Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 12
El despacho de Catrina en "El Renacer" era un reflejo de su dueña: funcional, austero y con un olor persistente a madera de cedro y pólvora limpia. Pero esa mañana, el aire se sentía cargado de una pesadez distinta. Catrina estaba sentada tras su escritorio de roble, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas tensas. Frente a ella, una pila de notificaciones judiciales con sellos rojos parecía una sentencia de muerte.
Máximo entró cojeando ligeramente, con un vendaje más discreto en la sien y las manos luciendo las costras de su jornada en los establos. Se detuvo al ver la expresión de ella. No era la furia habitual; era algo más parecido a la impotencia, un sentimiento que Catrina detestaba más que a la misma muerte.
—¿Qué pasó? —preguntó él, acercándose. Su voz ya no tenía la ligereza de la capital; ahora tenía un peso terrenal.
—Mi tío —escupió ella, lanzando un documento sobre la mesa—. Elías no solo controla la tierra, controla los despachos. El Banco Regional acaba de congelar mis cuentas operativas. Alegan una "revisión de garantías" por un préstamo que mi padre firmó hace veinte años. Dicen que el pago de la nómina de mis peones y la compra de suministros están retenidos hasta que se aclare la titularidad de las hectáreas del norte.
Catrina golpeó el escritorio con el puño. El sonido seco resonó en el silencio.
—Si no pago mañana, los hombres se irán a las fincas de Elías por desesperación. Si no compro el forraje, el ganado morirá. Me está asfixiando con papel, Máximo. Y contra el papel no puedo usar mi .45.
Máximo se acercó al escritorio y tomó uno de los folios. Sus ojos, acostumbrados a leer entre líneas en los contratos multimillonarios de su abuelo, recorrieron el texto con una velocidad que sorprendió a Catrina. Ella lo observó, viendo cómo su rostro cambiaba. El "niño de cristal" que limpiaba estiércol desapareció, y en su lugar surgió el hombre que había sido educado en las mejores escuelas de negocios del mundo.
—Déjame ver esto —murmuró Máximo. Se sentó frente a ella, extendiendo los documentos sobre la mesa.
Sus dedos, aunque maltratados por el campo, se movían con una elegancia técnica mientras pasaban las páginas. Catrina lo observaba en silencio, notando cómo él fruncía el ceño y mordía su labio inferior, sumergido en un mundo de cláusulas, tasas de interés y jerga legal que para ella era un laberinto sin salida.
—Es una artimaña clásica —dijo Máximo después de diez minutos de silencio absoluto. Levantó la vista y sus ojos brillaban con una seguridad que Catrina nunca le había visto—. El banco está usando la "cláusula de aceleración por insolvencia técnica". Es un tecnicismo que usan los tiburones en la capital para absorber empresas pequeñas. Elías sabe que no tienes liquidez inmediata fuera de esas cuentas.
—¿Y qué sugieres? ¿Que me rinda? —preguntó ella, con la amargura filtrándose en su voz.
—Todo lo contrario —Máximo señaló un párrafo en la página doce, casi oculto por una nota al pie—. Mira esto. El contrato original se firmó bajo la Ley de Fomento Agrario de 2006. Esa ley estipula que cualquier revisión de garantías debe ser notificada con noventa días de antelación si la propiedad está en plena producción. El banco te dio veinticuatro horas.
Catrina frunció el ceño. —¿Y eso qué significa?
—Significa que han cometido un error por exceso de confianza —Máximo se inclinó hacia adelante, y por primera vez, hubo una complicidad intelectual entre ambos—. Elías presionó al gerente del banco para que actuara rápido, tan rápido que ignoraron el protocolo legal básico. No solo no pueden congelar tus cuentas, sino que al intentarlo de esta forma, han incurrido en "daño emergente".
Máximo tomó un bolígrafo y empezó a anotar puntos clave en el reverso de un sobre. Sus gestos eran rápidos, decididos.
—Si enviamos una contraofensiva legal ahora mismo, citando el artículo 42 de la ley agraria y amenazando con una demanda por lucro cesante, el departamento legal del banco entrará en pánico. Los abogados de los bancos son cobardes, Catrina. No quieren un juicio que no pueden ganar contra alguien que sabe leer la letra pequeña.
