"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 14
«Cita desastrosa»
―¡Julieta, llegó tu Romeo! ―Le dice Florecita al ver por la ventana a Eduardo bajarse de su auto. Julieta hace una mueca de desagrado y le contesta.
―Qué Romeo ni qué nada. Acepté la invitación casi obligada. Es mi socio y no me pareció pertinente rechazarlo. Aunque ya me estoy arrepintiendo de no haberlo hecho. ―Julieta le hace ver a Florecita el motivo por el cual aceptó salir con él.
―Ay, mi Juli. Ya es hora de que te des una oportunidad; deja tu pesimismo a un lado. Y deja de pensar que estás maldita; no quiero volver a escuchar esa palabra. ―Florecita le decía, ella cargaba el mismo drama que Julieta, pero esta solo despidió dos maridos y quedó con dos hijos de cada uno. Ahora está feliz con un novio que aún no le presenta a Julieta. ―Aunque viéndolo bien no es tan guapo, está flaco y desgarbado. Parece policía de barrio. Jajaja.
Este comentario de Florecita también hizo reír a Julieta.
―Ay, florecita, eres terrible. Luego hablamos; ya quiero salir de esto y que el tiempo pase rápido. —Julieta tomó su bolso y salió a la sala de recepción, donde ya la estaba esperando Eduardo.
Eduardo observaba las fotos del lobby. Eran imágenes de las actividades que realiza la fundación: talleres de manualidades, graduaciones de viudas becadas, casas construidas, hogares formados.
Recordó que su equipo investiga si esas actividades sirven para lavar el dinero ilícito de los negocios del bajo mundo de su segundo esposo difunto, Dante, negocios que ahora maneja su hermano.
Lo que Eduardo y su equipo no saben es que Julieta no ha cruzado palabra con él desde que Dante fue asesinado y se leyó el testamento. Una de las cláusulas exigía que dejaran a Julieta en paz y no la involucraran con su bajo mundo. Fue así como Julieta se enteró de que Dante pertenecía a la mafia.
―Señor Rossi, disculpe la demora. Me estaba despidiendo de los niños. ¿Nos vamos? ―Julieta esta presurosa, pues desea que pase el tiempo rápido y que termine esa cita, para regresar a su refugio, a su apartamento.
―Tranquila, Julieta, yo la espero todo el tiempo que necesite. Y ya no me diga señor Rossi, dime solo Eduard. ―Dicho esto, le ofrece su brazo, el cual ella ignora tajantemente, sale delante de él hasta su auto y espera a que él le abra la puerta.
De verdad que Julieta se sintió incómoda con ese gesto; ella no le ha dado la suficiente confianza para que se tome esas atribuciones.
«Maldita la hora en que acepté esa invitación, debí haberle dado alguna excusa», pensó Julieta.
El trayecto desde la fundación hasta el muelle fue muy incómodo; Eduardo era el que iniciaba la conversación y ella solo respondía con monosílabos.
*¿Hace mucho que tienes la fundación? *Si.
*Te gusta lo que haces. *Mucho.
*¿Vas a menudo a visitar a tu familia? *Si.
«Dios mío, esa mujer es tan exasperante», pensaba Eduardo, arrepintiéndose de haberle hecho esa invitación. No se iba a imaginar que si así era en el auto, cómo sería en el yate, donde el recorrido dura más de dos horas.
Dejaron el auto en un estacionamiento, y llegaron caminando hasta el puerto de Olivos; al final del muelle ya los esperaba el capitán del yate “La Belleza” listo para dar el recorrido a quien él piensa que es una pareja de enamorados.
Eduardo ayudó a Julieta a subir por la pasarela de embarque y el capitán le dio la bienvenida a bordo. Una vez allí, los guió hasta la cubierta superior, donde ya la mesa estaba lista para una cena romántica y el violinista empezó a tocar melodías de amor.
Julieta frenó en seco al ver esto. Ella no iba a permitir eso. Ese hombre lo que pretendía era enamorarla y ella no está para perder su tiempo. Eduardo es un hombre que aprecia, pero como socio y en una semana de apenas conocerlo, no va a pretender que él quiera que ella tenga un romance con él.
Eduardo notó la incomodidad de Julieta y empezó a sudar frío al reconocer que metió la pata bien metida.
―Señor Rossi, no sé qué es lo que pretende usted al hacerme esta invitación que desde un principio sentí que no debía aceptar, pero por cortesía y por respeto a usted no la rechacé. Así que si pretende hacer conmigo una velada romántica, está muy equivocado. Primero, yo no mezclo negocios con placer; esa es una lección que la vida me enseñó y, segundo, no estoy interesada en nada que tenga que ver con estas cosas. Así que me disculpa, pero me voy. —le dijo tajante.
El yate aún no había zarpado, así que Julieta dejó a Eduardo plantado en el lugar y le pidió al capitán que la ayudara a bajar. En ese momento Eduardo reaccionó y la tomó de la mano antes de ella bajar por la pasarela.
―Espera, Julieta. Perdóname, soy muy tonto para estas cosas. La verdad es que desde el primer momento en que te vi me gustaste y en estas dos semanas que hemos compartido, mi admiración por ti ha crecido. —Eduardo hablaba a lo tonto tratando de remediar la situación que él mismo propició.
―No, señor Rossi. ―Julieta le cortó su perorata. ―No se confunda. Yo jamás le he dado motivos para que piense así; mi trato ha sido el más correcto y profesional. Así que le recomiendo que se limite a su función de socio; de lo contrario, me veré en la obligación de disolver la sociedad. ―Y sin decir más, bajo por la pasarela al muelle, y una vez allí camino hasta la avenida y tomo un taxi.
Eduardo estaba en serios problemas. Van dos semanas y ni él, ni Betty han podido recopilar pruebas o algún indicio que conecte a Julieta con las muertes.
Frustrado y consciente de su incompetencia, cita a Betty en el café de siempre. Esta llega al lugar apurada; ya estaba en su cama luego de una larga jornada laboral; siendo la secretaria de presidencia, es un trabajo muy agotador.
―Jefe, ya llegué, ¿qué pasó? ―Betty le dice al llegar a la mesa donde él la espera impaciente.
―Que no pasó, Betty. Soy un fracaso, van dos semanas y no tengo nada. ¡Nada! —Eduardo casi lloriquea al contarle a su amiga su dilema. ―Estoy seguro de que el comisario me va a retirar de la investigación.
―Jefe, ¿y si estamos buscando en el lugar equivocado? Eduardo mira a Betty confundido. ―Sí, no me mires así. Nos enfocamos en Julieta Vera por la estigmatización de la sociedad, la acusación de los perjudicados en las muertes de sus difuntos esposos, que en medio de su dolor quisieron tener un culpable.
―Ay, Betty, dime quién más se ha beneficiado de esas muertes si no es ella. ―Eduardo continúa justificando su teoría.
―Sí, puede ser. ¿Pero y si no? Y, ¿si es solo una víctima de las circunstancias? ¿De la mala fortuna? ―Betty sentía que era así, pero su trabajo es buscar pruebas, ya sea para declararla culpable o para exonerarla de la culpa.
—Tendríamos que hacer la investigación de nuevo de las muertes una a una. De manera individual, desde el primer esposo hasta el último ―Propone Eduardo.
Así los dos tontos investigadores decidieron reabrir los archivos de cada esposo muerto.