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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 26: La conspiración de medianoche

El reloj digital del dormitorio principal marcaba las dos y diecisiete de la madrugada.

Elena despertó despacio, desorientada por una punzada punzante de sed y una extraña sensación de vacío en el lado izquierdo del colchón. Estiró la mano entre las sábanas de lino egipcio: el lugar de Alexander estaba frío.

Apoyó una mano sobre su vientre, que a las veinte semanas ya dibujaba una curva redondeada y firme bajo el camisón de seda, y se incorporó con cuidado. No había ruidos en la casa, salvo el rumor lejano de una voz grave murmurando con cadencia militar desde la penumbra de la cocina.

Descalza, Elena caminó por el pasillo en sombras. Al asomarse por el arco de la cocina, la escena que encontró fue tan absurda como enternecedora.

Alexander estaba de pie junto a la isla de mármol, descalzo, vistiendo únicamente unos pantalones de pijama oscuros, con el torso desnudo iluminado solo por la pantalla brillante de su tableta satelital y el auricular inalámbrico titilando en su oreja derecha. Tenía en la mano un bolígrafo y anotaba coordenadas sobre una servilleta de papel.

—No me importan las restricciones de pista en el archipiélago —decía en un susurro cortante y autoritario—. Consigue la exención de vuelo para ayuda humanitaria si es necesario. El hidroavión tiene que despegar a las tres en punto, recoger las muestras de pulpa de maracuyá silvestre y dulce de guayaba criolla en la costa este de la isla, y aterrizar en el helipuerto de la torre antes de las siete de la mañana. Sí, refrigeración pasiva, no criogénica. No quiero que la fruta llegue congelada. Muévanse.

Alexander cortó la comunicación, frotándose las sienes con un suspiro de estratega que acaba de coordinar una invasión aliada.

Elena se apoyó contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos mientras una sonrisa deliciosa le curvaba los labios.

—Alexander James Foster.

Alexander pegó un brinco tan violento que el bolígrafo salió volando sobre la encimera. Se giró de golpe, escondiendo la tableta detrás de su espalda como un adolescente al que acaban de pillar con cigarrillos en la escuela.

—Elena... —titubeó él, parpadeando con culpa evidente mientras sus ojos grises la escaneaban de arriba abajo con alarma—. ¿Qué haces levantada? El suelo está helado. ¿Te duele algo? ¿Son contracciones? ¿Llamo a la clínica?

—Lo único que me duele es la vergüenza ajena por lo que acabo de escuchar —respondió ella, avanzando despacio hacia él, sin poder contener una risita—. ¿Acabas de desviar un hidroavión de tu flota privada a tres mil kilómetros de distancia para traerme fruta a las dos de la mañana?

Alexander intentó recomponer su máscara de tiburón de los negocios, irguiéndose en toda su estatura:

—Ayer a las ocho de la noche mencionaste de pasada que el dulce de guayaba de la capital tenía demasiado conservante químico y que extrañabas el sabor de las frutas silvestres que recolectabas con tu madre en la isla.

—¡Fue un comentario nostálgico, no una orden de compra internacional! —exclamó Elena, apoyando las manos en sus caderas y mirándolo con incredulidad.

—En esta casa, cualquier suspiro tuyo es una orden de compra prioritaria con carácter de emergencia nacional —sentenció él sin pestañear.

Dio dos pasos hacia ella, la tomó por la cintura y, con esa destreza que ya era una segunda piel, la levantó en el aire para sentarla suavemente sobre la isla de mármol, colocándose entre sus piernas descalzas para aislarla del frío de la piedra con su propio cuerpo caliente.

—Eres un peligro público para la aviación civil —murmuró Elena, pasándole los brazos por el cuello y hundiéndole los dedos en el cabello desordenado—. La Administración Nacional de Transporte te va a revocar la licencia por abuso de poder gastronómico.

—Que lo intenten. Mis abogados son mejores que los suyos —respondió Alexander en un susurro ronco, inclinándose para rozar sus labios con los de ella en un beso lento, cálido y cargado de una devoción sin límites—. Además, este pasajero que llevas adentro no puede alimentarse con productos industriales. Exige los mejores nutrientes de la tierra.

