Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 22
El caballo negro relinchó cuando Valtor tiró de las riendas frente al palacio real. No esperó a los guardias. Bajó de un salto, con el ceño marcado y los pasos firmes. Empujó las puertas del salón principal y subió las escaleras hacia la oficina del rey sin anunciarse.
Valerius estaba allí. De pie, revisando documentos con una calma provocadora.
— Ya sé que la bruja está aquí. Así que no mientas—dijo el rey sin levantar la vista.
Valtor cerró la puerta con un golpe controlado. Caminó lento hacia él, cada paso cargado de intención.
— ¿Qué estás intentando? —preguntó con voz baja.
Valerius fingió sorpresa.
— ¿Intentando? Nada. Solo cumplo con mis deberes como rey. Además… —alzó un papel— Elena será de mucha ayuda.
Valtor apretó la mandíbula.
— Esa muchacha es torpe. No la necesito.
— No pedí tu opinión. —Valerius sonrió— Se quedará contigo tres meses. Le servirá de experiencia con mi mejor guerrero.
— ¿Tres meses? —repitió Valtor, acercándose más.
— Sí. Y quién sabe… tal vez un romance ayude a que por fin dejes de obsesionarte con…
No había terminado cuando la navaja ya estaba en su cuello. El rey sonrió sin moverse.
— Ya te lo había advertido. —susurró Valtor.
— Ella es no es nadie, hermano. No me molesta que la tengas de amante, pero busca algo mejor. Esa niña no vale ni tu tiempo.
— No sabes nada.
La puerta se abrió con brusquedad. Un concejal entró, se puso pálido al ver la escena entre la navaja contra el cuello real. Valtor guardó la navaja con un movimiento seco.
— Terminé aquí. —dijo, saliendo sin volver la vista.— Te devolveré a esa mujer. No la quiero conmigo.
La puerta se cerró con estruendo.
Valerius dejó escapar una risa satisfecho.
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Mientras tanto, en el pequeño castillo de Valtor, Diodora inspeccionaba la cocina como si fuera suya desde hacía años. William entró con los sacos en brazos.
— Ganamos tiempo en fermentarlos días anteriores.
— Tengo que estar un paso adelantada.—ella se recogió el cabello— Empezamos.
La cocina se llenó del aroma amargo, tostado. Ambos trabajaron con una sincronía, él moliendo con fuerza, ella tostando sin descanso. La harina de cacao empezó a formarse.
— Para el mediodía estará la primera pasta. —dijo William.
— Y para esta noche… Chocolate. —Diodora sonrió apenas— Haremos trufas. ¿Trajiste el brandy?.
— Sí. Pero no alcanzará para más de una docena. Es solo una botella que traje.
— No hay problema, esa trufas solo será para uno.
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En ese mismo tiempo, en los jardines laterales del castillo menor, Tabatha había decidido dar un paseo. Caminó entre los senderos hasta detenerse ante un pequeño estanque. Se inclinó para tocar el agua.
— Es un lugar bonito, ¿verdad? —dijo una voz suave detrás de ella.
Tabatha se giró. Una joven de ojos azules y cabellos dorados, vestida de forma sencilla pero con una elegancia natural imposible de ocultar, la observaba con una sonrisa tímida.
— Bastante. —respondió Tabatha.
— Soy Daya.
— Tabatha. —respondió ella.
Una complicidad ligera se instaló entre ambas sin esfuerzo.
— ¿Escapando de alguien? —preguntó Daya con un tono cómplice.— Porque yo lo hice.
— De nadie. Solo estoy aquí porque quería ayudar a mi hermana. Pero... Al verla tan concentrada en la cocina, decidí no estorbar. —Tabatha resopló— En primer lugar, no debí de haber venido aquí.
Daya abrió los ojos con sorpresa genuina, pero sonrió.
— Te entiendo. Yo también quiero ayudar a mi hermano. Es terco y no me deja ser su apoyo.
— ¿Ah sí? ¿Qué hace tu hermano? —rió Tabatha.
— Es… Su trabajo es intenso. —Daya buscó palabras con cuidado— Es un guerrero. Orgulloso. Y cuando algo le importa, se vuelve imposible de razonar. Se llama Valtor.
— ¡Oh, Es el principe del bosque! —Tabatha soltó una carcajada— Yo lo conozco. Es pareja de mi hermana Diodora.
Daya rió también, emocionandose más.
— ¡Yo la conozco también! ¡Entonces somos familia! Tú y yo.
Asintió Tabatha.
Caminaron juntas por el sendero, hablando de tonterías que hacen sus hermanos, de como son realmente y pequeñas frustraciones que solo podía entender ellas como hermanas menores. Había algo fácil en esa amistad, algo que encajaba sin esfuerzo.
— Me alegra haberte encontrado. —confesó Daya.
— A mí también. —respondió Tabatha— Eres… fácil de querer.
Daya bajó la mirada, sonriendo. En ese momento solo eran dos jóvenes que, sin saberlo, acababan de unir dos mundos destinados a la indiferencia.