En un mundo donde los dragones eligen a sus jinetes y los reinos se sostienen sobre alianzas forzadas. El amor es un lujo que nadie puede permitirse en tiempos de guerra. Elian Kovács siempre supo que su destino no le pertenecía al nacer enfermizo. Principe Omega del reino nórdico, y pieza clave en la guerra que se aproxima, su vida queda sellada cuando es prometido en matrimonio al heredero del poderoso Dominium Sárkányvér, un alfa al que jamás ha visto… y al que está destinado a obedecer como su futura esposa. Pelear en contra del clan del desierto. Pero ambos antes de rendirse al deber cometen un error. Lo que debía ser un escape sin consecuencias… Se convierte en un secreto imposible de ocultar. Porque semanas después, Elian descubre que lleva dentro algo más que culpa. Lleva un hijo concebido fuera del pacto. Una verdad que, de salir a la luz, podría significar la caída de su clan o su exterminio. Porque en un mundo donde el deber lo es todo. El amor puede ser la guerra más letal.
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Un secreto que no puede salir a la luz
Elian apenas podía mantenerse despierto sobre el lomo de Nieve.
El viento helado golpeaba su rostro mientras el enorme dragón blanco atravesaba el cielo gris del amanecer.
Cada movimiento le dolía como el mismísimo demonio.
La espalda.
Las piernas.
El vientre.
Especialmente el vientre.
—Nunca… vuelvo a tomar tanto whisky… —murmuró con voz débil.
Nieve soltó un gruñido bajo.
Claramente sin creerle.
Cuando finalmente divisaron el castillo nórdico entre la nieve, Elian sintió ganas de llorar de alivio.
Las enormes torres cubiertas de hielo comenzaban a llenarse de actividad.
Guardias en todos lados, hacían reverencia desde sus puestos. Todos conocían a ese dragón y a su jinete.
Sirvientes corrían de arriba para abajo para preparar el desayuno imperial.
Dragones despertando para entrenar.
—No… no… demasiada gente…
No podía caminar así frente a todos.
Ni explicar por qué olía tan intensamente a alfa.
Nieve descendió directamente hacia el establo dracónico.
Y apenas tocaron el suelo…
Elian vio algo tirado entre la paja.
A Soren.
Su amigo y gualdaespaldas estaba sentado en el suelo completamente ebrio.
Con dos botellas vacías alrededor.
Y su dragón Oscuro dormía detrás suyo ignorándolo descaradamente.
Soren levantó apenas la cabeza al escuchar pasos.
Sus ojos se abrieron al ver a Elian.
—¡¿Dónde demonios estabas?! —gruñó levantándose tambaleante—. Pensé que te habían secuestrado… o peor… No me caiste atrás, regresé y no te encontré.
Entonces notó la manera extraña en que caminaba el omega.
El cabello desordenado.
Las marcas apenas visibles bajo el cuello.
Y el fuerte aroma a alfa.
El silencio cayó brutalmente.
Los ojos de Soren se abrieron lentamente.
—…No.
Elian lo ignoró completamente.
No tenía fuerzas para discutir por lo que el había disfrutado en gran manera.
Con ayuda de Nieve volvió a subir al dragón blanco.
—Llévame al balcón de mi habitación, Nieve. No estoy de humor para hablar con traicioneros y abandona amigos.
Nieve obedeció de inmediato.
Soren se quedó abajo viendo cómo el dragón despegaba otra vez.
Pálido.
Horrorizado.
—…Oh por todos los dioses.
Minutos después…
Nieve aterrizaba cuidadosamente frente al enorme balcón privado del príncipe omega.
Elian casi cayó al bajar.
—Gracias…
El dragón rozó suavemente su cabeza contra él antes de irse.
Como asegurándose de que sobreviviría.
El omega entró a la habitación arrastrando los pies.
Cerró las cortinas.
Y fue directo al baño y se desnudó por completo.
El agua caliente cayó sobre su cuerpo haciéndolo estremecer de alivio.
