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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:484
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

NovelToon tiene autorización de Liz Eliana Cera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

T3 Capítulo 21 - El ruego desesperado

Ignacio dio un paso hacia su hijo, asimilando la noticia con una mezcla de frustración y urgencia.

—¿Por qué terminaste con esa joven vampira, Diego? —preguntó, con la voz cargada de reproche—. ¿Por qué no me habías dicho nada en todo este tiempo?

Diego soltó un suspiro amargo y se cruzó de brazos, reviviendo el dolor de la traición.

—Ella nos ocultó la verdad desde el principio, papá. Sabía que mi hermana se había casado a la fuerza y prefirió guardar silencio. Melissa no fue sincera con nosotros.

—Si te mintió o no, ¡eso es lo de menos en estos momentos! —exclamó Ignacio, perdiendo la paciencia—. La necesitamos, Diego. Ella es nuestra única conexión con ese mundo. Es la única que puede ayudarnos a recuperar a tu hermana.

Diego negó con la cabeza, fulminándolo con una mirada cansada pero inquebrantable. Estaba harto de los secretos que habían destruido a su familia.

—No voy a buscar a Melissa, papá. Olvídalo. La verdad es que no quiero saber nada más de ella... ni de ningún otro vampiro.

Sin darle oportunidad a su padre de replicar, Diego se dio la vuelta con paso firme y abandonó la sala, dejando la habitación sumida en un silencio sepulcral.

Ignacio se quedó completamente solo en medio del lugar. Dejó caer los hombros, sintiendo cómo la impotencia le oprimía el pecho, y cubrió su rostro con las manos mientras un susurro roto escapaba de sus labios.

—Diego... —murmuró entre sollozos, mirando hacia la nada—. Dios mío... solo quiero recuperar a mi hija. Necesito traer de vuelta a mi pequeña.

Horas más tarde, la luz de la tarde comenzó a colarse con timidez entre las copas de los árboles del bosque finlandés. En el interior de la cabaña, el ambiente era cálido y rebosaba de una complicidad perfecta. Adam, ya cambiado y listo para salir, se acomodó la chaqueta en la sala y miró hacia el pasillo.

—Mi amor, ¿ya estás lista? —preguntó, con la expectativa reflejada en sus ojos sobrenaturales.

—¡Sí, en un minuto salgo! —respondió la voz de Bibiana desde la habitación.

Aprovechando ese instante a solas, Adam caminó hacia la mesa donde reposaban los frascos. Tomó la fórmula de camuflaje solar que le había entregado su abuela Clara y, sin pensarlo dos veces, bebió el líquido por completo. Sintió un extraño y repentino calor recorrer su frío sistema, pero antes de que pudiera analizar esa sensación, los pasos de su esposa lo hicieron girarse.

Bibiana entró a la sala, luciendo el traje especial que usaría en la pista de hielo.

—Vámonos, mi amor —anunció ella, con una chispa de emoción en el rostro.

Adam se quedó estático por un segundo, contemplándola con absoluta devoción. Una sonrisa brillante iluminó sus facciones.

—Mi vida... estás verdaderamente hermosa.

—Gracias, mi amor —respondió Bibiana, con las mejillas sonrojadas mientras se acercaba para rodear su cuello con los brazos y darle un tierno beso de agradecimiento en los labios.

—Yo sé perfectamente que vas a ganar ese concurso —aseguró Adam, tomándola con firmeza por la cintura—. Y cuando termine, lo vamos a celebrar por todo lo alto. Solo tú y yo.

—Voy a ponerle todo mi empeño para que eso pase —prometió Bibiana, contagiada por su fe. Lo miró a los ojos con ternura antes de unir sus labios a los de él en un nuevo beso.

Al separarse apenas unos milímetros, Adam consultó el reloj de reojo. Una chispa de picardía encendió su mirada y volvió a besarla en la comisura de los labios, bajando lentamente hacia su cuello.

—Bibi... todavía es bastante temprano para que lleguemos al concurso. Tenemos tiempo de sobra.

Bibiana soltó una pequeña risa suave, sintiendo cómo la piel se le erizaba ante sus caricias.

—¿Ah, sí? ¿Me estás diciendo que quieres que hagamos locuras antes de irnos?

—Sí —confesó Adam con una sonrisa llena de deseo, acortando cualquier distancia entre los dos—. Quiero comerte toda ahora mismo.

Bibiana lo miró con complicidad, dejando que la pasión reemplazara cualquier rastro de nervios por la competencia.

