Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
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Un reto mayor
El dia de la trampa había pasado, aunque el siguiente llegó cargado de muchos trabajos, ante el mundo se mostraron como la pareja perfecta, aquella que sus enemigos tanto tenían, pero al salir de la empresa y regresar a la mansión fue un trayecto sumido en un silencio denso, de esos que duelen en los oídos. Miranda no miró a Lissandro ni una sola vez. Se limitó a observar las luces de la ciudad pasar a través del cristal blindado, sintiendo que cada edificio, cada calle y cada sombra eran ahora recordatorios de la red de mentiras en la que había vivido.
Al cruzar el umbral de la casa, el calor de la calefacción central le resultó sofocante. Lissandro intentó quitarle el abrigo, un gesto automático de caballerosidad que había repetido mil veces, pero ella se apartó con un movimiento seco, casi instintivo.
—No me toques —susurró ella, con una voz que no tenía rastro de furia, sino de una fatiga profunda—. Solo quiero ver a mi hija.
Lissandro bajó los brazos, sintiéndose como un extraño en su propia sala. La vio subir las escaleras con la espalda recta, manteniendo esa compostura de acero que él mismo le había enseñado a forjar. Se quedó solo en el recibidor, rodeado de obras de arte carísimas y mármol importado, dándose cuenta de que su imperio se sentía repentinamente como una tumba de lujo.
Miranda entró en la habitación de Lía. La niña estaba profundamente dormida, ajena a que su madre había estado a punto de entrar en una trampa mortal y a que su padre era el arquitecto de una venganza de décadas. Miranda se sentó en el borde de la cama y acarició el cabello de la pequeña. Por primera vez en la noche, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Todo lo que hice... todo lo que acepté de él, fue por ti —susurró en la penumbra.
Se quedó allí casi una hora, escuchando la respiración rítmica de su hija. Era el único sonido en el mundo que le devolvía la cordura. Sabía que no podía irse, no todavía. Helios seguía ahí fuera, y Andrés era ahora un animal acorralado y desesperado. Necesitaba la estructura de Lissandro para sobrevivir, aunque despreciara al hombre que la dirigía.
Cerca de la medianoche, el hambre, o quizás la necesidad de aire, llevó a Miranda de vuelta a la planta baja. Encontró a Lissandro en la cocina, pero no estaba revisando informes ni enviando correos. Estaba sentado a la mesa con una taza de café intacta, mirando hacia el jardín oscuro. Se había quitado la chaqueta y la corbata; se veía cansado, humano y, por primera vez, viejo.
Miranda no dijo nada. Se acercó a la encimera y se sirvió un vaso de agua. El sonido del grifo pareció un estruendo en la cocina silenciosa.
—Alexa está a salvo —dijo él, sin mirarla—. Mateo la llevó a la casa de campo. Víctor ya se reunió con ella. Están protegidos.
—Gracias —respondió ella de forma distante. Se sentó en el extremo opuesto de la mesa, manteniendo la distancia física y emocional.
—Miranda... sé que no hay palabras para arreglar esto —comenzó él, buscando sus ojos—. Pero necesito que entiendas que el hombre que ideó ese plan hace años ya no existe. El Lissandro que quería destruir a Andrés usando a la mujer que él amaba murió el día que te vi por primera vez intentando escapar de tus captores.
Miranda dejó el vaso sobre la mesa y soltó una risa triste.
—Lo que más me duele no es que quisieras venganza, Lissandro. Lo que me duele es que me viste rota, humillada y al borde de la muerte, y aun así pensaste: "Ella es perfecta para mi plan". Me reconstruiste pieza por pieza, pero cada vez que me mirabas, ¿qué veías? ¿A la mujer que amabas o al arma que estabas afilando?
Lissandro finalmente la miró. Sus ojos estaban rojos.
—Veía mi salvación —confesó con honestidad brutal—. Yo estaba perdido en mi propia oscuridad antes de ti. Sí, al principio fue por odio a los Lara. Pero después... después solo quería ser el hombre que merecieras. Me equivoqué al pensar que el silencio era protección. Pensé que si nunca lo sabías, el pecado no existiría.
—El pecado siempre existe, solo que tú lo decoraste con diamantes —replicó ella.
Se quedaron en silencio un largo rato. No era el silencio de la oficina, lleno de estrategias, sino uno humano, cargado de arrepentimiento y decepción. Miranda se dio cuenta de que Lissandro, el hombre que ella creía que tenía todas las respuestas, era tan esclavo de su pasado como ella.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella finalmente, rompiendo la tensión—. Helios no se va a detener. Andrés falló hoy, y eso lo hace más peligroso. Si no cayó en la trampa del edificio, buscarán otra forma.
Lissandro se inclinó hacia adelante, recuperando un poco de su presencia habitual.
—Mañana vendrán los abogados. No para nosotros, sino para blindar legalmente todas las propiedades de los De La Vega. Voy a comprar cada deuda, cada embargo que Andrés haya dejado pendiente. Ese edificio volverá a ser tuyo, legalmente. Nadie volverá a entrar allí sin tu permiso.
—No quiero que compres mis recuerdos, Lissandro —dijo ella con cansancio—. Solo quiero que esta guerra termine.
—Terminará. Pero mientras tanto, tenemos que ser inteligentes. Helios se mueve por prestigio y dinero. Si les quitamos la capacidad de financiar a Andrés, lo soltarán. Y una vez que Andrés esté solo...
—Una vez que esté solo, yo me encargaré de él —lo interrumpió Miranda—. Pero no con tus métodos. No quiero más sangre, ni más venganzas generacionales. Quiero que pase el resto de sus días en una celda, viendo cómo el mundo que intentó robarme sigue adelante sin él.
Lissandro asintió. Entendía que los términos habían cambiado. Ya no era él quien dirigía el juego; Miranda había tomado el control de su propia narrativa.
—Mañana vendrá Alexa —dijo Lissandro antes de que ella se levantara—. Quiere verte. Creo que ambos necesitamos aliados en los que podamos confiar de verdad.
Miranda se puso de pie, tomando su vaso. Antes de salir de la cocina, se detuvo y miró a Lissandro por encima del hombro.
—Voy a quedarme en esta casa porque es el lugar más seguro para Lía, y porque no voy a permitir que Helios gane. Pero dormiré en la habitación de invitados. No me pidas que vuelva a ser la esposa que cree en cuentos de hadas, porque esa mujer se quedó hoy en el edificio De La Vega.
Lissandro la vio marcharse, sintiendo el peso de sus palabras. Se quedó solo en la cocina, con su café frío y el silencio de una mansión que, a pesar de todo su lujo, nunca se había sentido tan vacía. Sabía que el perdón no era algo que pudiera comprar, y que los próximos veinte capítulos de su vida serían una lucha constante por recuperar, no su imperio, sino la mirada de la mujer que amaba.
Afuera, la lluvia empezó a golpear los ventanales, lavando las calles de Nueva York, pero incapaz de limpiar las manchas de un pasado que se negaba a morir. La convivencia bajo el mismo techo sería su mayor reto: dos extraños unidos por una hija, un enemigo común y los restos de un amor que ahora luchaba por no convertirse en cenizas.