Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La primera venta de su empresa moderna
La carreta mejorada provocó una consecuencia que Lin Chen no esperaba.
Un comerciante quiso comprarla.
No el diseño.
La carreta.
He Bao llegó al Pabellón.
—¿Vendes?
—¿Qué?
—La carreta.
Lin Chen dejó el registro.
—No.
—Me ofrecen ocho taeles más de lo que costó.
Su Wan'er levantó la cabeza.
—¿Ocho?
Lin Chen dudó.
Buen margen.
Demasiado tentador.
Pero no.
—No.
He Bao lo miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Por qué?
—La necesitamos.
—Puedo hacer otra.
Ah.
Eso cambiaba.
—¿Cuánto tardas?
—Diez días.
—Siete.
—Nueve.
—Ocho.
He Bao suspiró.
—Ocho.
Lin Chen sonrió.
—Entonces vende esta.
Su Wan'er lo observó.
—Cambiaste de opinión muy rápido.
—Porque ahora puedo reemplazarla.
La venta no hizo rico al Pabellón.
Pero creó algo nuevo.
Un producto local mejorado.
No importado.
No misterioso.
No dependiente directamente del portal.
He Bao ganó.
Lin Chen ganó.
El comprador consiguió una carreta mejor.
Y nadie preguntó por una Cámara lejana.
Ese tipo de negocio era exactamente lo que Lin Chen quería construir.
Sin embargo, la venta creó otro problema.
He Bao recibió pedidos.
Tres.
Después cinco.
El carpintero fue al Pabellón.
—No puedo.
—¿Qué?
—Hacer tantos.
—Contrata gente.
—Eso cuesta.
—Los pedidos pagan.
—También necesito madera.
—Compra.
—El precio subió.
Lin Chen sonrió.
—Bienvenido al crecimiento.
He Bao no encontró gracioso.
Pero Lin Chen sí entendió la lección.
Cada mejora generaba cuellos de botella.
Capital.
Mano de obra.
Materiales.
Si intentaba crecer demasiado rápido, rompería algo.
Así que limitó pedidos.
Una lista de espera.
Eso generó quejas.
También deseo.
La situación del grano se estabilizó ligeramente durante varios días.
No mejoró.
Pero dejó de empeorar.
Eso le dio espacio.
Lin Chen decidió volver al presente.
Esta vez no por emergencia.
Sino por negocio.
Tenía varias piezas de jade seleccionadas.
Y quería convertir su pequeña empresa moderna en algo que vendiera realmente.
Hasta ese momento solo había registrado actividad.
Un par de operaciones.
Nada continuo.
Necesitaba un cliente regular.
Cuando llegó al almacén moderno, el contraste volvió a golpearlo.
Silencio.
Concreto.
Estantes.
Luces LED.
No había olor a carbón.
Ni animales.
Ni vendedores gritando.
Lin Chen dejó la caja con jade sobre una mesa.
Encendió la computadora.
Abrió la cuenta de la empresa.
Había dinero.
No mucho.
Pero suficiente.
Primero revisó el mensaje de Chen Yulan.
Ella podía presentarle a un taller pequeño de joyería.
No de lujo.
Trabajaban piezas personalizadas.
Lin Chen aceptó.
El taller estaba dirigido por dos hermanos.
Zhou Kai y Zhou Min.
No eran grandes empresarios.
Eso era bueno.
Lin Chen mostró cinco piedras.
Zhou Kai examinó.
—Material interesante.
Zhou Min preguntó:
—¿Puedes conseguir más parecido?
Pregunta que ya empezaba a gustarle.
—Sí.
—¿Cuánto?
Lin Chen no cometió el error de prometer.
—Pequeños lotes.
—¿Cada mes?
—Posiblemente.
—Necesitamos consistencia.
Esa palabra.
Consistencia.
En Qinghe también.
El problema universal del comercio.
No bastaba con tener algo bueno.
Había que repetirlo.
—Puedo intentar preparar muestras clasificadas.
Zhou Min asintió.
—Eso sería mejor.
Hablaron precios.
Calidades.
Desperdicio.
Cortes.
Certificación.
Lin Chen tomó notas.
No entendía todo.
