Miriam Bloomson debía ser la protagonista de la historia.
Pero cuando el destino cambió y el futuro que recordaba desapareció, comprendió que ya no tenía un lugar en la trama.
Así que tomó una decisión:
desaparecer junto con ella.
Sin embargo, fingir su muerte fue mucho más fácil que escapar de las consecuencias.
La historia que conocí desapareció… así que decidí desaparecer con ella.
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Dinero peligroso
Perspectiva de Lina (primera persona)
A la mañana siguiente de la partida de Leonhart, me encontraba revisando inventarios en la tienda.
O al menos intentándolo.
Porque mi concentración era sorprendentemente mala.
Cada cierto tiempo terminaba mirando la puerta.
Y cada vez recordaba que él no aparecería durante varios días.
Lo cual era perfectamente normal.
Y completamente irrelevante.
—Estás distraída.
Levanté la vista.
Aria estaba apoyada sobre el mostrador.
—Estoy trabajando.
—Llevas cinco minutos mirando la misma hoja.
Miré la hoja.
Era cierto.
Decidí ignorarla.
—¿Necesitas algo?
—Sí.
—¿Qué?
—Sacarte de aquí.
—No.
—Sí.
—Aria.
—Lina.
Suspiré.
Aquella mujer era imposible.
—No tengo tiempo.
—Mentira.
—Tengo trabajo.
—Daniel está atendiendo clientes.
Daniel levantó la mano desde el otro extremo de la tienda.
—Estoy bien.
Traidora asistencia involuntaria.
Aria sonrió.
—¿Ves?
—Sigo teniendo cosas que hacer.
—Entonces terminemos rápido.
—¿Terminemos qué?
—Las compras.
Parpadeé.
—¿Qué compras?
—Las tuyas.
La observé unos segundos.
Luego cerré el libro de cuentas.
—Bien.
Aria pareció sorprendida.
—¿Eso fue demasiado fácil?
—Probablemente.
---
Una hora después caminábamos por el distrito comercial.
Y entonces ocurrió algo que Aria claramente no esperaba.
—Llévame a las mejores tiendas.
Dije.
—¿Las mejores?
—Las mejores.
—Pensé que no te interesaba la ropa.
—No he tenido tiempo para comprar ropa.
Son cosas distintas.
Aria me observó con sospecha.
—Eso sonó muy específico.
Sonreí.
Si algo había conservado de mi vida anterior, era el buen gusto.
Había crecido rodeada de lujos.
Vestidos de diseñador.
Joyas.
Eventos elegantes.
Personas que gastaban fortunas absurdas en una sola prenda.
No era algo de lo que hablara mucho.
Pero reconocer calidad seguía siendo fácil.
Muy fácil.
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La primera tienda era considerada exclusiva.
La segunda también.
La tercera supuestamente era la mejor de toda la ciudad.
Entré.
Observé el lugar durante diez segundos.
Y señalé tres vestidos.
—Ese.
Ese también.
Y aquel del fondo.
La dependienta pestañeó.
—¿Desea probárselos?
—No es necesario.
—¿Está segura?
—Completamente.
Aria me observó.
—¿Cómo sabes que te quedarán bien?
—Porque el corte está pensado para una figura similar a la mía.
Silencio.
—¿Qué?
Pregunté.
—A veces olvido que eres extraña.
—Gracias.
—No era un cumplido.
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Dos horas después el problema cambió.
Porque ya no era Aria quien quería comprar.
Era yo.
—Ese también.
—Lina.
—Y ese.
—Lina.
—Y el conjunto azul.
—Lina.
—¿Qué?
Aria señaló la montaña de cajas.
—Creo que acabas de vaciar media tienda.
Miré las cajas.
—Aún queda espacio.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Más tarde encontramos una tienda especializada en ropa femenina adaptada para caballeras.
Prendas elegantes.
Prácticas.
Cómodas para combatir.
Y extremadamente caras.
—Oh.
Murmuré.
—Esa expresión me asusta.
Dijo Aria.
Demasiado tarde.
Ya estaba observando los diseños.
—Necesito esto.
—No necesitas eso.
—Lo necesito.
—¿Para qué?
—No lo sé todavía.
—Eso no es una respuesta.
—Pero podría necesitarlo en el futuro.
