Mei es una chica a la que le encantan las novelas de época antigua. La cuál reencarna en la novela, la flor negra; como la exesposa del villano. Ella creía saber el final de esa historia, pero se dará cuenta que no todo final está escrito.
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Capítulo 22: Una noche demasiado larga
No pude dormir.
Lo intenté.
De verdad lo intenté.
Pero cada vez que cerraba los ojos, terminaba recordando la misma escena.
—Buenas noches, Aurelia.
Abrí los ojos de golpe.
Otra vez.
Giré sobre la cama por tercera vez.
O cuarta.
Ya había perdido la cuenta.
Porque el problema no era que Damián hubiera dicho mi nombre.
El problema era que había sido la primera vez.
Y por alguna razón...
eso seguía repitiéndose dentro de mi cabeza.
Qué ridículo.
Me cubrí el rostro con una almohada.
Necesitaba dejar de pensar tanto.
Urgentemente.
Pero era difícil.
Especialmente después de todo lo ocurrido durante la cena.
Lyra.
Kael.
Los rumores.
La conversación sobre la antigua Aurelia.
Todo parecía haberse mezclado dentro de mi cabeza.
Y cuanto más pensaba en ello...
menos entendía lo que estaba ocurriendo.
Finalmente me rendí.
Me levanté de la cama y caminé hacia la ventana.
La mansión estaba en silencio.
Las luces de la mayoría de las habitaciones ya se habían apagado.
Era tarde.
Muy tarde.
Y aun así...
seguía despierta.
Suspiré.
Mala señal.
Porque normalmente eso significaba que estaba pensando demasiado.
Otra vez.
—Definitivamente necesito un hobby.
Murmuré para mí misma.
La noche estaba tranquila.
El jardín apenas era visible bajo la luz de la luna.
Y por un instante pensé que finalmente lograría despejar mi mente.
Hasta que vi una figura caminando abajo.
Me quedé inmóvil.
¿Quién era?
Fruncí ligeramente el ceño.
La persona avanzó por uno de los senderos de piedra.
Alto.
Vestido de oscuro.
Y entonces lo reconocí.
Damián.
...
¿Qué hacía despierto a estas horas?
La curiosidad apareció inmediatamente.
Lo cual era una pésima señal.
Porque la curiosidad casi siempre terminaba metiéndome en problemas.
Aun así...
seguí observando.
Damián caminaba lentamente por el jardín.
Sin escoltas.
Sin sirvientes.
Solo.
Como si estuviera intentando despejar la mente.
Exactamente igual que yo.
Aquello resultó extrañamente inesperado.
Porque era fácil olvidar que él también era una persona.
Con pensamientos.
Con preocupaciones.
Con cosas que ocultaba.
Durante unos segundos lo observé caminar cerca de la fuente central.
La misma donde habíamos hablado días atrás.
Y algo llamó mi atención.
Parecía cansado.
No físicamente.
Sino...
emocionalmente.
La sensación fue tan extraña que aparté inmediatamente la mirada.
No.
Definitivamente estaba empezando a observarlo demasiado.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Me alejé de la ventana.
Necesitaba dormir.
No analizar al duque a medianoche.
Volví a la cama.
Me acosté.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en toda la noche...
el sueño finalmente comenzó a llegar.
—
A la mañana siguiente, el desayuno fue sorprendentemente tranquilo.
Lo cual debería haberme hecho sospechar.
Porque en esta mansión, la tranquilidad rara vez duraba mucho.
—Duquesa.
Beatriz entró apresuradamente en el comedor.
Ah.
Ahí estaba el problema.
—¿Qué ocurrió?
La joven parecía nerviosa.
Demasiado nerviosa.
—Ha llegado una invitación.
Parpadeé.
—¿Solo eso?
—Es de la familia imperial.
...
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Beatriz colocó el elegante sobre sobre la mesa.
Y de repente ya no tenía hambre.
—Dime que es una broma.
—Me temo que no.
Observé el sello dorado.
El corazón comenzó a latirme más rápido.
Porque había algo que recordaba perfectamente de la historia original.
La familia imperial.
Y especialmente...
el príncipe heredero.
Uno de los personajes más importantes de toda la trama.
Uno que todavía no debería estar entrando en mi vida.
No tan pronto.
Lentamente abrí la invitación.
Y apenas terminé de leerla...
sentí que todos mis problemas acababan de multiplicarse.
Porque no era una simple invitación.
Era una orden de asistencia.
Y rechazarla no era una opción.
Absolutamente ninguna.
Por primera vez en toda la mañana...
tuve un muy mal presentimiento.
Y normalmente, cuando tenía un mal presentimiento...
terminaba teniendo razón.