En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 5. Los Secretos Que Respiran Bajo Piedra.
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La lluvia volvió antes del anochecer.
No como tormenta.
Peor.
Una llovizna lenta y constante que parecía cubrir el castillo entero con humedad y silencio. Las antorchas de los corredores ardían débilmente, proyectando sombras largas sobre los muros negros de la fortaleza Valemont.
El símbolo seguía allí.
Aunque varios sirvientes habían intentado borrarlo durante horas.
La marca negra del ojo atravesado permanecía intacta sobre la piedra del jardín, como tinta hundida dentro del muro mismo.
Seraphine lo observaba desde el corredor superior mientras los criados evitaban mirar directamente la pared.
Miedo.
El castillo entero empezaba a oler a miedo.
Y eso era peligroso.
—Padre hizo interrogar a tres guardias —dijo una voz detrás de ella.
Seraphine no necesitó girarse.
Cassian.
—¿Y encontraron algo?
Él se detuvo a su lado.
Abajo, dos soldados retiraban herramientas inútiles junto al muro marcado.
—Nada útil.
Claro.
Las personas realmente peligrosas rara vez dejaban respuestas fáciles.
Cassian apoyó una mano sobre la barandilla de piedra húmeda.
El cansancio en su rostro era más evidente que esa mañana.
—Alaric está disfrutando esto demasiado.
—Él disfruta cualquier cosa que altere el control de padre.
—No. —Cassian bajó ligeramente la voz—. Disfruta que todos estén nerviosos.
Seraphine observó el patio unos segundos.
—Tú también estás nervioso.
Cassian guardó silencio.
Confirmación suficiente.
El heredero del ducado rara vez mostraba emociones tan visibles. Verlo así resultaba casi inquietante.
—¿Qué significa ese símbolo? —preguntó Seraphine finalmente.
Cassian giró lentamente hacia ella.
Por un instante pareció debatirse entre responder o no.
—No deberías hacer preguntas así.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente.
Seraphine entrecerró apenas los ojos.
—Lo conoces.
Cassian soltó un suspiro cansado.
—Cuando era niño escuché rumores. Nada más.
Mentira parcial otra vez.
Ella empezaba a notar algo: Cassian mentía peor cuando estaba agotado.
—¿Qué rumores?
Él observó nuevamente el símbolo abajo.
La lluvia resbalaba lentamente por la piedra negra marcada.
—Historias viejas sobre brujas.
El pulso de Seraphine permaneció estable únicamente por esfuerzo.
—¿Qué tipo de historias?
—Que existió una organización antes de las purgas grandes.
Interesante.
Muy interesante.
Cassian habló con evidente incomodidad.
Como alguien repitiendo algo que preferiría olvidar.
—Decían que infiltraban casas nobles. Que ocultaban mujeres perseguidas. Información. Dinero.
Eso coincidía demasiado con el medallón.
Con la figura bajo la ventana.
Con todo.
—¿Y el símbolo?
—Supuestamente pertenecía a ellos.
Seraphine mantuvo el rostro completamente tranquilo.
Por dentro, su mente ya estaba reconstruyendo posibilidades.
Entonces el medallón no era algo personal de su madre.
Era parte de algo más grande.
Algo organizado.
Algo que todavía existía.
—Padre cree que alguien intenta provocar miedo —continuó Cassian.
—¿Y tú?
Cassian tardó demasiado en responder.
—Creo que alguien quiere ser encontrado.
Antes de que Seraphine pudiera decir algo más, pasos resonaron al fondo del corredor.
Alaric.
Por supuesto.
El segundo hijo del duque avanzó con absoluta tranquilidad mientras dos soldados lo seguían varios metros detrás. Llevaba ropa negra de entrenamiento y guantes oscuros todavía húmedos.
Sus ojos pasaron inmediatamente del jardín a Cassian.
Luego a Seraphine.
—Qué escena tan deprimente —comentó—. Parecen viudos asistiendo a un funeral.
Cassian se tensó apenas.
—¿No tienes algo útil que hacer?
—Estoy observando el entretenimiento del día.
Alaric se apoyó contra una columna cercana.
—Padre hizo revisar los establos, las murallas y los archivos otra vez.
Miró hacia el símbolo del jardín y sonrió ligeramente.
—Y aun así nadie sabe quién entró.
Seraphine notó algo.
Alaric parecía demasiado relajado.
Como si disfrutara sinceramente el caos.
—Tal vez porque buscas soldados —dijo ella— cuando deberías buscar alguien inteligente.
Eso hizo que Alaric la mirara con interés inmediato.
Cassian, en cambio, pareció alarmado.
—¿Y tú conoces mucha gente inteligente escondiéndose en castillos? —preguntó Alaric divertido.
