Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 4: Los poemas prohibidos
Esa noche no pude dormir.
Me quedé despierta hasta las dos de la madrugada, rebuscando entre los libros de mi estantería. Buscaba algo especial. Algo que no fuera solo una historia, sino un mensaje. Algo que pudiera decirle sin tener que decirlo con palabras.
Finalmente, encontré lo que buscaba.
Era un libro pequeño, de tapa azul desgastada, con el lomo roto y las páginas amarillentas. "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", de Pablo Neruda. Lo había heredado de mi abuela, la misma que me había transmitido la maldición. La misma que me había enseñado que el amor duele, pero también que vale la pena.
—Esto es una locura —murmuré, acariciando la tapa.
Pero lo metí en la mochila.
A la mañana siguiente, llegué al hospital con el libro bajo el brazo y el corazón en un puño. Nicolás estaba en la puerta de la biblioteca, como siempre, pero esta vez no sonreía. Estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la mirada perdida en algún punto del pasillo.
Parecía más pálido que ayer. Más frágil. Más pequeño.
—Buenos días —dije, acercándome.
Él levantó la vista y su rostro se iluminó. No del todo, pero lo suficiente para que mi pecho se relajara.
—Buenos días —respondió, y su voz sonó más débil de lo normal.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy bien. —Se incorporó, pero su mano buscó la pared para apoyarse. —Solo es un mal día.
—Nicolás...
—No pasa nada, Valeria. —Su sonrisa volvió, forzada pero auténtica. —¿Me has traído otro libro?
Asentí y saqué el poemario de la mochila. Él lo tomó con manos temblorosas y leyó el título en voz baja.
—Veinte poemas de amor y una canción desesperada. —Levantó la vista y me miró con una mezcla de sorpresa y ternura. —¿Me vas a leer poemas de amor?
—Si quieres.
—Quiero. —Apoyó el libro contra su pecho, como si fuera un tesoro. —Pero hoy no en la biblioteca.
—¿Dónde, entonces?
—En mi habitación. —Su sonrisa se volvió ligeramente pícara. —Las enfermeras me han dicho que puedo tener visitas. Y he pensado que quizás... podrías subir. Solo un rato.
Mi estómago se contrajo.
Subir a su habitación significaba estar solos. Significaba no tener la biblioteca como excusa, ni los libros como barrera. Significaba enfrentarme a lo que estaba sintiendo sin distracciones.
—No sé si es buena idea —dije.
—¿Por qué no?
—Porque... —Busqué una excusa, cualquier excusa, pero no encontré ninguna. —Porque no quiero que las enfermeras piensen mal.
—Las enfermeras me adoran. —Se encogió de hombros. —Y además, solo será un rato. Una hora. Una hora y te dejo ir. Te lo prometo.
—¿Una hora?
—Una hora. —Extendió la mano, con la palma abierta. —¿Trato?
Miré su mano. Las cicatrices blancas que la cubrían. Los dedos delgados, casi transparentes. El pulso débil que se movía bajo la piel.
Y supe que no podía decirle que no.
—Está bien —dije, tomando su mano. —Pero solo una hora.
Su sonrisa se ensanchó.
La habitación de Nicolás era pequeña y luminosa. Tenía una ventana enorme que daba al patio del hospital, y un montón de dibujos pegados en la pared. Eran mandalas, todos ellos, hechos con colores vivos y trazos precisos. Algunos eran perfectos, otros estaban incompletos, como si él los hubiera dejado a medias.
—Los hago cuando no puedo dormir —dijo, siguiendo mi mirada. —Me ayudan a concentrarme.
—Son bonitos.
—Son solo círculos. —Se sentó en la cama y señaló una silla junto a la ventana. —Siéntate.
Me senté, con el libro de Neruda en las manos y el corazón latiéndome con fuerza. Él se recostó contra la almohada, con los ojos cerrados y una expresión de cansancio que no había visto antes.
—¿Quieres que te lea? —pregunté.
—Espera. —Abrió los ojos y me miró. —Antes de que empieces, quiero decirte algo.
—Dime.
—El médico me ha dado tres meses. —Su voz era plana, como si hablara del tiempo. —Quizás cuatro si tengo suerte. Pero no más.
El mundo se detuvo.
—¿Tres meses? —repetí, con la voz rota.
—Lo siento. —Sonrió, pero era una sonrisa triste, cansada. —No quería decírtelo así. Pero pensé que debías saberlo. Para que no te involucres más de la cuenta.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque tenía miedo de que te fueras.
—Nicolás...
—Y sigo teniendo miedo. —Su voz se quebró apenas un segundo. —Pero también sé que no puedo pedirte que te quedes si no sabes lo que te espera.
Dejé el libro en el regazo y me levanté. Caminé hacia la cama, lentamente, y me senté en el borde. Tan cerca de él que podía oler su colonia, ese aroma a madera y a jabón de hospital.
—No pienso irme —dije, con la voz firme.
—¿Aunque solo me queden tres meses?
—Aunque solo te quede un día.
Él me miró durante un largo momento. Sus ojos azules brillaban, pero no con lágrimas. Con algo más profundo. Algo que no sabía nombrar.
—Eres increíble —susurró. —¿Lo sabes?
—No soy increíble. Solo soy una chica que lee libros.
—Eso es lo que te hace increíble. —Levantó la mano y rozó mi mejilla. El contacto fue suave, apenas un susurro de piel contra piel. —Tienes el poder de hacer que las palabras cobren vida. Y también de hacer que la gente quiera vivir.
—No he hecho nada.
—Has hecho todo. —Su mano se deslizó hasta mi nuca y me atrajo hacia él. —Has hecho que el mundo deje de ser gris.
Y entonces, sin que pudiera evitarlo, me incliné hacia él.
Nuestras frentes se tocaron. Nuestras respiraciones se mezclaron. El aire entre nosotros se volvió denso, caliente, cargado de algo que no podía controlar.
—¿Puedo besarte? —preguntó, con la voz apenas un soplo.
—No deberías.
—Lo sé. —Sonrió. —Pero te estoy preguntando si quieres.
Cerré los ojos.
Y asentí.
Sus labios rozaron los míos con una suavidad que me rompió por dentro. No fue como el beso de la cafetería, desesperado y urgente. Fue lento, profundo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.
Y cuando separó sus labios, yo seguía respirando.
Él también.
—No ha pasado nada —susurró, con los ojos brillantes.
—Lo sé.
—No he dejado de respirar.
—Lo sé.
—¿Y eso qué significa?
No supe qué responder. No tenía respuestas para lo que estaba pasando. Solo tenía la certeza de que, por primera vez en tres años, alguien me había besado y no se había ahogado.
Quizás la maldición se estaba rompiendo.
O quizás, simplemente, el amor era más fuerte que ella.
—Significa —dije, tomando su mano entre las mías— que voy a quedarme contigo. Hasta el final. Pase lo que pase.
Nicolás sonrió. Una sonrisa tan brillante que iluminó toda la habitación.
—Entonces —dijo, acariciando mis dedos—, ¿me lees el poema? El que empieza con "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".
—¿Sabes ese poema?
—Lo he memorizado. —Se llevó mi mano a sus labios y la besó. —Porque tú me lo leíste una vez, en mi sueño.
Y entonces, con su mano en la mía y el corazón latiéndome a mil por hora, abrí el libro de Neruda y empecé a leer.
"Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: 'La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos'."
Nicolás cerró los ojos, con una sonrisa en los labios.
Y yo supe que, aunque solo nos quedaran tres meses, iban a ser los tres meses más hermosos de mi vida.