Alexander bajó las manos grandes y tibias hasta posarlas con infinita reverencia sobre el vientre abultado de Elena.

En ese preciso instante, bajo la piel suave, se sintió un golpe sutil, diminuto pero inconfundible: un movimiento seco, como el aleteo de un pez en agua tibia.

Alexander se quedó congelado. El aire se le atascó en la garganta.

Sus ojos grises se abrieron con desmesura y se clavaron en las manos apoyadas sobre su vientre.

—¿Eso... eso fue...?

—Pateó —susurró Elena con los ojos encendidos de lágrimas dulces, acariciando la nuca de su esposo—. Sintió tu voz y pateó.

Alexander soltó un sollozo ahogado, arrodillándose en el suelo entre las piernas de Elena. Apoyó la mejilla directamente contra la tela del camisón, abrazándole las caderas mientras cerraba los ojos, dejando que una lágrima caliente se deslizara por su mandíbula hasta humedecer la seda.

—Hola, pequeño... —murmuró Alexander contra su piel, con la voz rota por una ternura que le desbordaba el pecho—. Aquí está papá. Te prometo que nunca te va a faltar nada en este mundo. Ni a ti, ni a tu hermana, ni a la mujer maravillosa que te está cuidando.

Elena le acarició la espalda ancha, sintiendo el temblor de su emoción y agradeciendo en silencio a la vida por haberle devuelto al hombre detrás del monstruo arrogante que alguna vez creyó haber perdido.

A las diez de la mañana siguiente, la suite de obstetricia avanzada del Hospital Alemán era un templo de tecnología y silencio expectante.

Elena estaba recostada en la camilla de exploración con la blusa recogida sobre las costillas, mientras la doctora Navarro, una ginecóloga de prestigio que los atendía desde el nacimiento de Clara, esparcía el gel acústico tibio sobre su piel.

Alexander estaba de pie junto a la cabecera, impecablemente vestido con un traje azul cobalto, pero con la corbata aflojada y las manos crispadas alrededor de los dedos de Elena como si estuviera a punto de enfrentar una tormenta en altamar. A su lado, sentada en una silla giratoria con un vestido rosa de volantes, Clara balanceaba sus zapatitos charolados mientras intentaba alcanzar los botones de la máquina ecográfica.

—Tranquilo, señor Foster —bromeó la doctora Navarro, deslizando el transductor con suavidad—. Su presión arterial está marcando más alto que la de su esposa en el monitor.

—Es deformación profesional, doctora —respondió Alexander con voz tensa—. En la aviación, los radares desconocidos siempre generan alerta en cabina.

Un sonido rítmico, rápido y potente como el galope de un corcel salvaje llenó la sala de pronto:

Thump-thump, thump-thump, thump-thump...

Alexander contuvo la respiración. Sus dedos se apretaron más contra los de Elena, y el color se le fue del rostro para dar paso a una palidez de asombro absoluto.

En la pantalla de alta resolución de sesenta pulgadas, la imagen borrosa en blanco y negro comenzó a cobrar nitidez tridimensional. Se distinguía con claridad el perfil perfecto de una cabecita, dos manos diminutas llevadas hacia el rostro y una columna vertebral que brillaba como un collar de perlas diminutas.

—Frecuencia cardíaca de ciento cuarenta y ocho latidos por minuto —anunció la médica con una sonrisa—. La biometría fetal es impecable. El fémur es largo, como el de su padre, y la vitalidad es extraordinaria.

—¡Bebé! —señaló Clara desde su silla, aplaudiendo entusiasmada hacia la pantalla—. ¡Hola, bebé!

Elena soltó una lágrima limpia que corrió por su sien. Giró la cabeza hacia Alexander: el hombre que doblegaba juntas de accionistas internacionales tenía los labios temblorosos y los ojos empañados en un llanto silencioso y hermoso que ya no le importaba ocultar.

—Y aquí tenemos la confirmación anatómica —dijo la doctora Navarro, congelando la imagen y señalando con el cursor digital entre las piernas cruzadas del feto—. Sin margen de error, señores Foster: Clara va a tener un hermanito. Es un varón.

