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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 12

...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...

Era una pésima idea, lo sabía desde hacía dos días. Aun así, ahí estaba.

El mensaje en la pantalla de mi teléfono era breve «Ella camina hacia la cafetería. Ahora».

Lo haría parecer una coincidencia. El encuentro, sería una coreografía perfectamente ejecutada por mí, con Angelo fungiendo como mis ojos en el campus, aunque ese no era su objetivo inicial, me ha servido de ayuda que esté ahí. Mientras me miraba al espejo, con una ropa más casual de la que suelo usar me repetía por enésima vez: no deberías ir a verla 

Pero la disciplina es una construcción mental, y la curiosidad, un instinto salvaje que a menudo la devora

En mi auto, a unas calles de la universidad. El plan era sencillo: una excusa plausible sobre algún detalle menor, una artimaña barata, impropia de un hombre de mi posición, pero necesaria para justificar mi presencia en su órbita.

Espere dentro de la librería, di una ojeada y compré un libro no me llamaba tanto la atención, pero justificaría mi presencia cerca de ella, por el ventanal la vi pasar y entrar en la cafetería de al lado, espere un momento y salí, con intención de entrar en la cafetería y fingir un encuentro casual, lo que no esperaba era que ella me reconociera primero, se levantó rápido, como si se hubiese asustado, me causo gracia.

Yo estaba en la acera con la bolsa de la librería en la mano y el teléfono en la otra, y hubo un segundo exacto en que los dos nos vimos al mismo tiempo que fue suficiente para que todas las razones por las que no debería cruzar esa puerta se volvieran completamente irrelevantes.

La cafetería tenía las paredes del color de la mostaza vieja.

Lo noté porque noto ese tipo de cosas: la temperatura de un espacio, la distribución de las salidas, cuánta gente hay y en qué dirección miran. Es un inventario automático que llevo haciendo desde los dieciséis años y que a estas alturas ocurre antes de que yo tome la decisión de hacerlo.

Ella estaba sentada al fondo con una bolsa de papel sobre la mesa y los ojos en la ventana. *No le digas demasiado*, me dije mientras cruzaba el umbral. *Mantén el nombre. Nada más que el nombre.*

Aceptó que la acompañara, me senté frente a ella.

Era diferente verla así. Sin el antifaz, sin la oscuridad del pasillo, sin la adrenalina que simplifica las cosas reduciéndolas a amenaza y respuesta. Aquí era solo luz de tarde y café y una chica que me miraba con una atención que no era intimidación pero que tampoco era la mirada de alguien que espera que yo marque el ritmo.

Eso me desconcertó más de lo que debería haberme desconcertado.

Hablamos. O más exactamente: yo respondí sus preguntas con la economía de siempre y ella fue más directa de lo que anticipé, porque cuando reformuló lo de dónde era y me preguntó dónde había nacido, la pregunta me llegó antes de que yo hubiera terminado de calcular la respuesta.

—Italia —dije.

Técnicamente correcto. No mentí. Solo di la mitad que no compromete nada.

*Bien*, pensé. *Eso estuvo bien.*

Luego saqué el libro porque ella lo preguntó y eso sí lo tenía calculado: un libro es una salida lateral, una conversación paralela que puede durar el tiempo que necesites sin revelar nada que no quieras revelar. Lo giré hacia ella sobre la mesa.

—No te esperaba lector —dijo.

—¿Qué esperabas?

Lo pregunté porque quería saber. No como táctica. Quería la respuesta real, lo cual ya era un problema que no había terminado de nombrarme a mí mismo pero que estaba ahí, perfectamente visible si uno se ponía a mirarlo.

—No lo sé todavía —dijo.

Me quedé callado un segundo más de lo necesario.

*Anótalo*, me dije. *Eso es lo que hace: dice exactamente lo que piensa sin el envoltorio habitual. Anótalo y sigue.*

Hablamos de la ciudad. De un edificio que había visto esa semana con una fachada que no correspondía al resto de la calle. Ella lo conocía, había pasado por ahí en algún proyecto de la facultad, y lo que dijo sobre el diseño de los espacios públicos era lo suficientemente preciso para que yo respondiera con más detalle del que había planeado dar.

*Demasiado detalle.*

Lo noté cuando ya lo había dicho: había mencionado dos ciudades en las que había vivido, había dado una opinión sobre el urbanismo de una de ellas que solo tiene alguien que la conoce desde adentro, y había dejado que la conversación avanzara veinte minutos en una dirección que no había calculado porque estaba respondiendo en lugar de escuchar.

Hacía años que no hablaba con alguien sin calcular cada palabra. No era una queja. Era una constatación que me resultó más incómoda de lo que esperaba, porque la explicación más simple para lo que acababa de pasar era que me había relajado, y la explicación de por qué me había relajado era una que no me interesaba examinar demasiado de cerca sentado en esa cafetería con ella frente a mí.

La veía jugar con la servilleta en la l mano mientras Leyla seguía hablando de diseño con una especificidad que no era pedantería sino convicción, la diferencia entre alguien que sabe cosas y alguien que las ha pensado, y en algún punto dijo algo sobre la función de los espacios que yo conecté sin quererlo con una conversación que había tenido con mi madre hace años en Milán, y antes de que terminara de pensarlo ya lo había dicho en voz alta.

Ella levantó una ceja.

—¿Milán?

—Viví ahí un tiempo —dije.

*Tercera ciudad. Llevas tres ciudades en una hora. Cierra eso.*

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