—Más de la que imaginas.
El silencio duró apenas un segundo.
Pero fue suficiente para que Cassian le lanzara una mirada de advertencia.
Seraphine entendió demasiado tarde.
Había hablado más de la cuenta.
Alaric sonrió lentamente.
Como un hombre que acababa de escuchar algo valioso.
—Interesante respuesta.
Cassian intervino inmediatamente.
—Padre pidió revisar las rutas comerciales del oeste.
Alaric no apartó la mirada de Seraphine.
—Después.
Y eso empeoró todo.
Porque Cassian entendió exactamente lo mismo que ella: Alaric había empezado a sospechar algo.
No necesariamente magia.
Pero sí secretos.
Y él adoraba los secretos.
—
La cena aquella noche fue insoportablemente silenciosa.
El gran comedor estaba iluminado por docenas de velas reflejadas sobre plata y cristal, pero el ambiente seguía sintiéndose frío.
Tenso.
Los rumores ya se habían extendido por todo el castillo.
Guardias desaparecidos. Símbolos extraños. Intrusos invisibles.
El miedo siempre viajaba rápido entre sirvientes.
El duque permanecía en la cabecera de la mesa con expresión impenetrable.
Evelyne cenaba elegantemente como si nada ocurriera.
Celestine observaba demasiado.
Cassian parecía agotado.
Y Alaric…
Alaric no dejaba de mirar a Seraphine.
No constantemente.
Eso habría sido obvio.
Peor.
Lo hacía de forma calculada. Espaciada. Como alguien estudiando una pieza compleja.
Seraphine bebió apenas un poco de vino mientras ignoraba deliberadamente su atención.
—Los Arden llegarán mañana al mediodía —anunció el duque de repente.
Evelyne inclinó ligeramente la cabeza.
—Las habitaciones ya están preparadas.
—Bien.
El duque cortó lentamente un trozo de carne.
—Quiero orden absoluto mientras estén aquí.
Sus ojos recorrieron la mesa uno por uno.
—Sin escándalos. Sin errores. Sin distracciones innecesarias.
Alaric sonrió apenas.
—Eso elimina casi toda diversión posible.
El duque ni siquiera reaccionó.
—Si buscas diversión, vuelve a la frontera.
Pequeño golpe.
Preciso.
Seraphine vio cómo la sonrisa de Alaric se endurecía apenas.
Cassian bajó la vista hacia su copa.
Acostumbrado.
Todos lo estaban.
El duque destruía equilibrio emocional como otros hombres respiraban.
—Escuché algo curioso hoy —comentó Evelyne con suavidad.
Mala idea.
Seraphine lo percibió enseguida.
El duque levantó apenas la vista.
—Habla.
—Algunos sirvientes creen que el símbolo del jardín pertenece a brujas antiguas.
Silencio inmediato.
Incluso los criados cercanos dejaron de moverse por un instante.
El duque apoyó lentamente los cubiertos.
—¿Y desde cuándo los sirvientes discuten historia frente a ti?
Evelyne sostuvo su mirada sin alterarse.
—Desde que tienen miedo.
El ambiente se volvió más pesado.
Seraphine notó algo importante: el duque no parecía sorprendido por la referencia a brujas.
Molesto sí.
Pero no sorprendido.
—Las supersticiones vuelven estúpida a la gente —dijo finalmente.
—Algunas supersticiones existen por algo —murmuró Celestine.
Todos giraron hacia ella.
Raro.
Muy raro que hablara durante cenas familiares.
El duque la observó fijamente.
—¿Tienes algo útil que aportar?
Celestine sostuvo su mirada con calma.
—Solo que perseguir algo durante siglos suele dejar rastros.
El silencio posterior fue incómodo.
Incluso Evelyne pareció sorprendida.
Alaric, en cambio, parecía fascinado.
Seraphine sintió un nudo lento en el estómago.
Celestine estaba jugando un juego peligroso.
El duque finalmente volvió a tomar la copa.
—Las brujas son herramientas descontroladas. Nada más.
La frase cayó pesada sobre la mesa.
Herramientas.
Otra vez.
Siempre utilidad. Control. Poder.
Seraphine ocultó cuidadosamente cualquier reacción.
Pero por dentro sintió algo oscuro removerse lentamente.
Porque acababa de entender algo horrible:
El duque no odiaba las brujas.
Las consideraba recursos.
Y eso era mucho peor.
—
Más tarde esa noche, Seraphine no consiguió dormir.
El viento golpeaba las ventanas y las sombras del cuarto parecían demasiado vivas bajo la luz irregular de las velas.
El medallón permanecía sobre la mesa frente a ella.
Había intentado ignorarlo.