Pero cuando bajó la mirada…
su respiración tembló.
Su vientre seguía ligeramente inflamado.
Sensible.
Marcado.
Y el recuerdo de la noche anterior volvió de golpe.
Las manos del alfa.
Su voz grave.
El calor.
El anudamiento.
Elian cerró los ojos con fuerza.
—No pienses en eso… Ya pasó. Solo fue un bonito sueño.
Se cambió rápidamente y se puso ropa gruesa para ocultar las marcas.
Después cerró la puerta principal de su habitación con seguro.
Dos guardias golpearon poco después.
—¿Príncipe Elian? ¿Saldrá hoy?
El omega respiró profundo intentando sonar normal.
—Acabo de llegar de entrenar… y bebí demasiado anoche. Nadie me moleste.
—Sí, alteza.
Y así… pasó dos días enteros encerrado.
La fiebre apareció esa misma noche.
Su cuerpo dolía horriblemente.
Y el calor no desaparecía.
Los médicos fueron llamados de inmediato cuando sus padres preguntaron por él y habían notificado que no había salido de la cama ni para comer.
Un anciano curandero revisó al omega mientras Elian intentaba no entrar en pánico. Sabía que sus síntomas no eran por su enfermedad.
—Su alteza siempre ha tenido un cuerpo delicado —dijo el médico finalmente—. El frío extremo y el agotamiento debieron afectarlo otra vez. Encima no come desde hace muchas horas. Una buena sopa de sangre de venado, hojas de linaza y calabaza. Carnes rojas y muchos zumos de frutas.
Los reyes suspiraron aliviados.
La reina acarició el cabello de su hijo con preocupación.
—Descansa. Debes recuperarte antes de la boda.
Elian sonrió débilmente.
—Estaré bien, madre.
Una enfermera quedó encargada de cuidarlo.
Aunque Elian apenas dejaba entrar a nadie.
Y al tercer día…
Soren finalmente apareció.
Los reyes prácticamente lo arrastraron hasta la habitación.
—¡Se supone que debes protegerlo! —gruñó el rey nórdico—. ¿Dónde estabas mientras el príncipe entrenaba y luego caía enfermo?
Soren bajó la cabeza.
—Lo siento, majestad…
Elian observó todo desde la cama en silencio.
Pálido.
Cubierto con mantas.
La reina suspiró cansada.
—Quédate con él un rato. Necesita compañía.
Cuando finalmente todos salieron… la puerta se cerró.
Y el silencio se volvió pesado.
Soren giró lentamente hacia la cama.
—Elian…
—Ni una palabra.
La voz del omega salió fría.
Soren apretó la mandíbula.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Elian levantó la mirada lentamente.
Y por primera vez… el su amigo notó miedo real en sus ojos.
—No puedes decir dónde estuvimos.
—¿Cómo quieres que ignore esto? ¡Olías completamente a un alfa y ahora estás enfermo por su culpa!
—¡Baja la voz!
Elian se incorporó apenas, haciendo una mueca de dolor.
—No pasó nada.
Soren lo miró incrédulo.
—¿Nada? Apenas podías caminar. Y veo que no puedes ni salir de la cama sin ayuda.
El omega desvió la mirada.
Y eso confirmó todo.
Soren pasó una mano por su rostro frustrado.
—Por todos los dioses… Elian… No puedo creer que te entregaste a otro sabiendo que te amo.
El príncipe respiró temblorosamente.
—Si alguien descubre lo que pasó… estaremos en problemas. Es mi vida. No vuelvas a decirme eso o te despido de tu cargo. Te lo digo como el principe.
El silencio cayó otra vez.
Entonces Elian levantó lentamente la mirada.
Y habló con una seriedad que hizo tensarse a su amigo.
—No dirás nada. A nadie. Ni sobre la taberna. Ni sobre el alfa. Ni sobre esa noche.
Soren lo observó en silencio.
Y entendió algo aterrador.
Elian realmente estaba asustado.