Pero aprendía.
El acuerdo inicial fue pequeño.
Diez piezas al mes.
Nada más.
Lin Chen sintió una satisfacción extraña.
No por el dinero.
Por la repetición.
Un pedido recurrente.
Su primer cliente moderno regular.
No tenía garantía de duración.
Pero existía.
Regresó al almacén y revisó su inventario.
No tenía suficiente jade adecuado para varios meses.
Eso era importante.
No podía aceptar crecimiento sin suministro.
Qinghe tendría que proporcionarlo.
Pero si empezaba a comprar demasiado jade de repente, precios subirían.
Otra vez el mismo problema.
Dos mundos.
Mismas leyes básicas.
Oferta.
Demanda.
Confianza.
Capital.
Lin Chen decidió separar su operación de jade en tres categorías.
A: mejor calidad.
Muy poca.
Venta especializada.
B: calidad media.
Talleres.
C: material bajo.
Talladores, decoración, experimentación.
Eso permitía aprovechar más de cada lote.
También reducía desperdicio.
El primer pedido de Zhou se preparó durante varios días.
Chen Yulan ayudó a revisar.
Lin Chen pagó por su tiempo.
Ella pareció sorprendida.
—Podías pedirme favor.
—Prefiero pagarte.
—¿Por qué?
—Porque quiero volver.
Eso la hizo sonreír.
Relaciones.
Otro activo.
Cuando finalmente entregó las diez piezas, recibió pago.
Factura.
Registro.
Transferencia.
Todo normal.
Lin Chen miró el movimiento bancario.
No era la cantidad más grande que había recibido.
Pero sí una de las más importantes.
Ingreso comercial real.
La empresa había vendido.
No plata.
No una herencia.
No una explicación incómoda.
Mercancía.
Esa noche, Lin Chen abrió sus cuentas.
Ingresos modernos.
Gastos.
Almacén.
Contabilidad.
Mercancía.
Transporte.
Margen.
El resultado no era impresionante.
De hecho, después de costes, la utilidad era modesta.
Sonrió.
Eso era perfecto.
Los negocios reales al principio no parecían mágicos.
Crecían.
Después hizo algo que meses atrás habría considerado absurdo.
Se pagó una pequeña cantidad.
No mucho.
Una transferencia desde la empresa a su cuenta personal como remuneración registrada correctamente.
Lin Chen miró el dinero.
Era menos de lo que podía obtener vendiendo una sola pieza de plata.
Pero era suyo.
Explicable.
Limpio.
Sostenible.
Aquello significaba más.
Mientras comía en su apartamento, recordó el Pabellón.
Su Wan'er.
Qiao.
Tía Mei.
Wu San.
La aldea Luo.
He Bao.
En Qinghe había empezado igual.
Primero ventas extrañas.
Después estructura.
Ahora el presente estaba siguiendo la misma ruta.
Eso lo hizo sonreír.
Quizá no estaba construyendo dos negocios distintos.
Quizá estaba aprendiendo el mismo juego dos veces.
Su teléfono sonó.
Chen Yulan.
—¿Sí?
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—La pieza verde de la semana pasada.
Lin Chen se enderezó.
—¿Qué pasa?
—Un cliente pregunta si puedes conseguir algo similar.
—¿Cuántas?
—No quiere varias.
—Entonces...
—Quiere una mejor.
Silencio.
Eso podía significar más margen.
También más riesgo.
—¿Presupuesto?
Chen Yulan dijo una cifra.
Lin Chen no respondió inmediatamente.
Era mucho más alta que sus operaciones anteriores.
No una fortuna.
Pero suficiente para acelerar su empresa.
—No prometo nada.
—Eso le dije.
—Déjame buscar.
Colgó.
Lin Chen miró la puerta.
Motivo para regresar a Qinghe.
Perfectamente natural.
Un cliente moderno pedía jade mejor.
Al otro lado existía un mercado donde quizá podía encontrarlo.
Pero esta vez no iba a comprar al azar.
Iba con especificaciones.
Color.
Tamaño.
Calidad.
Presupuesto.
Demanda concreta.
Eso era comercio real entre eras.
No saqueo.
No tesoro.
Mercado.