La Vida Que Parecía Perfecta

La Vida Que Parecía Perfecta

Capítulo 1: La vida que parecía perfecta

A las seis y veinte de la mañana, Victoria despertó con el sonido de la lluvia golpeando suavemente contra los cristales.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo blanco de la habitación.

A su lado, Daniel todavía dormía.

Ella giró lentamente la cabeza y lo observó.

Tenía el rostro relajado, una mano debajo de la almohada y el cabello ligeramente desordenado. A simple vista, cualquiera habría pensado que aquella era una escena de amor.

Un matrimonio tranquilo.

Una vida estable.

Una pareja que después de ocho años juntos todavía podía dormir abrazada bajo el mismo techo.

Pero Victoria llevaba meses sintiendo que algo dentro de ella se había roto.

Y lo peor era que no sabía cuándo había sucedido.

Quizá había empezado aquella noche en que Daniel llegó a casa a las once y media, después de haber prometido que cenarían juntos.

Quizá fue cuando dejó de preguntarle cómo había sido su día.

O cuando comenzó a besarla en la frente en lugar de besarla en los labios.

O tal vez mucho antes.

Tal vez el problema no era Daniel.

Tal vez el problema era ella.

Victoria cerró los ojos.

—No pienses en eso —susurró para sí misma.

Se levantó cuidadosamente de la cama y caminó hasta el baño.

Se miró frente al espejo.

Treinta y cuatro años.

Cabello oscuro hasta los hombros.

Ojos grandes, ligeramente cansados.

Una mujer que, desde fuera, parecía tenerlo todo.

Un esposo con un buen trabajo.

Una casa bonita.

Una familia que la quería.

Una vida económicamente estable.

Pero había una pregunta que llevaba semanas persiguiéndola.

¿Era feliz?

Victoria apoyó ambas manos sobre el lavabo.

No respondió.

Porque sabía la respuesta.

No.

No era feliz.

Y eso la hacía sentirse culpable.

A las siete y cuarto, Daniel entró a la cocina mientras Victoria preparaba café.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Daniel se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.

—¿Dormiste bien?

—Sí.

—Qué bueno.

Victoria colocó una taza sobre la mesa.

—Tu café.

—Gracias.

Daniel se sentó y revisó su teléfono.

Victoria lo observó.

—Hoy es nuestro aniversario.

Daniel levantó la mirada.

Por un instante pareció confundido.

—¿Hoy?

Victoria sintió un pequeño vacío en el pecho.

—Sí.

Daniel miró el calendario de su teléfono.

—Cierto.

Sonrió.

—Ocho años.

—Ocho años —repitió Victoria.

—Se pasó rápido.

—Sí.

Daniel volvió al teléfono.

Victoria bajó la mirada hacia su taza.

Había imaginado aquella mañana de otra manera.

Había imaginado flores.

Un abrazo.

Quizá una fotografía de ellos dos.

Había imaginado que Daniel recordaría la fecha sin que ella tuviera que mencionarla.

Pero no.

Y por alguna razón, aquello le dolió mucho más de lo que esperaba.

—Podemos salir a cenar esta noche —dijo Daniel finalmente—. Si quieres.

Victoria levantó la mirada.

—¿Si quiero?

—Sí.

—Es nuestro aniversario.

—Lo sé.

—No parece.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.

—Victoria, por favor. No empecemos.

—¿Empezar qué?

—Una discusión.

Ella soltó una pequeña risa amarga.

—Ni siquiera hemos empezado la discusión y ya estás cansado.

Daniel suspiró.

—Tengo una reunión importante esta mañana.

—Siempre tienes algo importante.

—Porque trabajo.

—Yo también trabajo.

—No dije que no.

—Entonces, ¿qué estás diciendo?

Daniel se quedó callado.

Victoria lo conocía demasiado bien.

Sabía cuándo quería terminar una conversación.

Sabía cuándo estaba molesto.

Sabía cuándo estaba pensando en marcharse.

Y en ese momento lo supo.

Daniel se levantó.

—Esta noche hablamos.

—Claro.

Él tomó las llaves del automóvil.

Antes de salir, se detuvo.

—Te quiero.

Victoria sintió que aquellas palabras ya no producían en ella lo mismo que antes.

—Yo también.

Daniel se fue.

La puerta se cerró.

Y Victoria se quedó sola.

Miró el reloj.

Después miró la taza de café de Daniel.

Y por primera vez en mucho tiempo, se preguntó cómo sería despertar una mañana sin tener que fingir.

---

A las diez y media, Victoria llegó a la oficina.

Trabajaba como diseñadora gráfica en una pequeña agencia de publicidad. Le gustaba su trabajo porque le permitía escapar de su vida durante algunas horas.

Allí nadie le preguntaba por Daniel.

Nadie esperaba que fuera una esposa perfecta.

