Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 22
Matías llegó a la sede del Grupo Financiero de América Latina con Tiago en brazos. El niño había dormido casi todo el trayecto, pero al entrar al edificio abrió los ojos y miró todo con curiosidad. El vestíbulo era imponente: suelo de mármol blanco, paredes de vidrio y un techo altísimo con luces LED que simulaban un cielo estrellado.
Matías lo bajó con cuidado y le tomó la mano.
—Vamos a subir. ¿Querés ver mi oficina?
Tiago asintió con energía.
Subieron al piso ejecutivo. Apenas cruzaron las puertas automáticas, los empleados que pasaban por el pasillo se detuvieron. Las miradas se clavaron en el niño. Matías no dijo nada; siguió caminando hacia su despacho. Una vez dentro, llamó a su asistente.
—Javier, comprá una cantidad grande de juguetes. Coches, aviones, trenes, lo que haya. Que los traigan ya.
Javier salió corriendo. Media hora después llegó un carrito lleno de cajas: modelos de autos deportivos, aviones de combate, trenes eléctricos, figuras de superhéroes. Tiago se lanzó sobre ellos con los ojos brillantes. Abrió una caja tras otra, pero solo los modelos le captaron la atención: un Lamborghini rojo, un Boeing 747 en miniatura, un Ferrari F1. Los demás juguetes quedaron casi olvidados.
La noticia corrió como pólvora por los grupos internos de la empresa. En menos de una hora, los chats ardían:
“¿Vieron al nene que entró con Matías? Es igualito a él.”
“¿Será hijo? Nunca lo vimos con nadie.”
“Dicen que la mamá es su "primer amor" que desapareció.
“Imposible. Matías siempre dijo que no tenía hijos.”
El rumor llegó hasta la oficina de Martino, el padre de Matías. Él lo leyó en el grupo familiar y soltó una risa seca.
—Mi hijo no tiene hijos. La abuela anda inventando otra vez.
Y borró el mensaje.
Al mediodía, Matías llamó a Javier.
—Pedí almuerzos nutritivos. Para los dos.
Llegaron bandejas de salmón al vapor, arroz integral, verduras salteadas y una porción especial de espinacas con ajo para Tiago. Matías se sentó en el sofá de la zona de descanso del despacho. Tiago se instaló a su lado con las piernas colgando.
Matías le acercó el plato de espinacas.
—Comé esto. Es bueno para la fuerza.
Tiago miró el plato con desconfianza.
—¿Y vos comés?
Matías se quedó quieto. Él detestaba las espinacas desde chico.
—No me gustan.
Tiago se cruzó de brazos.
—Entonces yo tampoco. Los grandes tienen que dar ejemplo.
Matías lo miró fijamente. El niño no se inmutó. Al final, los dos dejaron las espinacas intactas. Javier, que traía el café, vio la escena y no pudo evitar sonreír. Los dos tenían exactamente el mismo gesto de asco ante el plato verde. Sacudió la cabeza y salió sin decir nada.
Por la tarde, Matías tuvo una reunión en el piso 22. Le pidió a Javier que llevara a Tiago a recorrer las oficinas.
—Mostrale todo. Pero que no moleste.
Javier tomó la mano del niño y salieron. En el pasillo de marketing, una empleada joven se acercó.
—Hola, pequeño. ¿Cómo te llamás?
—Tiago.
—¿Y quién es tu mamá?
Tiago sonrió con picardía.
—Adiviná.
La chica miró a Javier.
—¿Es hijo del jefe?
Tiago se encogió de hombros.
—Tal vez.
Javier se tapó la boca para no reír. La chica se sonrojó y siguió su camino. En contaduría pasó lo mismo: otra empleada se agachó.
—¿Tu papá es Matías?
Tiago levantó las cejas.
—¿Vos qué pensás?
La mujer se rió.
—Sos igualito a él.
Tiago no confirmó ni negó. Solo sonrió y siguió caminando de la mano de Javier.
Mientras tanto, en Córdoba, Sofía terminaba una reunión con proveedores. Se excusó un momento y llamó a Tiago. El teléfono lo atendió Javier.
—Hola, Sofía. El nene está bien. Está recorriendo la empresa.
Sofía suspiró aliviada.
—Gracias por cuidarlo. ¿Está tranquilo?
—Tranquilísimo. Todos le preguntan quién es su papá. Él solo les dice que adivinen.
Sofía sonrió a pesar de todo.
—Dale un beso de mi parte. Mañana vuelvo.
Colgó. Javier miró a Tiago, que jugaba con un modelo de avión en el pasillo.
—Tu mamá te manda un beso.
Tiago sonrió.
—Gracias.
Javier se quedó pensando. La voz de Sofía le sonaba familiar, pero no lograba ubicarla. Sacudió la cabeza y siguió caminando con el niño.
Al terminar la jornada, Matías llevó a Tiago a un local de comida rápida en Puerto Madero. Pidieron hamburguesas, papas fritas y nuggets. Tiago se lanzó sobre la comida con entusiasmo. Matías, que nunca comía ese tipo de cosas, pidió solo una ensalada y agua.
Tiago lo miró mientras masticaba.
—¿Por qué no comés hamburguesa?
—No me gusta.
Tiago entrecerró los ojos.
—¿Es porque no soy tu hijo de verdad? ¿Por eso me dejás comer esto?
Matías se atragantó con el agua.
—No es por eso.
Tiago siguió comiendo como si nada. Matías, incómodo, llamó al mozo y pidió un plato de pollo a la plancha y verduras para el niño.
—No quiero que te duela la panza.
Tiago sonrió.
—Gracias.
De vuelta en la villa, Matías preparó la bañera para Tiago.
—¿Podés bañarte solo?
—Sí.
—Perfecto. Yo espero afuera.
Mientras el niño se bañaba, Matías tomó su teléfono y llamó por videollamada a Sofía.
En Córdoba, Sofía estaba en una cena de negocios con Lucas y unos inversionistas. El teléfono vibró en su bolso. Lo sacó y vio el nombre de Matías. Se excusó con un gesto y salió al pasillo. Contestó en un rincón discreto.
—Hola.
Matías apareció en pantalla, con la camisa arremangada y el cabello un poco húmedo.
—¿Cómo estás?
—Bien. En una cena de trabajo.
Matías frunció el ceño al ver el fondo: luces tenues, mesas con manteles blancos, gente de traje.
—¿Lucas está ahí?
—Sí. Es una cena con clientes.
Matías apretó la mandíbula.