Catrina lo miró fijamente. Vio el sudor en su frente, las manchas de tierra en su ropa y, sobre todo, la chispa de genio que emanaba de él. Por primera vez, entendió que el valor de un hombre no solo se medía en la fuerza de sus brazos o en su puntería, sino en su capacidad para luchar en terrenos que ella ni siquiera sabía que existían.
—¿Puedes redactar eso? —preguntó ella. Su voz era apenas un susurro.
—No solo puedo redactarlo. Voy a ir personalmente al banco —dijo Máximo, poniéndose en pie—. Necesito que me prestes tu camioneta y uno de tus mejores trajes... bueno, de los que traje yo y que todavía no han pasado por el establo.
Ella soltó una risa corta, la primera risa genuina que Máximo le escuchaba en días. Se levantó y caminó hacia él, deteniéndose a solo unos centímetros. La tensión entre ambos ya no era de odio; era una mezcla de respeto y una atracción que empezaba a quemar.
—Vete —dijo ella, ajustándole el cuello de la camisa con una suavidad que lo dejó sin aliento—. Ve y enséñales que el heredero de Don Vicente no solo sabe gastar dinero, sino también proteger lo que es suyo.
Tres horas después, Máximo entró en la sucursal del banco en el pueblo vecino. No era el muchacho golpeado que pedía perdón de rodillas. Llevaba un traje de corte italiano, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mirada que emanaba un poder gélido. Los empleados, que antes lo habrían ignorado, se apartaron a su paso.
Se encerró con el gerente en una oficina vidriada durante cuarenta minutos. No hubo gritos. Solo el sonido de la voz de Máximo, monótona y letal, citando artículos legales y mencionando los contactos de su abuelo en la junta directiva nacional del banco. El gerente, un hombre que se creía intocable bajo el ala de Elías, terminó la reunión con las manos temblorosas y la cara pálida.
Cuando Máximo regresó a "El Renacer", el sol ya empezaba a caer. Catrina lo esperaba en el porche, con los brazos cruzados. No preguntó nada; la forma en que él caminaba, con los hombros relajados y una sonrisa de suficiencia, le dio la respuesta.
—Las cuentas están liberadas —dijo Máximo, subiendo los escalones. Sacó un documento sellado del bolsillo interno de su chaqueta y se lo entregó—. Y el banco ha emitido una carta de disculpa oficial. Elías va a tener un ataque de rabia cuando se entere de que su jugada maestra terminó en una extensión de crédito para ti por las molestias causadas.
Catrina tomó el papel, pero sus ojos no se movieron de los de él. La gratitud era un idioma que ella no hablaba bien, pero sus gestos hablaban por ella. Dio un paso hacia él y, por primera vez, no hubo armas ni caballos de por medio. Solo dos personas reconociéndose en la batalla.
—Me salvaste, Máximo —dijo ella. El uso de su nombre, sin burlas ni títulos, sonó como una caricia—. No solo las cuentas. Salvaste mi honor frente a mis hombres.
—Tú me salvaste de los perros y de morir en un surco —respondió él, con un tono suave—. Supongo que ahora estamos a mano.
Catrina extendió una mano y rozó el brazo de la chaqueta de Máximo. —Tu mundo de "niño rico" resultó tener colmillos después de todo.
—Solo los uso cuando algo vale la pena defender —replicó él, sosteniéndole la mirada.
En ese momento, bajo la luz dorada del atardecer, la brecha entre ellos se cerró un poco más. Máximo había demostrado que su armadura no era solo de cristal, sino de acero forjado en la ciudad. Y Catrina, por primera vez, permitió que alguien más compartiera el peso de su corona de espinas. La guerra contra Elías continuaba, pero ahora, la Jefa tenía un Caballero que sabía pelear tanto con el látigo como con la pluma. La alianza ya no era solo un pacto de sangre; era un engranaje perfecto donde la fuerza de ella y la inteligencia de él empezaban a formar algo invencible.