Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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NO HAGO FAVORES GRATIS
KRISTEN WHITAKER
Nuestro primer año terminó de la misma manera en que había comenzado: Dante y yo seguíamos odiándonos.
Al menos eso era lo que todos creían y, en realidad, no había ninguna razón para que pensaran algo diferente.
Habíamos pasado todo el año discutiendo, compitiendo y buscando nuevas maneras de molestarnos, así que nuestros compañeros ya estaban acostumbrados a vernos de aquella forma. Para ellos, nuestra enemistad era algo completamente normal y nadie parecía imaginar que, fuera de las horas de clase, las cosas eran bastante diferentes.
El problema era que el año escolar terminaba, pero nosotros no dejábamos de vernos.
Nuestros padres continuaban llevándonos al campo durante los fines de semana y aquello significaba que Dante y yo teníamos que convivir durante dos días enteros. Era una situación que ninguno de los dos podía evitar, así que habíamos hecho un pacto muy sencillo: jamás contaríamos aquello en el colegio.
Sabíamos perfectamente lo que ocurriría si nuestros compañeros descubrían que, después de pasar todo el día discutiendo en clases, también viajábamos juntos al campo todos los fines de semana. Volverían a pensar que éramos novios y, sinceramente, ninguno de los dos estaba dispuesto a soportar semejante tortura.
En el colegio podíamos odiarnos tranquilamente. Cuando terminaban las clases, era mejor que nadie supiera que nuestras familias se empeñaban en mantenernos juntos.
Entonces llegó el nuevo año escolar.
Segundo año de preparatoria.
Yo estaba especialmente feliz porque cada vez faltaba menos para que me quitaran los brackets. Había esperado aquel momento durante tanto tiempo que incluso llevaba la cuenta de los meses que faltaban. Saber que finalmente iba a recuperar mi sonrisa sin aquellos aparatos metálicos era suficiente para mantenerme de buen humor.
Por primera vez, ni siquiera la presencia de Dante conseguía arruinarme el comienzo del año.
Aunque, como casi siempre ocurría con él, aquella tranquilidad duró muy poco.
Mientras más crecíamos, más cosas encontraba que me molestaban de Dante y, al mismo tiempo, él parecía tener una habilidad especial para descubrir nuevas formas de torturarme. Ya no éramos los niños que se peleaban por un juguete o por quién ocupaba primero un lugar. Ahora nuestras bromas eran más elaboradas, nuestras discusiones duraban más y ambos habíamos aprendido a utilizar cualquier información que tuviéramos sobre el otro para ganar una pequeña batalla.
Por eso, cuando me comenzó a gustar Brian, decidí guardar silencio.
No se lo conté a nadie. Ni siquiera a las chicas más cercanas que comenzaba a considerar mis amigas.
Después de todo, yo también había aprendido algo durante el año anterior: si quería evitar que Dante utilizara mis secretos en mi contra, tenía que aprender a guardarlos solo para mí. Y, por una vez, estaba decidida a ser una persona cuidadosa.
Lo que ocurrió después ni siquiera lo hice pensando en él.
Acepté salir con otro chico porque realmente lo consideraba un amigo y no vi aquella salida como una cita. Fuimos a una heladería y estuvimos conversando como habíamos hecho otras veces, hasta que, en un momento inesperado, se inclinó hacia mí e intentó besarme.
Me aparté inmediatamente.
--¿Qué haces?
Él pareció confundido por mi reacción, como si hubiera esperado que yo entendiera sus intenciones desde el principio. Yo tampoco sabía muy bien qué decirle, porque jamás había pensado en él de esa manera.
Entonces escuché que la puerta de la heladería se abría.
Levanté la mirada y vi a Dante entrando.
Por un instante pensé que iba a encontrar aquella sonrisa burlona que tantas veces había visto en su rostro cuando conseguía descubrir algo que podía utilizar para molestarme. Sin embargo, no fue así. No había burla en sus ojos ni aquella expresión divertida que tanto conocía. Simplemente me miró confundido, como si no comprendiera qué estaba haciendo allí con aquel chico.
Yo apenas tuve tiempo de reaccionar porque el muchacho volvió a intentarlo.
Esta vez fui todavía más clara.
--No
Me aparté y negué con la cabeza. Dante pareció comprender que no quería que me besara. Era más que obvio.
Fue entonces cuando Dante se acercó a nuestra mesa.
--Tu mamá me preguntó si te había visto. Estaba buscándote y no sé cómo consiguió mi número
Lo miré durante unos segundos. Sabía perfectamente que aquello no era verdad, pero entendí inmediatamente lo que estaba intentando hacer.
--Debo irme
Me levanté apresurada, tomé mis cosas y salí de la heladería antes de que el chico pudiera preguntarme cualquier otra cosa.
Caminé casi corriendo durante las primeras dos calles. Solo quería alejarme de allí y dejar atrás aquella situación incómoda. No había avanzado demasiado cuando escuché el sonido de una bicicleta acercándose.
Dante apareció a mi lado sobre su bicicleta plateada.
--Es mentira
Me detuve y lo miré.
--¿Qué cosa?
--Tu mamá no te está buscando. Creí que querías salir de allí, pero él no lo entendía
Sentí que las mejillas se me calentaban inmediatamente. Durante unos segundos no supe qué decir. Me daba vergüenza admitir que, en efecto, había querido escapar de aquella situación y que él había comprendido lo que estaba ocurriendo mucho antes que yo.
Finalmente suspiré.
--Gracias
Dante avanzó unos metros, pero enseguida frenó y puso su bicicleta delante de mí, obligándome a detenerme nuevamente.
--Espera
--¿Qué?
Me miró con aquella expresión que me hizo sospechar que el favor tenía un precio.
--No hago favores gratis
--¿Qué quieres?
--Haz mi trabajo de química y no se lo diré a nadie
Abrí los ojos.
--¿Eso quieres?
--Sí
No pude evitar suspirar.
Química era, de hecho, una de las materias que mejor se me daban. Siempre había tenido buenas notas y no me costaba demasiado entenderla, así que hacer el trabajo de Dante no era precisamente un sacrificio. Lo que sí me molestaba era que hubiera aprovechado aquella situación para cobrarme el favor.
--Está bien-- Acepté finalmente
Dante apartó la bicicleta y me dejó continuar mi camino.
Yo seguí hacia mi casa pensando que, de alguna manera, había conseguido salir de aquella situación sin que nadie se enterara de lo que había ocurrido. Tendría que hacer un trabajo extra que ni siquiera necesitaba, pero podía soportarlo.
Después de todo, había algo mucho más importante que aquello.
Mi primer beso no se lo había dado a alguien que no lo merecía.
Y, aunque no pensaba decirlo en voz alta, me alegraba de que Dante hubiera estado allí.
muy dramática yo