—Bueno... no creo que pase absolutamente nada si llegamos un minuto tarde —susurró, acariciándole el rostro—. La verdad es que yo también me muero por hacer muchas locuras contigo en este momento.

Sin decir una palabra más, Bibiana se unió a él en un beso apasionado y profundo, entregándose al fuego que siempre se encendía cuando estaban juntos. Adam la sostuvo con fuerza y, dejándose llevar por el instinto, la guió con suavidad hacia el lujoso sofá. Allí, rodeados por el silencio del bosque y con los efectos de la fórmula secreta de Clara corriendo activamente por las venas del vampiro, ambos compartieron un momento de entrega absoluta e íntima.

A miles de kilómetros de Finlandia, la noche caía pesada y gélida sobre las calles de Rumania. En la penumbra de un parque solitario, una mujer retrocedía aterrorizada, acorralada contra un árbol por una figura de ojos inyectados en sangre.

—Hoy voy a saciar mi sed contigo... —siseó la criatura, mostrando sus afilados colmillos con una sonrisa macabra.

La mujer cerró los ojos, esperando lo peor, cuando una voz firme y cargada de odio rompió el silencio desde las sombras.

—Deja a esa mujer en paz, asqueroso vampiro.

El monstruo se volteó de golpe, pero sus ojos se abrieron de par en par al mirar con terror al recién llegado. Matt se encontraba de pie bajo la luz de una farola, sosteniendo una imponente ballesta modificada con total firmeza. Su mirada reflejaba una frialdad absoluta, desprovista de cualquier rastro del chico indefenso del pasado.

Mientras tanto en el pueblo finlandés el frío viento invernal no lograba opacar la calidez del evento en el lago congelado. En medio de la pista natural, Bibiana se deslizaba con una agilidad y elegancia pasmosas, destacando de inmediato por encima de las demás competidoras. Cada uno de sus giros era limpio, preciso y lleno de una gracia natural que parecía flotar sobre la superficie cristalina.

En la mesa principal, los miembros del jurado la observaban fascinados, tomando notas apresuradas sin poder apartar los ojos de su asombrosa habilidad.

Desde el borde de la pista, Adam contemplaba la escena con una felicidad desbordante que le iluminaba el rostro. Ver a su esposa brillar con tanta intensidad y libertad en la pista le llenaba el pecho de orgullo.

Con un giro final perfecto, suave y controlado, Bibiana detuvo su marcha justo en el centro del lago, concluyendo su presentación con una reverencia impecable.

Por un segundo, el silencio gobernó el lugar, roto inmediatamente después por un estallido unánime de ovaciones. Todas las personas presentes comenzaron a aplaudir con entusiasmo, maravilladas por el espectáculo.

Adam, contagiado por la euforia colectiva, aplaudió con fuerza, manteniendo sus ojos fijos en ella y mirándola con una devoción absoluta, como si en todo el paisaje helado no existiera nadie más.

Al notar su mirada, Bibiana dejó escapar una amplia sonrisa. A pesar de la distancia y de la multitud que los rodeaba, sus ojos se encontraron con los de su esposo en un mudo y feliz intercambio que lo decía todo.

Devuelta en Rumania, sin dudarlo un solo segundo, Matt presionó el gatillo. La cuerda de la ballesta vibró con fuerza, disparando una estaca de madera bendita que viajó por el aire a toda velocidad hasta clavarse directamente en el corazón de la criatura.

El vampiro soltó un alarido ahogado antes de estallar en una nube de ceniza y chispas que se desvaneció en el viento de la noche.

La mujer, al verse a salvo, no miró atrás; se puso de pie y huyó corriendo, perdiéndose descompuesta por el instinto entre los callejones.

Desde la oscuridad del parque, Luis emergió aplaudiendo lentamente, con una sonrisa de aprobación en el rostro.

—Eso estuvo excelente, Matt. Has aprendido muchísimo durante estos cinco meses de entrenamiento. Tu puntería es perfecta.

—Gracias —respondió Matt, bajando el arma de hombro mientras recargaba un nuevo proyectil.

—Sin embargo, hay una regla de oro que nunca debes olvidar, pase lo que pase —advirtió Luis, adoptando un tono sumamente serio—. Jamás mires a un vampiro directamente a los ojos.

Matt frunció el ceño, intrigado.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de ellos poseen poderes hechizantes —explicó el maestro cazador—. Si dejas que te miren, jugarán con tu mente y eso te impedirá destruirlos. Tienes que recordarlo siempre si quieres salir vivo de Finlandia.

—No te preocupes por eso —sentenció Matt, apretando la mandíbula con resentimiento—. Lo recordaré muy bien.

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