No funcionó.
Cada vez que apartaba la mirada sentía la necesidad de volver a observarlo.
Como si el objeto mismo respirara silenciosamente.
Finalmente extendió la mano y lo abrió.
Un pequeño clic metálico resonó en la habitación.
Dentro había algo oculto.
Un fragmento doblado de papel antiguo.
El corazón de Seraphine se aceleró.
Sacó cuidadosamente el papel.
Viejo. Delicado. Escrito con tinta parcialmente desvanecida.
Reconoció la caligrafía de inmediato.
Porque había visto letras similares en uno de los pocos libros que pertenecieron a su madre.
Manos temblando apenas, desplegó el mensaje.
Solo había una frase.
“Bajo la capilla, donde la piedra no canta.”
Seraphine frunció el ceño.
¿Qué significaba eso?
Un ruido seco sonó afuera de la habitación.
Se puso de pie inmediatamente.
Silencio.
Luego otro ruido.
Pasos.
Lentos.
En el corredor.
Seraphine apagó rápidamente una vela y se acercó a la puerta sin hacer sonido.
Los pasos se detuvieron justo afuera.
El aire se volvió insoportablemente quieto.
Ella contuvo la respiración.
Entonces una voz masculina habló del otro lado.
—Sé que estás despierta.
Alaric.
Mierda.
Seraphine permaneció inmóvil.
—Tus sirvientas son pésimas mintiendo —continuó él.
Silencio.
—Vi luz bajo la puerta hace un momento.
Ella dudó apenas unos segundos antes de abrir.
Alaric estaba apoyado casualmente contra el marco opuesto del corredor. Las antorchas cercanas iluminaban parcialmente su rostro.
Parecía demasiado tranquilo para alguien merodeando habitaciones ajenas a medianoche.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
—Caminando.
—Qué actividad sospechosa.
Él sonrió apenas.
Sus ojos descendieron rápidamente hacia la mano de Seraphine.
Ella escondió el papel detrás de la manga antes de que pudiera verlo bien.
Pero Alaric lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Interrumpo algo interesante?
—Sí. Mi deseo de dormir.
Él soltó una risa baja.
Y luego, inesperadamente, se acercó un poco más.
Lo suficiente para bajar la voz.
—Alguien entró a mi habitación esta noche.
Eso la tomó desprevenida.
—¿Qué?
—Nada robado. Nada movido. Pero alguien estuvo ahí.
Seraphine lo observó fijamente.
Intentando descubrir si mentía.
No parecía hacerlo.
—¿Y vienes a contármelo porque…?
—Porque creo que la misma persona está observándonos a todos.
El viento recorrió el corredor apagando parcialmente una antorcha lejana.
Las sombras se movieron sobre las paredes.
—Padre cree que es un espía político —continuó Alaric—. Cassian piensa que es algún fanático religioso.
—¿Y tú qué piensas?
La sonrisa de Alaric desapareció lentamente.
—Creo que alguien busca algo escondido en esta casa.
El corazón de Seraphine golpeó una vez contra sus costillas.
El medallón.
Los archivos.
Morvane.
La capilla.
Todo comenzaba a conectarse de formas peligrosas.
Alaric la observó unos segundos más.
—Tú sabes algo.
No era pregunta.
Ella sostuvo su mirada.
—Y tú también.
Eso pareció divertirlo.
—Quizá podamos ayudarnos.
Mala idea.
Terrible idea.
Aliarse con Alaric equivalía a entregar el cuello a un lobo esperando que no mordiera.
Pero antes de responder…
Un grito atravesó el castillo.
Lejano. Desgarrado.
Ambos giraron inmediatamente hacia el extremo oscuro del corredor.
Otro grito.
Esta vez más corto.
Luego silencio.
Los ojos de Alaric cambiaron de inmediato.
Fríos. Militares. Peligrosos.
—Quédate aquí —ordenó.
Seraphine casi se burló.
—Claro.
Alaric ya estaba avanzando rápidamente por el corredor cuando ella salió detrás de él.
Descendieron escaleras entre ecos de pasos y voces confusas. Guardias comenzaban a movilizarse por distintas alas del castillo.
Algo había ocurrido.
Algo grave.
El olor metálico llegó antes que la escena.
Sangre.
Muchísima sangre.
Cuando Seraphine llegó al corredor inferior, varios sirvientes retrocedían aterrados cerca de una puerta abierta.
Cassian ya estaba allí.
Y el duque también.
El cuerpo del guardia desaparecido colgaba clavado contra la pared de piedra.
Muerto.
El pecho abierto brutalmente.
Y sobre la sangre…
Dibujado cuidadosamente con tinta negra y roja:
El símbolo del ojo atravesado por ramas.
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