Nadie sabía que por las noches lloraba algunas veces en silencio.

—¡Victoria!

Ella levantó la mirada.

Su compañero Andrés estaba parado junto a su escritorio.

—¿Sí?

—La junta es a las once.

—Lo sé.

—¿Ya tienes la presentación?

Victoria abrió una carpeta.

—Aquí está.

Andrés sonrió.

—Perfecto.

Se alejó.

Victoria respiró profundamente.

Intentó concentrarse.

Pero entonces recibió un mensaje.

De Daniel.

“Se me complicó el día. Probablemente no pueda llegar a cenar.”

Victoria leyó el mensaje dos veces.

No respondió.

Un minuto después llegó otro.

“Lo siento. Te compenso el fin de semana.”

Victoria dejó el teléfono boca abajo.

Y algo dentro de ella terminó de romperse.

---

A las siete de la noche, Victoria estaba sentada sola en un restaurante.

Había reservado una mesa para dos.

Llevaba un vestido negro que había comprado especialmente para aquella noche.

Había pasado casi una hora esperando.

El teléfono permanecía sobre la mesa.

No había llamadas.

No había mensajes.

Nada.

El mesero se acercó.

—¿La señora desea ordenar?

Victoria miró la silla vacía frente a ella.

—Sí.

Tragó saliva.

—Para una persona.

—Claro.

Cuando el mesero se alejó, Victoria sintió ganas de llorar.

Pero no lo hizo.

No quería llorar delante de nadie.

Sacó el teléfono.

Marcó el número de Daniel.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Nada.

Finalmente contestó.

—¿Sí?

Victoria escuchó voces al fondo.

—¿Dónde estás?

—En una reunión.

—Son las ocho.

—Lo sé.

—¿Vas a venir?

Hubo silencio.

—Victoria...

Ella cerró los ojos.

—Solo dime la verdad.

—No voy a poder.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Feliz aniversario, Daniel.

Colgó.

No esperó una respuesta.

Guardó el teléfono en su bolso y se levantó.

Cuando salió del restaurante, la lluvia había aumentado.

Victoria caminó bajo ella sin abrir el paraguas.

No le importaba mojarse.

No le importaba nada.

Hasta que escuchó una voz detrás de ella.

—¿Victoria?

Se detuvo.

Se giró.

Y entonces la vio.

Una mujer estaba parada bajo el techo del restaurante.

Cabello negro.

Ojos color miel.

Una sonrisa tímida.

Victoria tardó unos segundos en reconocerla.

—¿Lucía?

La mujer sonrió.

—Pensé que eras tú.

Lucía Morales.

Habían estudiado juntas en la universidad.

Hacía más de diez años que no se veían.

Victoria la recordaba perfectamente.

No porque hubieran sido mejores amigas.

Sino porque Lucía había sido una de esas personas que dejan una impresión extraña.

Una de esas personas que, sin hacer demasiado, consiguen que uno las recuerde durante años.

—Dios mío —dijo Lucía acercándose—. Estás empapada.

Victoria se miró.

—No me había dado cuenta.

Lucía soltó una pequeña carcajada.

—Sigues igual.

—¿Igual?

—Sí.

—¿Cómo?

Lucía la observó unos segundos.

—Como si estuvieras intentando convencer al mundo de que estás bien.

Victoria dejó de sonreír.

Aquellas palabras la golpearon.

—No estoy tan bien.

Lucía inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso pensé.

—¿Qué haces aquí?

—Cené con una amiga.

—Ah.

—Y tú...

Lucía miró la calle.

—¿Estabas esperando a alguien?

Victoria dudó.

—A mi esposo.

—¿No vino?

Victoria negó con la cabeza.

Lucía no preguntó más.

Simplemente se quitó el saco que llevaba puesto y se lo colocó sobre los hombros.

—Ven.

—¿Adónde?

—A tomar un café.

—Estoy mojada.

—Precisamente.

Victoria sonrió por primera vez en toda la noche.

—Sigues dando órdenes.

—Y tú sigues obedeciendo.

Ambas rieron.

Y ninguna de las dos supo que aquel momento cambiaría sus vidas.

---

El café estaba a dos calles.

Lucía eligió una mesa junto a la ventana.

Victoria se sentó frente a ella.

—Entonces —dijo Lucía—, cuéntame.

—¿Qué?

—Todo.

Victoria sonrió.

—Han pasado diez años.

—Precisamente.

Hablaron durante más de una hora.

De la universidad.

De antiguos compañeros.

De sus trabajos.

De las cosas que habían cambiado.

Lucía había vivido varios años fuera de la ciudad y acababa de regresar.

—¿Y tú? —preguntó.

Victoria bajó la mirada.

—Me casé.

—Eso escuché.

—Hace ocho años.

—¿Eres feliz?

Victoria levantó la mirada.

