Él apostó que podía conquistarla.
Ella decidió demostrarle que no sería tan fácil.
Isabella no buscaba enamorarse. Sebastián solo quería ganar una apuesta.
Pero entre miradas, provocaciones y besos que empezaron como parte de un juego, algo inesperado comenzó a crecer entre ellos.
Porque cuando el corazón entra en juego, ya no existen apuestas seguras. ❤️🔥
NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA CHICA QUE ESTUVO ANTES
—¿Qué chica? —preguntó Isabella.
Sebastián no respondió.
El silencio se volvió insoportable.
Isabella lo observó fijamente, esperando que dijera cualquier cosa. Una explicación. Una negación. Incluso una mentira.
Pero él seguía inmóvil.
—Sebastián...
Él levantó lentamente la mirada.
—Antes de ti hubo una chica.
Isabella sintió que algo se rompía dentro de ella.
—¿Tu ex?
—No.
—Entonces, ¿quién?
Sebastián tragó saliva.
—Se llamaba Mariana.
Isabella repitió el nombre en su mente.
Mariana.
No sabía quién era, pero ya sentía que ese nombre había entrado en su vida para destruir algo.
—¿Qué pasó con ella?
Sebastián bajó la mirada.
—Mis amigos hicieron algo parecido a lo que hicieron contigo.
Isabella frunció el ceño.
—¿Parecido?
—Una apuesta.
Ella retrocedió.
—No...
—Isabella, escucha...
—¡No! —lo interrumpió—. ¿Otra apuesta?
Sebastián cerró los ojos por un instante.
—Sí.
Una risa amarga escapó de los labios de Isabella.
—Claro.
Se pasó una mano por el rostro.
—¿Cómo pude no darme cuenta?
—Porque tú no tenías nada que ver con eso.
—Pero tú sí estabas allí.
Sebastián guardó silencio.
Y esa vez Isabella sintió más dolor que rabia.
—Siempre hay algo que no me cuentas.
—No quería ocultártelo.
—Pero lo hiciste.
—Porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De perderte.
Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Ya me perdiste una vez por una apuesta.
Su voz se quebró.
—¿Y ahora quieres que vuelva a confiar en ti mientras sigues descubriendo secretos?
Sebastián dio un paso hacia ella.
—No es como piensas.
—Entonces explícame.
Él respiró profundamente.
—Mariana fue víctima de una apuesta que hicieron mis amigos antes de conocerte.
—¿Y tú qué hiciste?
—Nada.
—¿Nada?
—Intenté detenerlos.
—¿Y lo lograste?
Sebastián negó lentamente con la cabeza.
Isabella sintió un escalofrío.
—¿Qué le hicieron?
—La engañaron.
—¿Cómo?
—Le hicieron creer que uno de ellos estaba realmente interesado en ella.
Isabella apretó los labios.
—¿Y después?
—Cuando ella descubrió la verdad, quedó destrozada.
Isabella bajó la mirada.
Por un instante imaginó a aquella chica descubriendo que los sentimientos que creía reales habían nacido de un juego.
Y entonces pensó en ella misma.
En su propio dolor.
En la noche en que descubrió la apuesta de Sebastián.
En las lágrimas que derramó sola.
En todas las veces que se preguntó si el primer beso había significado algo.
—¿Ella te quería? —preguntó.
Sebastián tardó en responder.
—Sí.
Isabella sintió una punzada de celos que inmediatamente le dio vergüenza sentir.
—¿Y tú?
—No.
Ella levantó los ojos.
—¿Nunca?
—Nunca estuve enamorado de ella.
—Pero te importaba.
—Sí. Porque sabía que estaba siendo lastimada.
Isabella respiró profundamente.
—¿Y qué pasó después?
Sebastián miró hacia el suelo.
—Mariana se fue de la universidad.
—¿Por culpa de ustedes?
—Por culpa de lo que hicieron mis amigos.
Isabella sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
—Y aun así aceptaste una apuesta conmigo.
Sebastián no pudo responder.
—Eso es lo que no entiendo —continuó ella—. ¿Después de verla sufrir hiciste exactamente lo mismo conmigo?
—No exactamente.
—¿No?
Isabella se acercó a él.
—Sebastián, tú también comenzaste conmigo por una apuesta.
Él bajó la cabeza.
—Sí.
—Entonces dime cuál es la diferencia.
Sebastián la miró con los ojos llenos de culpa.
—Que contigo me enamoré.
Isabella cerró los ojos.
Aquellas palabras, que alguna vez la habrían hecho feliz, ahora dolían.
—No sé si eso me consuela.
—No quiero que te consuele. Quiero que sepas la verdad.
—La verdad...
Isabella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—¿Cuál de todas?
Sebastián no respondió.
Ella se abrazó a sí misma.
—Yo te creí.
Su voz se hizo más baja.
—Eso es lo que más me duele.
Sebastián sintió un nudo en la garganta.
—Isabella...
—Yo te creí cuando dijiste que no estabas jugando conmigo.
