La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 22
Carlo no había dormido bien. Se pasó la noche mirando al techo, dándole vueltas al beso de Vanessa… o mejor dicho, al beso que él le devolvió. Hubo un momento, un segundo exacto, en el que dejó de pensar y empezó a sentir. Y ahí estaba el problema: sentir.
Siempre le había resultado fácil, pero sentir algo por ella era distinto. Una mezcla de vértigo, inseguridad y una emoción que le oprimía el pecho.
Se tapó la cara con las manos y suspiró. —Soy imbécil —murmuró.
Porque salió de su apartamento como alma que lleva el diablo. Huyendo de ella, de sí mismo, de todo.
Ahora la vergüenza lo carcomía.
Pero lo peor era que echaba de menos el calor de sus labios, su perfume, la forma en que Vanessa lo miró en ese instante en que los dos entendieron que habían cruzado una línea sin retorno fácil.
Y ahí estaba, a las tres de la mañana, repitiéndose que había hecho lo correcto. O al menos, lo menos incorrecto.
Vanessa tampoco durmió en toda la noche.
Dio vueltas por el apartamento como un torbellino. Se preparó un té, pero se le enfrió. Luego un café, y ni lo tocó. Abrió la ventana a pesar del frío. La cerró cuando el viento le caló hasta los huesos.
Cada vez que pasaba cerca del sofá, el aire se volvía más denso. Ahí había pasado todo. Ahí había empezado. Ese beso que no debió dar, esa debilidad que no debía permitirse.
Se apoyó en la barra de la cocina y cerró los ojos.
—Estúpida —se dijo—. Qué estúpida.
No sabía si por haberlo besado... o por haberlo dejado ir.
La ansiedad la consumía de una forma rara. Jamás se había sentido así por un hombre. Nunca. No lo permitía, ni lo necesitaba.
Ella controlaba su vida. Siempre. Desde que entendió que nadie la protegería mejor que ella misma. Desde que aprendió que mostrarse vulnerable era abrir la puerta a que le hicieran daño. Y no estaba dispuesta a romperse de nuevo.
Pero Carlo… Carlo la volvía loca. La hacía sentir demasiado. Y eso sí que la aterraba.
Pensó en escribirle, pero dejó el celular. Lo volvió a tomar. Lo desbloqueó. Abrió la conversación. Salió. Lo dejó boca abajo sobre la mesa. Suspiró.
—No —se dijo —No voy a buscarlo.
Pero no podía dejar de imaginárselo alejándose, con esa expresión entre dolor y miedo que le había tocado la fibra.
Vanessa volvió a tocarse los labios.
—¿Por qué te dejé ir? —Nadie respondió.
La mañana llegó como un recordatorio de que la vida seguía, aunque sus corazones no estuvieran por la labor.
Carlo se vistió sin pensar. Agarró la mochila e intentó parecer un ser humano normal. Fracasó.
En la universidad caminó rápido, esquivando la cafetería, la entrada principal, todo lugar donde pudiera cruzarse con ella. No quería verla; bueno... sí quería, pero no debía.
Vanessa hizo lo mismo.
Tomó otro camino, evitó los pasillos donde solía andar Carlo. Se puso gafas de sol para disimular la cara. Se tomó un café sin azúcar porque ni se dio cuenta de que había seleccionado mal.
Se buscaban sin querer encontrarse. Deseaban encontrarse sin admitirlo.
Mariana fue la primera en darse cuenta... Es que Mariana era muy observadora. Y curiosa. Y protectora.
Cuando vio a Carlo entrar en clase con cara de fantasma, supo que algo pasaba. Y cuando vio a Vanessa llegar cinco minutos después, distraída, con el pelo revuelto y un aura rara… Lo supo.
Mariana entrecerró los ojos. Se sentó en medio de los dos. Carlo se puso tenso. Vanessa hizo una mueca.
Mariana los miró fijamente.
—¿Qué hicieron? —Carlo tosió.
—Nada —respondió Carlo.
Vanessa se acomodó el pelo.
—No pasó nada.
Mariana sonrió como un depredador que huele la sangre.
—Mentira. —Carlo la miró con horror.
—¿Por qué…? ¿Por qué dices eso?
—Porque los conozco —respondió Mariana—. Carlo, estás más pálido que si te hubieran confesado un crimen. Y tú, Vanessa, tienes la misma cara que cuando besaste al chico de la apuesta y lo negaste durante tres semanas.
Vanessa apretó la mandíbula.
—Eso no pasó.
—Sí que pasó —dijo Mariana, cruzándose de brazos—. Y ahora están igual. Así que… suelten lo que sea.
Carlo y Vanessa se miraron un instante.
Mariana lo notó. Se echó hacia atrás.
—No —susurró—. No puede ser. ¿Ustedes dos se besaron?
Carlo abrió los ojos como platos. Vanessa bajó la mirada.
Mariana se llevó una mano a la frente.
—¡Madre mía!
—No —dijeron los dos a la vez.
Mariana arqueó una ceja.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Carlo se hundió en la silla.
—No fue… así.
Vanessa apretó los labios.
—No pasó nada, Mariana.
—Entonces, ¿por qué no se miran? —insistió ella—. ¿Por qué actúan como si hubiera un muerto entre ustedes?
Carlo suspiró. Vanessa frunció el ceño.
—Estás exagerando.
—No exagero, observo. Y veo tensión, veo chispas y mariposas en el aire.
Carlo quería esconder la cabeza en la mochila. Vanessa se cruzó de brazos, a la defensiva.
Mariana los miró a ambos.
—Si siguen evitándose, será peor.
—Yo no la evito. —Carlo habló, con la voz temblorosa.
Vanessa lo fulminó.
—Sí que lo haces y tú también. —se dirigió a Vanessa
—Porque tú empezaste. —Vanessa señaló a Carlo.
—Yo solo… necesitaba pensar. —Vanessa levantó la cara, herida.
—¿Pensar en qué?
Mariana abrió mucho los ojos, fascinada.
Carlo tragó saliva.
—En lo que pasó. —respodió Carlo.
—No pasó nada. —dijo Vanessa.
—Claro que pasó.
Vanessa sintió una punzada en el pecho.
—Carlo, no debió pasar.
Él cerró los ojos. Le dolió más de lo que esperaba.
Mariana los miró, conmovida.
—Ay, Dios. Esto va a acabar mal. —Carlo la ignoró.
—Vanessa, fue un beso.
—Un error. —ella replicó.
Carlo apretó las manos.
—¿Para ti fue eso? —preguntó mas bien reclamó.
Vanessa dudó. Solo un par de segundos, pero Carlo lo notó y lo sintió, y... eso lo destrozó y lo animó a la vez.
—Lo fue —dijo ella, sin mirarlo.
Mariana negó con la cabeza.
—Vaya mentira —susurró.
Vanessa la ignoró.
Carlo respiró hondo.
—Está bien —murmuró—. Si fue un error… lo dejamos ahí.
Esa frase le entró a Vanessa como un puñetazo en el estómago.
No porque estuviera lista para algo. Ni porque quisiera reconocerlo. Sino porque ese chico, ese chico dulce y nervioso, acababa de poner un límite antes que ella.
Y eso la desestabilizó aún más.
—Sí —dijo Vanessa, forzando la voz—. Mejor así.
Mariana los miró a los dos, entendió que ambos mentían.
Mentían para protegerse. Para no sentir. Para no caer más hondo... Pero ya habían caído.
El resto del día fue un caos con ellos ignorándose y a la vez deseándose.
de secretos