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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:428
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 19

Elisabete caminaba por el bosque en forma humana cuando el presentimiento llegó demasiado tarde.

Necesitaba aprender a escuchar sus límites, pero aún no sabía dónde estaban.

El aire estaba demasiado quieto.

El viento cesó.

Los pájaros silenciaron.

Y, entonces, la oscuridad se movió.

El brazo surgió por detrás como una serpiente.

Fuerte.

Implacable.

El mundo giró cuando Caíque la inmovilizó con un golpe rápido, calculado, cortándole el aire y la reacción. El cuerpo de Elisabete flaqueó en sus brazos, la visión inexistente sumergiéndose en tinieblas aún más profundas.

—Despacio... —murmuró él junto a su oído—. Aún no es hora de que mueras.

Ella intentó reaccionar, pero la fuerza de él la dominaba con facilidad en aquella forma frágil.

Alisson sintió el vínculo gritar.

Pero ya era tarde.

Caíque la arrastró bosque adentro, desviándose por senderos que ni siquiera los más ancianos conocían. El olor de la manada de Alisson desapareció. El mundo quedó distante.

Aislado.

Cuando finalmente la arrojó al suelo, el impacto le arrancó el aliento.

Elisabete tosió, intentando erguirse.

No lo consiguió.

Caíque se colocó por encima de ella como una sombra viva.

—Tan poderosa bajo la Luna... —murmuró—. Y tan vulnerable en el propio cuerpo.

Él rasgó el tejido de la lateral de la falda solo para humillarla, para reducir su dignidad al polvo, no por deseo, sino por crueldad.

Elisabete sintió el miedo cortar profundo.

Más profundo que cualquier herida.

—Alisson vendrá... —susurró ella, temblando.

Caíque sonrió.

—Él está ocupado.

En el territorio de Alisson, el caos explotó.

Lobos surgieron por las fronteras en una investida brutal, organizada, sin aviso. Las defensas externas fueron rotas en minutos. El ataque venía en ondas.

—¡Se llevaron a Elisabete! —gritó un centinela.

El mundo de Alisson se partió por la mitad en aquel instante.

—¡CACERÍA TOTAL! —rugió él.

Pero Caíque había planeado bien.

El ataque no era distracción.

Era masacre.

En el punto aislado del bosque, Caíque se acercó a Elisabete lentamente.

Ella estaba presa.

Cansada.

Aterrorizada.

Él sujetó su rostro con fuerza.

—Lo que nació de la Luna debería servir a quien sabe dominar... —murmuró.

Y, al tocar sus labios en un gesto de posesión y provocación, algo cambió.

El aire tembló.

La marca de la Luna quemó.

El horror viró gatillo.

El dolor viró llama.

La humillación viró ruptura.

Elisabete despertó.

No como loba.

Sino como fuerza.

El poder no pidió permiso.

Él irrumpió.

La explosión de luz rasgó el bosque como un nuevo amanecer violento. Los árboles se curvaron. El suelo se abrió en grietas brillantes. El viento fue lanzado hacia atrás como una muralla invisible.

Caíque fue arrojado a metros de distancia, colisionando contra rocas con un impacto seco.

Elisabete cayó de rodillas en el centro del resplandor, los brazos abiertos, el cuerpo temblando bajo algo mayor que ella misma.

La luz no quemaba.

Purificaba.

Cuando cesó, el silencio fue absoluto.

Caíque se irguió con dificultad, el odio contorsionando su rostro.

—Aún no ha acabado... —gruñó—. Vas a ser mía.

Él escupió sangre en el suelo.

—No por amor... —añadió—. Sino porque yo decidí que sí.

Y entonces desapareció.

Alisson llegó minutos después.

Encontró a Elisabete caída entre raíces quebradas y tierra en brasa. El brillo aún pulsaba débil alrededor de ella.

—Elisabete... —su voz falló al tono de la propia alma.

Él la tomó en los brazos.

Ella respiraba.

Pero estaba inconsciente.

Viva.

Y cambiada.

El cielo, allá arriba, temblaba en plata y sombras.

La Luna había hablado.

Pero ahora...

El precio comenzaría a ser cobrado.

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