La pregunta fue directa.

Demasiado directa.

—Sí.

Lucía no respondió.

Simplemente la observó.

Victoria sonrió nerviosamente.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Es que no te creo.

Victoria sintió un nudo en el estómago.

—¿Por qué?

Lucía apoyó los brazos sobre la mesa.

—Porque cuando una persona es feliz, no responde tan rápido.

Victoria se quedó callada.

Por alguna razón, hablar con Lucía resultaba demasiado fácil.

No tenía que fingir.

No tenía que elegir cuidadosamente las palabras.

Podía ser ella misma.

Y eso la asustaba.

Cuando salieron del café, había dejado de llover.

Lucía se quedó frente a ella.

—¿Te puedo pedir algo?

—Sí.

—Dame tu número.

Victoria sonrió.

—¿Para qué?

—Para no esperar otros diez años para volver a verte.

Victoria sacó su teléfono.

Intercambiaron números.

Antes de despedirse, Lucía la abrazó.

Fue un abrazo sencillo.

Nada más.

Pero Victoria sintió algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.

Calma.

Cuando se separaron, sus miradas se encontraron.

Durante un segundo demasiado largo, ninguna dijo nada.

Lucía sonrió.

—Buenas noches, Victoria.

—Buenas noches.

Victoria caminó hacia su automóvil.

Pero antes de abrir la puerta, miró hacia atrás.

Lucía seguía allí.

Observándola.

Y Victoria sintió algo extraño.

Algo que no quiso nombrar.

---

Cuando llegó a casa, eran casi las once.

Daniel estaba sentado en la sala.

—¿Dónde estabas?

Victoria dejó las llaves sobre la mesa.

—Cenando.

—¿Sola?

Ella lo miró.

—Sí.

Daniel se levantó.

—Victoria, lo siento.

—No importa.

—Sí importa.

—Ya no.

—Podemos celebrar el fin de semana.

Victoria soltó una risa.

—No quiero celebrar nada.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que estoy cansada.

—¿De qué?

Victoria lo miró.

Durante unos segundos estuvo a punto de decirlo.

Que se sentía sola.

Que llevaba meses sintiéndose invisible.

Que ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había sentido verdadera ilusión por verlo entrar por la puerta.

Pero no dijo nada.

—De todo.

Daniel se acercó.

—Ven.

Intentó abrazarla.

Victoria se apartó.

Él quedó sorprendido.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—No estás bien.

—Estoy cansada, Daniel.

—¿Hay alguien más?

Victoria sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué?

—Te pregunté si hay alguien más.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Daniel la observó.

—Está bien.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque estás diferente.

Victoria pensó en Lucía.

En sus ojos.

En aquella conversación.

En el abrazo.

Y sintió culpa.

—No hay nadie.

Daniel asintió.

—Entonces tenemos que arreglar esto.

Victoria lo miró.

—¿Qué tenemos que arreglar?

—Nuestro matrimonio.

Ella respiró profundamente.

—Quizá el problema es que llevamos demasiado tiempo intentando arreglar algo que ya no funciona.

Daniel palideció.

—¿Estás diciendo que quieres divorciarte?

Victoria no respondió.

Porque en realidad no sabía qué quería.

Solo sabía que ya no podía continuar viviendo aquella mentira.

Daniel se acercó.

—Victoria.

Ella tomó su bolso.

—Necesito dormir.

—No puedes decirme algo así y después irte.

—Tú llevas años diciéndome cosas sin darte cuenta.

—¿Qué cosas?

Victoria lo miró directamente.

—Que no soy suficiente.

Daniel abrió la boca.

Pero no encontró respuesta.

Victoria subió las escaleras.

Entró en la habitación.

Cerró la puerta.

Se sentó sobre la cama.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje nuevo.

De Lucía.

“Espero que hayas llegado bien. Me gustó mucho verte.”

Victoria leyó el mensaje.

Sonrió.

Y esa sonrisa la asustó.

Porque llevaba mucho tiempo sin sonreír de esa manera.

Escribió:

“Yo también me alegró mucho de verte.”

Borró el mensaje.

Lo escribió nuevamente.

“Gracias por esta noche.”

Lo envió.

Dejó el teléfono sobre la cama.

Y se acostó.

Pero no consiguió dormir.

Porque por primera vez en ocho años, había otra persona ocupando sus pensamientos.

Una mujer.

Lucía.

Y Victoria todavía no sabía que aquel encuentro aparentemente inocente sería el comienzo de una historia capaz de destruir todo lo que conocía.

Porque al día siguiente, Lucía volvería a escribirle.

Y esta vez no sería para preguntarle si había llegado bien.

Sería para hacerle una pregunta que cambiaría el rumbo de sus vidas.

Una pregunta sencilla.

Una pregunta peligrosa.

“¿Te gustaría volver a verme?”

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