—Un niño... —susurró Alexander, como si la palabra fuera una joya sagrada que temiera romper con la voz.

Se inclinó sobre la camilla, besando la frente de Elena con una devoción tan infinita que la doctora y la enfermera sonrieron enternecidas.

—Un niño, mi amor —repitió él contra su piel—. Un varón fuerte y sano.

El atardecer los encontró en el jardín de la casa, sentados en el banco de madera bajo la pérgola de jazmines silvestres que perfumaban toda la propiedad. Clara correteaba tras una mariposa amarilla sobre el césped, vigilada a corta distancia por la nana, mientras las sombras de la tarde se alargaban sobre la hierba.

Elena descansaba la cabeza sobre el hombro de Alexander, sosteniendo una taza de infusión tibia con una mano, mientras la otra descansaba entrelazada con la de él sobre su vientre.

Alexander tenía la mirada perdida en los canteros de flores medicinales, pensativo, con una serenidad que rara vez mostraba.

—Estuve pensando en algo —dijo él en voz baja, rompiendo el murmullo del viento entre las ramas.

—¿En qué, mi amor?

Alexander se llevó la mano libre al bolsillo interior de su saco y sacó un sobre de papel kraft amarillento por el tiempo. Lo abrió con un cuidado casi litúrgico y extrajo una libreta pequeña de tapa de cuero raída, manchada de tierra seca y humedad en los bordes.

Elena contuvo el aliento: era el cuaderno de notas botánicas de su padre, el que había quedado en la villa de la isla aquel fatídico verano.

—Hice restaurar las páginas dañadas por el tiempo —explicó Alexander, pasando el pulgar sobre la caligrafía firme del doctor Manuel Morel—. Leí cada una de sus anotaciones durante estas semanas. Tu padre escribió en la última página una dedicatoria que jamás llegamos a ver. Decía que la mayor medicina de la humanidad no eran los alcaloides que estaban desenterrando, sino la decencia con la que cuidamos a los que amamos.

Alexander se giró hacia ella, tomando el rostro de Elena entre sus manos marcadas por las cicatrices:

—Quiero que lleve su nombre.

Elena sintió que el corazón se le encogía en una punzada dulce y desbordante.

—¿Manuel? —susurró con la voz quebrada.

—Manuel Alexander Foster Morel —sentenció él, con una solemnidad cargada de respeto absoluto—. Para que nunca olvide de qué sangre viene. Para que sepa que su abuelo fue un hombre noble que salvó vidas con la tierra, y que su madre es la mujer más valiente y brillante que jamás pisó este mundo.

Elena no pudo contener el llanto. Se arrojó contra el pecho de Alexander, rodeándole el cuello con los brazos y besándolo en los labios con una pasión profunda, limpia y hambrienta, empapándole las mejillas con sus lágrimas de agradecimiento.

—Gracias... gracias, Alexander —sollozaba ella contra su boca—. Mi papá estaría tan orgulloso de ti...

—Tu papá me habría roto la nariz en aquel club nocturno, y con toda la razón del mundo —bromeó Alexander entre lágrimas de risa, apretándola con fuerza contra su cuerpo—. Pero espero que allá arriba esté sonriendo al ver que su nieto llevará su nombre por todos los cielos del planeta.

En ese momento, Clara llegó corriendo con un puñado de tréboles arrugados en la mano, trepando sin pedir permiso sobre las rodillas de sus padres para meterse en medio del abrazo.

—¡Mío! ¡Para Manuel! —dijo la pequeña, estirando los tréboles hacia la panza de su madre.

Alexander y Elena rieron al unísono, envolviendo a su hija entre sus brazos mientras el sol caía definitivamente sobre el horizonte, bañando el jardín en un manto dorado.

La niña desgarbada que una vez curó a un muchacho soberbio en una caverna húmeda, y el heredero ciego que tuvo que perderlo todo para aprender a mirar, tenían ahora un imperio invencible: no de aviones ni de patentes millonarias, sino de amor, raíces profundas y una memoria viva que florecía cada día más fuerte contra el viento.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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