Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 13
Carlos sonrió, una expresión de triunfo que no pudo ocultar. Creía que la tenía de nuevo en la palma de su mano.
—Allí estaré, mi dulce Zafiro. Te salvaré de este nido de lobos, lo prometo.
La música terminó y Zafiro se alejó de él con la rapidez de quien huye de una plaga. Regresó junto a Liam, quien la envolvió con su capa como si intentara limpiarla de la presencia de Crane.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Liam entre dientes.
—Lo que esperaba. Mentiras sobre Ethan y una invitación a una trampa —respondió ella, su voz ahora firme y gélida—. El pescado ha mordido el anzuelo. Ahora solo necesitamos que el pescador aparezca.
Como si sus pensamientos lo hubieran convocado, un silencio repentino cayó sobre el salón de baile. Las puertas principales se abrieron de par en par y los heraldos golpearon sus bastones contra el suelo.
—¡Su Alteza Real, Ethan Lancaster, Protector del Reino y Heredero al Trono de Celes!
Ethan entró, y el efecto fue inmediato. Si Zafiro era un incendio, él era una tormenta. Vestía un uniforme militar negro con charreteras de oro, la capa escarlata de los Lancaster ondeando tras él. Su presencia era tan dominante que incluso los Baratheon, conocidos por su arrogancia, inclinaron la cabeza con respeto.
Sus ojos grises barrieron la sala hasta encontrar a Zafiro. Ignoró a los anfitriones Tyrell y caminó directamente hacia los Lawrence. Liam se tensó, una rivalidad natural surgiendo entre el heredero archiducal y el príncipe.
—Lord Lawrence —dijo Ethan, haciendo un breve gesto de cortesía hacia Liam—. Lady Zafiro.
—Alteza —respondió Liam, su voz cargada de una advertencia silenciosa—. No sabía que el Protector del Reino tenía tiempo para bailes.
—No lo tengo —dijo Ethan, fijando su mirada en Zafiro—. Pero he oído que algunos condes olvidan su lugar y molestan a las damas de alto rango. He venido a asegurarme de que la casa Lawrence sepa que la corona protege lo que le pertenece.
El uso de la palabra "pertenece" hizo que Liam apretara la mandíbula, pero Zafiro intervino antes de que su hermano soltara una impertinencia.
—Alteza, estábamos a punto de retirarnos. El aire aquí se ha vuelto... denso.
—Permítame escoltarla hasta su carruaje —ofreció Ethan, extendiendo su brazo. No era una invitación; era una orden envuelta en seda.
Zafiro aceptó el brazo de Ethan, sintiendo la dureza del músculo bajo la tela. Mientras caminaban hacia la salida, pasando junto a un Carlos Crane que hervía de rabia e impotencia, Ethan se inclinó hacia ella.
—Te vi bailando con él —susurró, su voz era un trueno bajo—. Me costó cada gramo de mi autocontrol no atravesarlo con mi espada en medio de la pista.
—Era necesario, Ethan. Tengo una cita con él mañana. Me va a mostrar "pruebas" de tu traición —respondió ella en el mismo tono bajo.
—No irás sola —sentenció él, deteniéndose en la sombra del pórtico del palacio Tyrell, donde los carruajes esperaban—. Si ese hombre te pone una mano encima, no me importará la diplomacia ni el consejo de regencia.
Zafiro se giró hacia él, su rostro iluminado por la luna. La cercanía de Ethan siempre provocaba una tormenta en su interior. Recordó el calor de su encuentro en la biblioteca y sintió un deseo repentino de volver a perderse en él.
—Sé cuidarme, Ethan. Soy una Lawrence. Y soy más de lo que parezco.
—Lo sé —dijo él, su mirada bajando hacia sus labios—. Eso es lo que me aterra y lo que me vuelve loco. Zafiro, si algo te sucede, este imperio no significará nada para mí. Seré el villano que todos temen con tal de tenerte de vuelta.
Liam llegó junto a ellos, tosiendo con fuerza para romper el momento.
—El carruaje está listo, Zafiro. Alteza, gracias por la escolta, pero yo me haré cargo de mi hermana a partir de ahora.
Ethan asintió a Liam, pero sus ojos nunca dejaron los de Zafiro.
—Mañana, después de tu "cita", vendrás al palacio. No es una petición.
Zafiro subió al carruaje, seguida por un refunfuñante Liam. Mientras se alejaban, miró por la ventanilla y vio a Ethan de pie bajo la lluvia que empezaba a caer, una figura solitaria y poderosa que gobernaba no solo un reino, sino, cada vez más, el corazón de la mujer que una vez lo despreció.
Dentro del carruaje, Liam la observaba con sospecha.
—Zafiro... —dijo él seriamente—. Estás jugando con fuego. Con Crane en un lado y Lancaster en el otro. Uno quiere destruirte y el otro quiere poseerte. ¿Dónde quedas tú en todo esto?
Zafiro miró sus manos, que aún conservaban el rastro del calor de Ethan.
—Yo no soy el premio, Liam —respondió ella con una voz que sonaba a acero templado—. Yo soy la jugadora. Y para el final de esta partida, los Crane estarán muertos, los Lancaster estarán en deuda conmigo, y nuestra familia será intocable.
Liam guardó silencio, dándose cuenta de que la hermana pequeña que solía jugar con muñecas en los jardines del Archiducado se había ido para siempre. En su lugar, había una reina en ciernes, una mujer que entendía que en el mundo de la alta nobleza, el amor era un arma y el deseo, la munición más letal.
Esa noche, Zafiro no soñó con su muerte. Soñó con un trono de oro y zafiros, y con un hombre de ojos grises que le juraba lealtad mientras el mundo ardía a su alrededor. Y en su sueño, ella no huía del fuego; ella lo guiaba.
Al día siguiente, el mercado de telas de los Tully sería el escenario del primer acto de su venganza. Y Zafiro Lawrence estaba ansiosa por ver la sangre correr.