Una lágrima cayó por su mejilla.
—Te creí cuando dijiste que querías conocerme.
Otra.
—Te creí cuando me besaste.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Ese beso fue real.
—Para mí también.
Ella lo miró.
—Por eso duele tanto.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Isabella sacó el teléfono y miró nuevamente la fotografía que habían recibido.
Mariana.
Detrás de ella aparecía una fecha.
Isabella la leyó una vez.
Luego otra.
Su rostro cambió.
—Sebastián...
—¿Qué?
Ella le mostró la fotografía.
—Mira la fecha.
Él se acercó.
Sus ojos se abrieron.
—No puede ser.
—¿Qué significa?
Sebastián tomó el teléfono.
La fecha era tres días antes de que él aceptara la apuesta por Isabella.
—Esto no tiene sentido —murmuró.
—Explícamelo.
—No puedo.
—¡Sebastián!
Él levantó la mirada.
—Porque cuando acepté la apuesta por ti, Mariana ya no estaba en la universidad.
Isabella sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—Entonces alguien sabía que ibas a conocerme.
Sebastián permaneció inmóvil.
El teléfono de Isabella vibró.
Los dos miraron la pantalla.
Número desconocido.
Un mensaje.
“Por fin están hablando de Mariana.”
Isabella sintió un escalofrío.
Llegó otro.
“Pero Sebastián todavía no te ha contado toda la verdad.”
Sebastián tomó el teléfono.
—No respondas.
—¿Por qué?
—Porque quiere que reaccionemos.
—¿Quién?
Él no respondió.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez acompañado de una fotografía.
Isabella abrió la imagen.
Era Mariana.
Pero había algo más.
En la fotografía aparecía junto a varias personas.
Entre ellas...
Camila.
Isabella dejó de respirar por un instante.
—No...
Sebastián tomó el teléfono.
Su rostro perdió completamente el color.
—¿Camila?
—Ella estaba allí.
—¿La conocías?
—No de esa manera.
Isabella lo miró.
—¿Qué significa eso?
Sebastián comenzó a recordar.
Una fiesta.
Una discusión.
Mariana llorando.
Camila observando desde lejos.
Y después, la desaparición de Mariana.
—Camila conocía a Mariana —dijo finalmente.
Isabella sintió que el miedo reemplazaba al dolor.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque no sabía que seguía involucrada.
—Pero ella sí sabía quién eras tú.
—Sí.
—Y sabía quién era Mariana.
—Sí.
Isabella volvió a mirar la fotografía.
—Entonces esto no empezó conmigo.
Sebastián negó lentamente.
—No.
—¿Desde cuándo?
Él no respondió.
—¡Desde cuándo, Sebastián!
—No lo sé.
Isabella respiró entrecortadamente.
—Alguien preparó todo esto.
—Eso parece.
—La apuesta.
—Sí.
—Los mensajes.
—Sí.
—Las fotografías.
—Sí.
—Mariana.
Sebastián la miró.
—Sí.
Isabella sintió que las piernas le temblaban.
—Entonces yo...
Se quedó sin palabras.
Sebastián se acercó.
—¿Qué?
—¿Yo fui elegida?
Él no entendió.
—¿Qué quieres decir?
—Tal vez nunca fui una casualidad.
Sebastián se quedó inmóvil.
Isabella comenzó a llorar.
—Tal vez alguien decidió que tú tenías que acercarte a mí.
—No.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque yo acepté la apuesta.
—¿Y si alguien sabía que la aceptarías?
Sebastián abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Isabella retrocedió.
—Eso significa que todo pudo haber estado planeado.
—Isabella...
—No.
Ella negó con la cabeza.
—Necesito irme.
—No te vayas así.
—¿Cómo quieres que me vaya?
Sus ojos se encontraron.
—¿Feliz?
Sebastián bajó la mirada.
—Solo quiero protegerte.
—No necesito que me protejas de alguien que no conozco.
Hizo una pausa.
—Necesito que dejes de ocultarme cosas.
Él asintió.
—Te lo prometo.
Isabella sonrió tristemente.
—No me prometas nada.
Sebastián sintió un golpe en el pecho.
Ella caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, se detuvo.
—Quiero saber quién es Mariana.
Sebastián la miró.
—Te contaré todo.
—No.
Isabella negó lentamente.
—Esta vez lo vamos a descubrir juntos.
Él se quedó mirándola.
Por primera vez desde que había comenzado todo, Isabella no parecía estar huyendo de la verdad.
Parecía dispuesta a enfrentarla.
Pero cuando salió del edificio, su teléfono volvió a vibrar.
Un último mensaje.
“Mariana no fue la primera.”
Isabella se quedó paralizada.
Debajo apareció otro.
“Y tú tampoco serás la última.”
Levantó la mirada hacia el edificio.
Sebastián seguía allí, observándola desde la ventana.
Y por primera vez, ambos comprendieron que la apuesta había dejado de ser un juego.
Alguien quería destruirlos.
Y todavía no habían descubierto por qué.