Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 22 — La carnada
A las once y cuarenta del mediodía del lunes, Mei tocó la puerta de la oficina del segundo piso.
—Vale.
—Pasa.
Mei entró. Cerró la puerta detrás de ella. Se quedó parada al lado de la silla del invitado, sin sentarse.
—Falta poco para la llamada.
—Lo sé. Siéntate.
Mei se sentó.
Lían tenía sobre el escritorio una hoja escrita a mano la noche anterior. Tres párrafos. Bien medidos. Las palabras exactas que Mei iba a decirle a Renata por teléfono al mediodía. Era el primer guion oficial. La primera entrega del nuevo trato.
—Lee.
Mei tomó la hoja. Leyó en silencio.
A los treinta segundos levantó la cara.
—¿Vale?
—¿Sí?
—¿Esto es verdad?
—No.
Pausa.
—¿Renata se lo va a creer?
—Esa es la pregunta correcta, Mei. Concéntrate en eso. No me preguntes si es verdad. Pregúntate si Renata se lo va a creer.
Mei volvió a leer la hoja. Más despacio esta vez. Después asintió.
—Sí. Sí se lo va a creer.
—¿Por qué?
—Porque hace un mes le pasé que estabas durmiendo mal. Hace tres semanas, que habías llamado dos veces a un contador. Hace dos semanas, que habías pedido una valoración del Lotus. Esta carnada cierra esa serie. Es coherente con lo que ya le mandé.
Lían asintió.
—Bien. Estás aprendiendo.
—Aprendo rápido cuando me sirve.
—Eso me sirve.
Lían le tomó la hoja de vuelta. La repasó una última vez. Tres puntos clave estaban ahí:
Uno. Valentina se va del país en dos meses. Tiene los pasajes comprados desde la semana pasada. Lo descubrí porque dejó el correo del banco abierto.
Dos. Está vendiendo el Lotus. Tiene tres reuniones la próxima semana con compradores. Una con una empresa española, una con dos hermanos del sur, y una con un hombre cuyo nombre no escuché pero sé que es nuevo en el negocio.
Tres. Está nerviosa. La oí llorar dos veces esta semana cuando creía que no había nadie. Está rota. Lo que sea que le hicieron la última vez la dejó así.
Lían le devolvió la hoja a Mei.
—Memorízalo y rómpelo.
—¿Lo rompo?
—Lo rompes. Si alguna vez te encuentran este papel y descubren que fue dictado, ese día empieza una guerra que no quieres pelear. La regla número uno de un doble agente, Mei, es no dejar papel.
—Sí.
—Quemalo en el cenicero del bar. Que las cenizas las vea Sofía. Después tira el cenicero.
—Sí.
—Y, Mei.
—¿Sí?
—Cuando hables con Renata, no improvises. Ni una palabra. Lo que está en la hoja, eso es lo que dices. Si te pregunta algo que no está cubierto, dile no estoy segura, voy a confirmar. Y cortas. No le des material extra.
—Bien.
Mei se levantó. Caminó hasta la puerta.
—Vale.
—¿Qué?
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
Mei salió.
Lían se quedó mirando la puerta cerrada un momento. Después abrió el cajón superior del escritorio, sacó otra hoja en blanco y empezó a redactar la entrega de la semana siguiente.
Pasó del juego defensivo al juego ofensivo en menos de dos horas.
Era lo que llevaba seis meses esperando.
La llamada entró al teléfono del Lotus a las doce y dieciocho.
Mei la atendió en la oficina de Sofía, donde estaba el aparato fijo principal. Lían escuchaba por el segundo auricular desde la oficina del segundo piso, sin respirar.
—Lotus.
—Mei.
—Señora.
—Tengo dos minutos.
—Bien, señora. Le anoto rápido lo de esta semana.
—Anota.
Mei recitó el guion. Las palabras salieron como Lían las había escrito. La voz de Mei sonaba cansada, lo cual ayudaba —ayudaba a que la mentira pareciera la confesión de una mujer agobiada con noticias difíciles—.
Renata escuchó en silencio.
Cuando Mei terminó, Renata tardó cinco segundos en contestar.
—Mei.
—¿Sí, señora?
—¿Estás segura de que vio el correo del banco?
—Lo vi yo con mis propios ojos, señora. Estaba abierto en la pantalla. Después se fue al baño y yo me acerqué.
—¿Y los pasajes?
—Comprados. La semana pasada. Dos pasajes. Uno a su nombre. Otro a nombre de Sofía Vargas.
Lían se mordió la mejilla por dentro. Detalle nuevo que había agregado sobre la marcha la noche anterior. Sofía no sabía que iba en el guion. Pero le agregaba peso a la mentira. Una mujer que se lleva a su mano derecha no se va por un viaje corto.
Renata se quedó otro segundo.
—¿Las reuniones con compradores?
—Tres. La de la empresa española es el martes que viene. Las otras dos durante esa misma semana.
—¿Tienes nombres?
—La empresa española se llama Grupo Acuña. Los hermanos del sur son los Bellini. El tercero, el nuevo en el negocio, no sé el nombre.
—Bien.
—Señora.
—¿Sí?
—¿Algo más?
—Una cosa. Mei, escúchame con cuidado.
—Sí, señora.
—No quiero que Valentina sospeche nada. Sigue trabajando normal. No le pidas días libres. No le hagas preguntas que llamen la atención. La queremos sorprendida cuando llegue el momento.
—¿Cuál momento, señora?
