en las minas del sur suena a una fantasía inventada por bardos. Pero en fin... si las placas selladas por los gremios fronterizos lo certifican, fingiré creerlo por esta vez.
—Usted no necesita creer nada, Duque —repliqué con frialdad, dando un paso al frente.—. Limítese a exponernos el encargo y nosotros lo ejecutaremos. Es así de sencillo.
El Duque Durm enarcó una ceja antes de responder:
—Muy bien. La tarea exige absoluta discreción. Hace algunos meses, recibí un valioso cargamento enviado directamente por Su Majestad como gratificación por mis servicios en la corte. Desafortunadamente, durante el trayecto, una tormenta imprevista desvió mi caravana hacia las franjas periféricas del Reino de las Bestias. El vehículo principal quedó destruido en medio del vendaval.
—Ese es un trabajo para un equipo de recolectores o rastreadores, no para aventureros de alto rango —intervino Armia, cruzándose de brazos—. ¿Por qué lo clasifica bajo el rango Platino?
—A eso voy, elfa —continuó el noble, apretando los puños—. Cuando envié a una escuadra de mis mejores hombres a recuperar el contenido del carruaje, una tribu de hombres bestia los emboscó y los masacró sin piedad.
Escuché con atención, sintiendo que algo no encajaba.
—Si ostenta tanto poder e influencia, ¿por qué recurrir a aventureros independientes? —inquirí, fijando mi mirada en sus ojos—. ¿No cuenta acaso con la Guardia Ducal o caballeros de élite para encargarse de sus asuntos? Disculpe mis dudas, pero me resulta extraño que un noble de su estatus acuda al gremio bajo cuerda para esto.
Armia soltó un ligero suspiro y se adelantó antes de que el noble respondiera.
—Son cuestiones de diplomacia y política, niño... Perdone a mi compañero, Duque; carece del tacto de las cortes. Entiendo la delicadeza del asunto. Sin embargo, debe comprender que la recompensa base fijada en la orden resulta insuficiente dada la jurisdicción. Exigimos el pago acordado más un diez por ciento del valor total del cargamento real que recuperemos.
—¡Eso es completamente inaceptable! —exclamó el Duque, arrugando el rostro.
—¡Cállate, elfa avariciosa! —le espeté en voz baja a Armia, sujetándola del hombro—. A mí no me importa el dinero. Lo que necesito es el prestigio del encargo. Es una misión de Nivel Platino; si la completamos, la burocracia del gremio no tendrá más opción que acelerar nuestro ascenso de rango.
La maga se giró bruscamente hacia mí, con una expresión de viva frustración.
—¡Eres un mocoso insoportablemente ingenuo, Adamas! No tienes la menor idea de las complicaciones geopolíticas que esto implica. Las tribus del Reino Bestia son extremada y ferozmente territoriales. No nos enfrentaremos a bestias tontas o a criaturas de cueva como a las que estás acostumbrado; nos adentraremos en el dominio de guerreros que, desde que aprenden a sostenerse en cuatro patas, son capaces de rasgarle la garganta a un hombre armadado. ¡Escúchame por una sola vez en tu vida!
Me quedé en silencio ante la contundencia de sus palabras. Pese a mi aversión por su actitud, debía reconocer que su experiencia en el campo superaba con creces la mía.
—Está bien, elfa... —refunfuñé, dando un paso atrás—. Que tus años de vejez nos sirvan de algo por hoy. Apoyo lo que dice mi compañera.
El Duque Durm soltó una maldición entre dientes y se ajustó los guantes de piel.
—Maldita sea la hora en que debo negociar con salvajes y mercenarios... Está bien. Tienen mi palabra: les otorgaré el diez por ciento adicional sobre el valor del bien recuperado. Pero tráiganme el cargamento intacto.
Con el mapa trazado por el noble, nos adentramos por los pasos clandestinos que serpenteaban la frontera hacia el territorio del Reino Bestia.
