"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
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El precio de la dignidad
El silencio en el apartamento de Brooklyn era denso, casi sólido. Lucía se movía por el pequeño espacio como una autómata, revisando correos de la Fundación y organizando archivos digitales para Isabella. El trabajo era su único refugio, la única forma de acallar los ecos de la voz de Dante que se filtraban por las rendijas de su memoria. Sin embargo, la paz de su "retiro" se vio interrumpida a media mañana por un sonido que no era el de su teléfono: tres golpes secos y autoritarios en la puerta de madera.
Lucía se tensó. Pensó en Dante, pero él no llamaría así; él derribaría la puerta o usaría su llave si la tuviera. Al abrir, se encontró con un hombre de mediana edad, vestido con un traje de tres piezas que costaba más que tres meses de su alquiler. Llevaba un maletín de cuero italiano y una expresión de superioridad profesional.
—¿Señorita Bennet? Soy el señor Harrison, representante legal del señor Arthur Moretti —dijo, entrando en el apartamento sin esperar una invitación formal.
Lucía sintió una ráfaga de frío. El padre de Dante. El hombre que había convertido a su hijo en un bloque de hielo.
—No recuerdo haber concertado una cita con el departamento legal de la familia Moretti —respondió Lucía, cruzándose de brazos, tratando de ocultar el temblor de sus manos.
El abogado dejó el maletín sobre la mesa de la cocina, justo al lado de la taza de té a medio terminar de Lucía. Lo abrió con un clic metálico que sonó como un disparo en el pequeño salón. Sacó una carpeta de piel y un bolígrafo de oro.
—El señor Moretti es un hombre de negocios, señorita Bennet. Y sabe que todo en esta vida tiene un valor de mercado. Su presencia en la vida de su hijo ha generado una fluctuación negativa en la estabilidad de una fusión multimillonaria. Mi cliente desea... simplificar la situación.
Deslizó un cheque sobre la mesa. Estaba en blanco, excepto por la firma autorizada de Arthur Moretti en la esquina inferior.
—Aquí tiene un cheque en blanco —continuó Harrison, su voz plana y desprovista de emoción—. La cifra la pone usted. A cambio, firmará este acuerdo de confidencialidad y una cláusula de no competencia que le prohíbe trabajar en el estado de Nueva York por los próximos diez años. El señor Moretti también ha facilitado una propiedad a su nombre en la costa de California o en Londres, a su elección. El único requisito es que desaparezca de la vida de Dante Moretti hoy mismo. Sin despedidas. Sin mensajes. Sin rastro.
Lucía miró el papel rectangular sobre la mesa. Representaba la seguridad de sus padres, una vida de lujos, el fin de todas sus preocupaciones financieras. Pero al mirarlo, solo vio el desprecio de un hombre que creía que el amor era una mercancía.
—¿Es esto lo que piensa Arthur Moretti de su propio hijo? —preguntó Lucía, su voz ganando una fuerza gélida—. ¿Que su felicidad es algo que se puede comprar y desechar como una acción obsoleta?
—El señor Moretti piensa en el imperio, señorita Bennet. El afecto es transitorio; el poder es permanente. Sea inteligente. Acepte el dinero y váyase antes de que la situación se vuelva desagradable.
Lucía tomó el cheque. Por un segundo, el abogado sonrió, creyendo haber ganado. Pero entonces, Lucía lo rasgó lentamente, en dos, en cuatro, en ocho pedazos, y dejó caer los restos sobre el maletín de cuero.
—Dígale al señor Moretti que mi integridad no tiene precio. Y dígale que si cree que el dinero puede borrar lo que siento, es porque es un hombre mucho más pobre de lo que Nueva York cree. Su hijo es un hombre, no una propiedad, aunque ustedes hayan pasado treinta años tratando de convencerlo de lo contrario. Fuera de mi casa. Ahora.
El abogado cerró su maletín, su expresión volviéndose sombría.
—Es una decisión valiente, señorita Bennet. Pero muy estúpida. El señor Moretti no suele pedir las cosas dos veces por las buenas.
Cuando la puerta se cerró tras él, Lucía se dejó caer en el suelo, sollozando con la cara entre las manos. No era solo por el miedo; era la realización de que estaba luchando contra un monstruo que no se detendría ante nada.
Lo que Lucía no sabía era que, en el pasillo oscuro del edificio, una mujer elegante, con el rostro marcado por una tristeza de décadas y los ojos llenos de una chispa de admiración recién descubierta, la observaba desde las sombras. Era Eleanor Moretti, la madre de Dante. Había sido enviada por Arthur para "supervisar" la transacción, pero lo que acababa de presenciar no era la rendición de una oportunista, sino la resistencia de una mujer con el corazón de fuego. Por primera vez en cuarenta años, Eleanor sintió que algo dentro de ella también empezaba a despertar.