Pausa.
—El momento en que descubra que el comprador nuevo soy yo.
Lían, en el otro auricular, se quedó muy quieta.
—¿La señora va a comprar el Lotus?
—Lo voy a comprar, Mei. Pero no para abrirlo. Lo compro para cerrarlo y para hacer arder el edificio en una buena fiesta privada cuando Valentina ya esté del otro lado del océano sin posibilidad de volver. Que llore desde donde sea que viva.
Silencio.
—Sí, señora.
—Y Mei.
—Sí.
—La próxima entrega quiero detalles. Quiero documentación. Quiero papeles. Si me das el nombre del tercer comprador antes de la subasta del sábado, te transfiero un extra. Bonificación.
—Sí, señora.
—Bien. Cuelga.
Renata cortó.
Mei dejó el auricular. Subió a la oficina de Lían. Entró sin tocar.
—¿Lo escuchaste?
—Lo escuché.
Mei se sentó. Tenía las manos sudadas.
—Vale, va a quemar el Lotus.
—No va a quemar nada, Mei. Va a comprar una ilusión, va a planear quemar una ilusión, y antes de que la queme, Renata Alarcón va a estar en otro lugar que no es libre.
—¿Dónde?
—Eso, todavía, no lo sé. Pero te aseguro que no en su mansión.
Mei la miró un momento largo. Después soltó una sonrisa pequeña, cansada.
—Vale.
—¿Qué?
—Me alegra estar de tu lado.
—A mí también, Mei. A mí también.
Después de que Mei se fuera, Lían se quedó sola.
Caminó hasta el balcón del segundo piso. Abrió la ventana. Encendió un cigarrillo —una costumbre del cuerpo de Valentina que Lían había heredado sin pedir y que no había logrado quitarse del todo, porque el cuerpo lo pedía cuando estaba tenso—. Fumó dos pitadas. Lo apagó. Lo tiró al cenicero del balcón.
Pensó.
Renata acababa de cambiar el plan. Eso era bueno. Una enemiga que cambia el plan tiene que recalcular. Una enemiga que recalcula tiene que esperar. Una enemiga que espera, no ataca.
Renata no iba a matarla esta semana.
No iba a matarla la próxima.
Iba a esperar dos meses, hasta verla "subir al avión", para entonces firmar la compra del Lotus en una venta forzada de último minuto y celebrar la victoria.
Dos meses.
Dos meses era un océano de tiempo.
Dos meses era la subasta del sábado, el rescate de la próxima chica, el segundo intento con Camila, la organización del primer golpe estructural contra la red. Dos meses era todo lo que Lían necesitaba para preparar la jugada que estaba pensando desde la primera vez que vio a Renata en una boutique.
Lían respiró el aire frío del balcón.
Mil años atrás, cuando un general superior decía no ataques este mes, los hombres bajaban la guardia y morían. Lían recordaba a tres oficiales de su corte que se habían dejado matar en una emboscada justamente porque el enemigo había dicho este mes no peleamos.
Renata acababa de decir este mes no peleamos.
Lían iba a hacer lo contrario de lo que harían esos tres oficiales.
Iba a usar los dos meses.
—Bien, querida —dijo en voz baja, al balcón—. Te di la carnada. Mordiste. Ahora veamos cuánto te dura la satisfacción.
Cerró la ventana.
Volvió a sentarse al escritorio.
El teléfono personal vibraba sobre la mesa. Lo había dejado boca abajo después del desayuno. No había mirado los mensajes desde entonces.
Lo agarró.
Lo levantó.
Doce mensajes.
Cinco de Marcelo —tres con cifras nuevas para el próximo baile, dos solo con la frase Lían Hua repetida en mayúsculas—. Dos de Andrés, operativos. Tres de Sofía sobre las cuentas de la semana. Uno de un proveedor de bebidas.
Y uno de Dante.
¿Habló con la Dama? Espero su respuesta.
Lían lo miró.
Por dentro, todo lo que había logrado controlar durante el día —la cena de la noche anterior, la confesión de Mei, la carnada a Renata, el cigarrillo del balcón— se le subió a la garganta de un solo golpe.
Dante.
Querías cenar conmigo sin saber que era yo.
Y yo te dije que sí sin decirte que sí.
Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
Tecleó.
Aún no decide. Le doy su respuesta esta semana.
Apretó enviar.
Cerró el teléfono. Lo dejó boca abajo otra vez.
Dante leyó el mensaje en su oficina del piso treinta tres minutos después. Estaba revisando contratos. Vio la pantalla iluminarse. La leyó.
Tres palabras secas. Esto no era la voz cordial de Valentina la dueña. Esto era el corte de una mujer molesta.
Dante se quedó mirando el teléfono unos segundos. Después lo dejó sobre la mesa, sin contestar.
Por dentro pensó algo que no esperaba pensar.
Valentina, ¿estás molesta? ¿Por qué?
No tenía la respuesta. Volvió al contrato.
Pero por el resto de la tarde, mientras firmaba documentos, mientras hablaba con su director financiero, mientras tomaba un café con su asistente, Dante pensó en esas tres palabras.
Aún no decide.
Aún.
No.
Decide.
Lían, en la oficina del segundo piso del Lotus, miró la pared. Y por dentro, en voz baja, le habló a la mujer del espejo del archivero. Vieja. Lo dejaste esperando. Bien. Que aprenda a esperar él también. Pero las manos le temblaban un poco al doblar la siguiente hoja.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