A lo largo de los años había escuchado historias sobre aquella tierra: se decía que su sociedad se hallaba dividida entre las tribus civilizadas —aquellas que habían adaptado un sistema de clanes y ciudades similar al de los reinos humanos— y las tribus salvajes, que mantenían un estilo de vida primario, integrado completamente en la profundidad de los bosques. La misión nos conducía directamente al dominio de estas últimas.
Mientras sorteábamos la densa arboleda, romper el silencio se volvió inevitable.
—Oye... —comencé, manteniendo la vista fija en la penumbra de los árboles—. ¿Qué te hace pensar que el cargamento del Duque sigue intacto?
—La gente bestia no rige su valor por los metales preciosos ni las monedas —explicó Armia, haciendo a un lado los helechos con su báculo mágico—. Valoran el territorio, las fuentes de agua y la preservación del bosque. El oro de un carruaje no les dice nada; son criaturas que viven en comunión con la naturaleza.
—¿Te has enfrentado antes a guerreros bestia?
La maga soltó una pequeña risa burlona de medio lado.
—¿Qué pasa, niño? ¿Estás nervioso?
—Por supuesto que no —rebatí de inmediato, endureciendo la voz—. Pero mi padre me enseñó que encarar a un enemigo en la ignorancia es el primer paso hacia una derrota segura. Jamás he combatido contra guerreros de su especie. Dime a qué me enfrento: ¿qué tipo de armas o artes de combate emplean?
—Principalmente arcos, hachas de mano y lanzas —respondió Armia, recuperando el tono serio—. Pero no te confíes. Sus garras, sus dientes y su agilidad sobrehumana son sus verdaderas armas. Cualquier cosa que tengan al alcance la usarán para cazar o matar si se sienten amenazados.
—¡Shh! ¡Silencio! —la interrumpí en seco, intuyendo una perturbación en el aire.
Un silbido metálico cortó el viento. Un proyectil rozó mi mejilla izquierda, dejando un leve hilo de sangre antes de clavarse en el tronco a mis espaldas.
—¡Al suelo! —grité, desenfundando la Espada de las Cinco Voluntades.
—¡Viginti Duo Silvae! —exclamó Armia, alzando su báculo.
Una violenta ráfaga de viento en espiral se desplegó a nuestro alrededor, desviando una lluvia de flechas que descendía desde la copa de los árboles. La maga sonrió con suficiencia al ver sus encantamientos funcionar.
—Ja... Flechas de madera. Y tú casi caes rendido como un cobard...
Antes de que pudiera terminar la frase, un dardo sutil silbó a través de la tormenta de viento, atravesó la barrera en un ángulo ciego y se clavó directamente en el cuello de Armia. La elfa abrió los ojos de par en par, tambaleó un par de pasos y colapsó sobre el follaje, perdiendo el conocimiento al instante.
—¡Maldición, elfa! —maldije, abalanzándome a su lado para cubrir su cuerpo con mi escudo—. ¡Tu maldita arrogancia nos va a matar a ambos! ¡Levántate!
El sonido de ramas rompiéndose resonó en todas direcciones. De la penumbra del bosque emergieron decenas de figuras ágiles que saltaron desde las alturas, rodeándonos por completo. Eran guerreras de cuerpo estilizado, con rasgos felinos, orejas erguidas y marcas de guerra pintadas sobre la piel.
De entre la formación se adelantó una mujer de complexión atlética, portando un par de dagas curvas y luciendo una melena rojiza. Nos observó con una sonrisa feroz y llena de desprecio.
—¡Jajaja! Pero miren nada más lo que ha caído en nuestro territorio... Un humano y una elfa. Vaya botín nos ha enviado el viento hoy, hermanas.
La guerrera dio un paso al frente, haciendo rotar sus dagas en el aire con destreza letal.
—Soy Ania Forpath, líder de las Guardianas del Bosque. Sean bienvenidos a su muerte.