En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 22: LA NUEVA RUTINA
Los días en la finca comenzaron a tener un ritmo que Alessandra no conocía. No era la rutina vacía de la ciudad, donde cada hora estaba medida y cada movimiento calculado. Era algo más suave. Algo que se parecía a la respiración de alguien que finalmente ha dejado de correr.
Despertaba con la luz. No con el despertador, no con la obligación. Con la luz que se filtraba por las cortinas, con el canto de los pájaros, con el peso de las sombras que ahora descansaban a su alrededor como una segunda piel.
Bajaba a la cocina. Fiorella ya no discutía con Clarissa por las galletas. Sebastián ya no miraba hacia el bosque con desconfianza. Aeron estaba siempre cerca, en algún lugar que ella podía sentir sin mirar.
La primera mañana después de que la maldición se rompió, Alessandra se sentó en el banco de piedra junto al lago y se quedó mirando el agua. Las sombras descansaban a sus pies. El collar brillaba suave contra su piel. Aeron se sentó a su lado sin hacer ruido.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada. Por primera vez, en nada.
—¿Y no te aburres?
—No. Es como si mi cabeza hubiera estado llena de ruido toda la vida y de repente alguien hubiera apagado el volumen. Me da miedo, pero también me gusta.
—El silencio también da miedo.
—Sí. Pero es un silencio bueno. Como cuando termina una tormenta y todo queda quieto.
Aeron tomó su mano. No dijo nada. No hacía falta.
Después del desayuno, Clarissa la llevó a recorrer la finca. Habían pasado días sin salir del jardín, y Alessandra necesitaba ver más allá.
Caminaron por el sendero que bordeaba el lago. Los árboles estaban verdes, las flores abiertas, y el sol calentaba suavemente.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Clarissa.
—Rara. Como si hubiera estado soñando todo este tiempo y recién hubiera despertado.
—¿Y eso es bueno?
—No lo sé. Pero es real. Eso lo sé.
Clarissa sonrió.
—¿Te vas a quedar?
—Sí. Por un tiempo. Hasta que sepa qué quiero.
—¿Y tu trabajo? ¿Tu departamento?
—Ya hablé con mi jefe. Me dieron una licencia. Dijeron que me había visto rara las últimas semanas.
—¿Y qué les dijiste?
—Que necesitaba un tiempo. Que estaba pasando por algo familiar.
—No es mentira.
—No. No es mentira.
Caminaron en silencio un rato. El sendero se internaba en el bosque, y los árboles cerraban sobre ellas como un techo vivo.
—¿Crees que la abuela estaría orgullosa? —preguntó Alessandra.
—Sí. Creo que por eso se fue. Porque sabía que ya no nos necesitaba.
—¿Y si nos equivocamos? ¿Y si todavía nos necesita?
—Entonces estaría aquí. Pero no lo está. Porque cumplió lo que vino a hacer.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era tristeza. Era algo más suave. Algo que se parecía a la gratitud.
—La extraño —dijo.
—Yo también. Pero sé que está bien. Sé que está en paz.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando se fue, el árbol brilló. No era una luz triste. Era una luz de despedida. De esas que dicen "nos vemos después".
Alessandra apretó la mano de su hermana.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por quedarte. Por no irte. Por aguantarme todos estos años.
Clarissa sonrió.
—Para eso están las hermanas. Para aguantarnos cuando no podemos solas.
Por la tarde, Fiorella las encontró en la biblioteca de la abuela. Alessandra estaba sentada en el suelo, con los libros abiertos a su alrededor, pero no estaba leyendo. Miraba el collar que colgaba de su cuello.
—¿Qué haces? —preguntó Fiorella.
—Recordando. Todo lo que pasó. Todo lo que aprendí.
—¿Te da tristeza?
—Un poco. Pero también me da paz. Saber que ella estuvo aquí. Que nos enseñó lo que pudo. Que se fue sabiendo que íbamos a estar bien.