Aria se cubrió el rostro.
—Eres peligrosa cuando tienes dinero.
No pude discutirlo.
Porque probablemente era verdad.
---
Cuando finalmente regresamos a la tienda, Daniel abrió la puerta y observó la cantidad absurda de paquetes.
Luego nos observó a nosotras.
Después volvió a mirar los paquetes.
—¿Fueron atacadas?
—No.
Respondió Aria.
—Compraron ropa.
Daniel guardó silencio.
—Creo que prefería la primera opción.
Yo simplemente sonreí.
Después de todo, habían pasado años desde la última vez que había podido disfrutar de una tarde así.
Y aunque jamás lo admitiría delante de Aria...
El verdadero problema comenzó cuando subimos arriba para guardar mis compras.
No durante las compras.
No cuando pagué.
Ni siquiera cuando Aria insistió en añadir "solo una cosa más" cinco veces seguidas.
No.
El problema apareció cuando vi todas las cajas acumuladas en mi habitación.
Y comprendí una aterradora verdad.
Tenía que organizarlas.
—Oh.
Murmuré.
—¿Qué sucede?
Preguntó Aria.
Se encontraba sentada tranquilamente en una silla.
Comiendo galletas.
Sin la menor intención de ayudar.
—Hay demasiadas cosas.
—Eso suele pasar cuando compras media ciudad.
—No compré media ciudad.
—Tres tiendas cerraron inventario después de verte salir.
—Exagerada.
—Una dependienta te llamó "su mejor clienta del año".
—Eso no prueba nada.
Aria sonrió.
Yo decidí ignorarla.
Por mi propia salud mental.
Abrí la primera caja.
Vestidos.
Abrí la segunda.
Más vestidos.
Abrí la tercera.
Aún más vestidos.
—¿Por qué compré tantos?
—Porque estabas feliz.
—Eso es peligroso.
—Lo descubrí hace horas.
Suspiré.
Luego observé mi armario.
Y me di cuenta de otro problema.
No cabía nada.
Absolutamente nada.
—Necesito otro armario.
—Necesitas tres.
—No ayudas.
—Nunca dije que lo haría.
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Durante la siguiente hora me dediqué a clasificar todo.
Ropa de trabajo.
Ropa elegante.
Vestidos.
Capas.
Botas.
Accesorios.
Ropa de montar.
Ropa para eventos formales.
Incluso encontré un conjunto que no recordaba haber comprado.
—Aria.
—¿Sí?
—¿Por qué tengo esto?
Le mostré una prenda negra elegante.
Ella sonrió.
—Porque dijiste que no la querías.
—¿Y?
—Eso significa que obviamente la querías.
—Esa lógica debería ser ilegal.
—Y sin embargo funciona.
Al final terminé utilizando magia.
Era más sencillo.
Pequeñas luces doradas comenzaron a moverse por la habitación.
Las prendas flotaron suavemente.
Se doblaron solas.
Se acomodaron en cajones.
Y ocuparon su lugar correspondiente.
Aria observó la escena.
—Eso es hacer trampa.
—Eso es ser eficiente.
—Ahora entiendo por qué tu tienda siempre está tan ordenada.
—La magia resuelve muchos problemas.
—Excepto tu adicción reciente a comprar ropa.
La miré.
Ella sonrió.
Yo le lancé una almohada.
La esquivó.
Lamentablemente.
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Cuando todo terminó, me dejé caer sobre la cama.
Agotada.
Pero satisfecha.
La habitación estaba perfectamente organizada.
Las nuevas prendas ocupaban su lugar.
El peluche que Leonhart me había regalado seguía sobre la almohada.
Y la rosa descansaba en su jarrón junto a la ventana.
Intacta.
Eterna.
Mi mirada se detuvo unos segundos en ella.
Luego sonreí.
—¿En qué piensas?
Preguntó Aria.
—En nada.
—Mentira.
—¿Por qué todos me llaman mentirosa últimamente?
—Porque eres terrible ocultando cosas.
Me cubrí el rostro con una mano.
—Necesito mejores amigos.
—No.
Respondió Aria inmediatamente.
—Necesitas amigos que sean honestos.
Y, para mi desgracia...
probablemente tenía razón.
había sido increíblemente divertida.
pinta interesante 🤭🥰🤭🤣