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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Don Rafael enfermo Cap 24

Habían pasado semanas desde que dejé el trabajo de picar verduras. Mis manos empezaban a sanar. Las ojeras seguían, pero menos profundas. La computadora nueva funcionaba sin ruidos, sin parpadeos, sin ventiladores que rugieran. La vida, por primera vez en mucho tiempo, parecía tomar un ritmo más amable.

Entonces don Rafael enfermó.

Fue mi madre quien lo notó primero. Un martes por la mañana, ella salió a barrer la vereda —como hacía cada día, siguiendo el ritual silencioso que don Rafael le había enseñado— y vio que la puerta de su casa estaba entornada. Eso no era normal. Don Rafael siempre cerraba con llave, incluso para ir a la esquina.

—¿Don Rafael? —llamó mi madre, asomándose.

No respondió.

Entró. Lo encontró sentado en la cocina, con la cabeza apoyada sobre la mesa, la taza de café frío a un lado, los brazos caídos como si no tuvieran fuerzas para nada.

—¡Don Rafael! —gritó mi madre.

Él levantó la cabeza con esfuerzo. Tenía los ojos amarillos. La piel, gris.

—Me duele todo —dijo, con la voz quebrada—. No me puedo levantar.

Mi madre salió corriendo a llamarme. Yo estaba frente a la computadora, repasando apuntes de literatura del siglo XIX. Me levanté de un salto.

—¿Qué pasa, mamá?

—Don Rafael. Está muy mal. Necesitamos llevarlo al hospital.

No teníamos auto. Tampoco plata para una ambulancia. Pero teníamos a los vecinos. La señora de la farmacia llamó a su hijo, que tenía un coche viejo pero andaba. Entre todos lo subimos. Don Rafael pesaba poco, mucho menos que la última vez que lo habíamos ayudado. Había adelgazado sin que nadie lo notara.

—¿Cuánto hace que no come bien? —preguntó mi madre, mientras lo acomodaba en el asiento trasero.

Él no respondió. Cerró los ojos.

En el hospital, la espera fue eterna. Las sillas de plástico eran duras. El olor a alcohol y medicamentos me recordaba los últimos días de mi abuela. Mi madre se mordía las uñas, algo que no hacía desde niña, según me había contado.

—Va a estar bien —dije, más para convencerme que para convencerla.

—No lo sabemos.

Después de tres horas, un médico nos llamó.

—¿Familiares de Rafael?

—Vecinas —dijo mi madre—. Somos sus vecinas. No tiene familia.

El médico nos miró con extrañeza, pero no preguntó más.

—Tiene una infección grave. Neumonía. Y desnutrición. Llevaba semanas sin comer bien. ¿Ustedes no lo notaron?

Nos quedamos en silencio. Mi madre bajó la cabeza. Yo sentí un nudo en la garganta.

—No, no lo notamos —respondí, con la voz rota—. Estábamos muy ocupadas con... con otras cosas.

No era excusa. Don Rafael nos había dado una computadora cuando no teníamos nada. Nos había ayudado a mudarnos cuando doña Amparo nos quiso echar. Nos había regalado su silencio y su compañía. Y nosotras no nos habíamos dado cuenta de que se estaba muriendo de a poco.

—Va a quedar internado —dijo el médico—. Unos días. Después necesita cuidados en casa. Alguien que le prepare comida, que le recuerde tomar los remedios.

—Nosotras —dije, sin dudar—. Nosotras lo vamos a cuidar.

Mi madre me miró. Asintió.

Durante los días que don Rafael estuvo internado, lo visitamos todos los días. Mi madre llevaba torta de vainilla, aunque los médicos no lo dejaban comer cosas dulces. Él la miraba desde la cama, con una sonrisa débil.

—No me dejan comer eso —decía.

—Entonces se la come cuando salga —respondía mi madre.

Yo le llevaba libros. No sabía si le gustaba leer. Nunca le había preguntado. Le llevé Cien años de soledad, el mismo que me había prestado el profesor Ricardo.

—¿Le gusta García Márquez? —pregunté.

—Ni sé quién es —dijo, con una risa que terminó en tos—. Pero le voy a echar un ojo.

Cuando salió del hospital, se vino a vivir con nosotras. No para siempre, dijimos. Solo hasta que se recuperara. Pero en el barrio, las cosas temporales a veces se vuelven permanentes.

Don Rafael ocupó la habitación que había sido de mi abuela. Al principio se negaba. Decía que no quería molestar. Mi madre le respondió:

—Usted nos dio una computadora cuando no teníamos nada. Ahora nosotras le damos un plato de comida. No es caridad. Es familia.

Él no dijo nada. Pero esa noche, mientras cenábamos torta de vainilla los tres en el comedor, lo vi secarse los ojos con el dorso de la mano.

Con don Rafael en casa, mi rutina cambió. Ya no tenía que cuidar a mi abuela, pero ahora tenía que cuidar a otro ser querido. Le preparaba la comida, le recordaba los remedios, lo acompañaba a caminar por la vereda para que no perdiera fuerza en las piernas.

—Eres como mi nieta —me dijo una vez, mientras caminábamos lentamente bajo el sol de la tarde.

—Usted es como mi abuelo —respondí.

No hablamos más. No hacía falta.

Una noche, mientras él dormía y mi madre amasaba, me senté frente a la computadora nueva. Abrí un documento en blanco. Escribí:

"Este año aprendí que la familia no es solo la sangre. Es la gente que se queda cuando todo se derrumba."

No era para un trabajo de la facultad. Era para mí. Para recordar.

Don Rafael se recuperó lentamente. Volvió a su casa después de dos meses, pero venía a comer con nosotras todos los días. Mi madre le guardaba siempre un lugar en la mesa. La computadora vieja, la que él nos había regalado, seguía en el placard. Un día se la mostré.

—¿Todavía la tienes? —preguntó, sorprendido.

—Nunca la voy a tirar.

—Hace ruido.

—Como usted —dije, riéndome.

—Soy viejo. Los viejos hacemos ruido.

Nos reímos los dos. Afuera, el sol se escondía. Adentro, el olor a torta de vainilla llenaba la casa. Y yo, Sofía Ramírez, supe que no estaba sola. Nunca lo había estado.

 

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