Fiorella se sentó a su lado.
—¿Crees que alguna vez voy a poder perdonarla? Por haberse ido. Por no estar.
—No lo sé. Pero creo que no es necesario perdonar para entender. Y creo que entender es más importante.
—¿Y si no puedo entender?
—Entonces dejalo estar. El tiempo va a hacer lo suyo. Algún día va a doler menos. Y cuando duela menos, vas a poder ver lo que ella sí hizo, no lo que no hizo.
Fiorella apoyó la cabeza en el hombro de Alessandra.
—¿Cuándo te volviste tan sabia? —preguntó.
—No soy sabia. Solo aprendí que el rencor pesa más que el perdón. Y que no quiero cargar con eso toda la vida.
—¿Y cómo hiciste? Para soltarlo.
—Llorando. Sintiendo. Dejando que el dolor saliera. No fue fácil. Pero funcionó.
Fiorella cerró los ojos.
—Yo no sé llorar. No desde que era chica.
—Algún día vas a poder. Y cuando puedas, te vas a sentir más liviana.
—¿Y si no puedo?
—Entonces vas a estar con nosotras. Y nosotras te vamos a querer igual.
Fiorella no dijo nada. Pero Alessandra sintió que sus hombros temblaban apenas. Y supo que, por primera vez en mucho tiempo, su hermana del medio estaba dejando salir algo que había guardado demasiado tiempo.
Cuando cayó la noche, las tres hermanas se sentaron en la terraza con mantas y té caliente. La luna estaba casi llena, redonda y blanca, reflejándose en el lago. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, pero ya no vigilaba. Descansaba.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Fiorella.
—Ahora vivimos —dijo Alessandra—. Como siempre debimos hacerlo.
—¿Y si vuelven? ¿El aquelarre?
—No van a volver. La maldición se rompió. Ya no tienen razón para venir.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo siento. En la tierra. En el aire. En mi sangre. Algo cambió. Algo que estaba roto, se arregló.
Clarissa tomó su mano. Fiorella hizo lo mismo.
—Juntas —dijo Clarissa.
—Siempre —dijo Fiorella.
Alessandra apretó las manos de sus hermanas. Las sombras a su alrededor descansaban, quietas, en paz.
—Siempre —repitió.
Más tarde, cuando las estrellas brillaban sobre el valle, Alessandra bajó al jardín. Aeron estaba junto al lago, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el agua.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—Tú tampoco.
—No necesito dormir mucho.
—Eso siempre dices.
Aeron sonrió. Se sentaron juntos en el banco de piedra.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él.
—Como si hubiera empezado algo nuevo. Algo que no sé cómo va a terminar, pero que quiero vivir.
—¿Y qué es ese algo?
—Mi vida. Por primera vez, mi vida.
Aeron tomó su mano.
—¿Y yo? ¿Estoy en esa vida?
—Sí. Desde el primer día. Aunque no lo supiera.
—¿Y ahora que lo sabes?
—Ahora quiero que te quedes.
—No me voy a ir. Nunca más.
Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo.
—¿Te da miedo? —preguntó.
—Un poco. Pero es un miedo bueno. Es el miedo de tener algo que vale la pena.
—¿Y si lo perdemos?
—Entonces habremos tenido algo que valía la pena. Eso es más de lo que muchos tienen.
Alessandra sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Aeron la vio en la oscuridad.
—Yo también quiero tener algo que valga la pena —dijo.
—Ya lo tienes. Solo que no lo sabes.
—¿Qué es?
—A ti. Tu familia. Este lugar. El futuro que vamos a construir juntos.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por esperarme. Por no rendirte. Por encontrarme cuando no sabía que me había perdido.
Aeron la besó. No fue un beso de despedida. Fue un beso de comienzo.
Y en el jardín, junto al lago, las sombras de Alessandra descansaban en paz.