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La Mujer Que Fingió Morir Y Regresó Irreconocible

La Mujer Que Fingió Morir Y Regresó Irreconocible

Status: Terminada
Genre:CEO / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:80
Nilai: 5
nombre de autor: Eva Belmont

Isadora Valença creía vivir un matrimonio perfecto… hasta descubrir que su marido la engañaba con su mejor amiga.

Poco tiempo después, un accidente la hace desaparecer.
Para todos, Isadora murió.

Años más tarde, regresa como Lívia Montenegro, una mujer fría, poderosa e irreconocible. Con una nueva identidad y un imperio en sus manos, su único objetivo es ajustar cuentas con el pasado.

El destino la pone nuevamente frente a frente con Adriano Bastos, el hombre que la destruyó. Arrepentido y marcado por la culpa, se enamora de Lívia… sin saber que ella es la esposa que cree haber perdido para siempre.

Entre venganza, deseo y sentimientos sin resolver, Isadora debe decidir:
¿revelar la verdad… o hacerlo pagar hasta el final?

Una historia de renacimiento, poder femenino y venganza emocional.

NovelToon tiene autorización de Eva Belmont para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Adriano Bastos tomó la decisión equivocada exactamente porque creía estar haciendo la correcta.

Él no pensó en estrategia. No pensó en consecuencias. Pensó solo en la urgencia que le apretaba el pecho desde la noche en que Lívia lo miró como quien observa algo que ya pertenece al pasado. Por primera vez, él no quería vencer, ni convencer, quería no perder.

Y eso lo tornó peligroso.

El gesto comenzó con flores.

No cualquier flor. Lirios blancos.

Cuando el arreglo llegó al apartamento de Lívia, ella supo inmediatamente lo que significaba. Isadora siempre había gustado de lirios. No por la estética, sino por el simbolismo silencioso. Pureza. Recomienzo. Algo que crece incluso después de enterrado.

Lívia observó las flores por largos segundos antes de pedir que fueran retiradas.

—Él no entendió nada —murmuró.

Pero Adriano no paró allí.

En aquella misma noche, él apareció nuevamente.

Sin avisar.

Sin invitación.

Sin pedir permiso.

Cuando Lívia abrió la puerta y lo encontró allí, de traje oscuro, expresión tensa y ojos que mezclaban culpa y esperanza, supo que aquel encuentro sería decisivo, no para el fin, sino para la ruptura final entre expectativa y realidad.

—Yo necesitaba verte —él dijo.

—Yo no dije que quería —ella respondió, sin dureza, pero sin acogimiento.

Aun así, dio paso.

Adriano entró como quien pisa en terreno sagrado sin saber si tiene el derecho. Miraba alrededor como si buscara vestigios de Isadora allí dentro. Pero todo era Lívia demasiado. Controlado demasiado. Silencioso demasiado.

—Yo pensé mucho —él comenzó, caminando lentamente por la sala—. Sobre nosotros. Sobre todo.

—Nosotros no existimos —Lívia dijo, con calma.

—Existimos —él insistió—. Tal vez no del modo que yo merezca… pero del modo que aún puede ser salvado.

Ella cruzó los brazos.

—¿Viniste a pedir perdón o permiso? —preguntó.

Adriano vaciló.

—Yo vine a pedir… una oportunidad.

Allí estaba.

El gesto desesperado.

—¿Una oportunidad para qué? —Lívia cuestionó—. ¿Para sentirse menos culpable? ¿Para probar que cambió? ¿O para reescribir la historia donde tú no eres el villano?

Él respiró hondo, como si estuviera preparándose para una inmersión.

—Para intentar amar a usted del modo correcto —dijo—. Ahora.

Lívia sintió algo moverse dentro de sí.

No amor.

No rabia.

Cansancio.

—Ahora —ella repitió—. Después que yo morí.

La frase pairó en el aire, pesada.

Adriano se aproximó un paso.

—Usted volvió —dijo—. Eso significa que alguna cosa aún le trajo de vuelta para cerca de mí.

—Me trajo para cerca de la verdad —ella corrigió—. No de usted.

—¿Usted cree que yo no veo? —él insistió—. Usted aún se importa. Aún me escucha. Aún se queda.

Lívia caminó hasta la ventana, respirando hondo antes de responder.

—Yo me quedo porque necesito cerrar puertas por dentro —dijo—. No porque quiero reabrirlas.

Adriano sintió el desespero crecer.

—Entonces dígame lo que usted quiere —pidió—. Lo que yo necesito hacer para que usted me vea de nuevo.

Ella se viró lentamente.

—Usted quiere ser visto —dijo—. Yo pasé años invisible a su lado. Ahora es su vez de sentir eso.

Él tragó en seco.

—Yo la amé —dijo, como último recurso.

Lívia lo encaró.

—Usted me quiso —respondió—. Amor no divide lecho, no silencia dolor, no escoge lo más fácil.

Adriano dio un paso atrás, alcanzado.

—Yo haría diferente —murmuró—. Si tuviera otra oportunidad.

—Usted tuvo millares —ella respondió—. Todos los días en que yo aún estaba viva.

El silencio que se siguió fue denso demasiado para ser quebrado con disculpas.

—Yo sé que usted aún no se reveló —Adriano dijo, cambiando de tono—. Pero cuando haga… yo voy a estar allá. A su lado.

Lívia sintió un escalofrío, no de miedo, sino de claridad.

—No —dijo—. Usted no estará.

—¿Por qué? —él preguntó, la voz fallando—. ¿Porque usted quiere me castigar?

Ella se aproximó de él lentamente.

—Porque esa revelación no es sobre usted —dijo—. Es sobre mí.

Adriano la encaró, derrotado.

—¿Cuándo usted va a contar? —preguntó.

Lívia no respondió de inmediato.

Pensó en Isadora.

Pensó en la mujer que creía que el amor bastaba.

Pensó en la Lívia que había aprendido que sobrevivir también es un acto de coraje.

—Cuando yo no sienta más voluntad de que usted me entienda —respondió—. Cuando la verdad no fuera un pedido… sino apenas un hecho.

Él asintió lentamente.

—Entonces aún no acabó —dijo, intentando agarrarse a algo.

Lívia sostuvo la mirada de él.

—No —respondió—. Aún no.

Pero no como usted espera.

Ella abrió la puerta.

Adriano vaciló antes de salir.

—Si yo aún la amo… —comenzó.

—Eso no muda lo que yo siento —ella interrumpió—. Y no muda lo que yo no siento más.

Él se fue con el peso de quien finalmente comprendió que el amor que llega tarde demasiado no salva nadie.

Sola, Lívia encostó la testa en la puerta por algunos segundos.

El corazón batía fuerte.

No por él.

Sino por la Isadora que finalmente estaba siendo oída dentro de ella.

—Aún no —susurró—. Aún no es hora.

Ella sabía: el drama aún no había alcanzado el ápice.

Aún había revelaciones.

Aún había consecuencias.

Aún había un pasado entero que necesitaba ser encarado, públicamente.

Y cuando el nombre Isadora Valença volviera a existir…

No sería como víctima.

Ni como esposa.

Sino como la mujer que sobrevivió.

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