Lía fue criada para obedecer.
En Sierra Oscura, nadie desafiaba a Damián Velasco, el Alfa que convertía lobos jóvenes en armas y llamaba ley a sus cadenas. Lía era su ejecutora más perfecta: fría, letal, incapaz de temblar... hasta que le entregaron a Mateo Rojas, un prisionero con el lobo sellado y una sangre de Alfa que nadie debía reconocer.
El primer roce de su aroma lo cambió todo.
Mateo no era solo otro cautivo. Era su pareja destinada. Y Velasco lo supo antes que ellos.
Atados por un juramento de sangre y castigados con acónito cada vez que intentan desobedecer, Lía y Mateo deberán sobrevivir a la manada que los quiere rotos, a una atracción que duele como una herida abierta y a una verdad capaz de incendiar todos los territorios: ella no nació para servir al rey oscuro, y él no nació para arrodillarse.
Cuando la luna reclame lo que es suyo, Lía tendrá que elegir entre seguir siendo el arma de un Alfa cruel... o marcar al enemigo que su loba ya reconoció como hogar.
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Capítulo 21
Capítulo 21: El río negro
Mateo bajó al barranco con las manos sangrando.
No recordaba cuándo había soltado a Nico. No recordaba si los guardias de Sierra Oscura seguían gritando arriba, ni si alguna flecha de plata había vuelto a silbar cerca de su cabeza. Todo se había reducido a una sola cosa: el río negro, abajo, tragándose la noche, y el lazo del vínculo que seguía tirando desde algún punto imposible.
Kaia estaba viva.
No lo sabía por esperanza. La esperanza era una mentira elegante y él ya no tenía espacio para mentiras. Lo sabía porque la cuerda entre ambos no se había roto. Estaba fina, dolorosa, casi silenciosa, pero aún le atravesaba el pecho con cada latido.
—Mateo —jadeó Nico detrás de él—. Si bajas así, te vas a matar.
Mateo clavó los dedos en una grieta de la roca y siguió descendiendo.
—Entonces no mires.
—Qué plan tan maduro.
La voz de Nico temblaba, y no solo por el esfuerzo. Había sangre en su pierna, en su camisa, en el aire alrededor de él. Aun así, bajaba. De alguna forma, ese idiota siempre encontraba energía para seguir cuando cualquiera con sentido común ya se habría quedado tirado.
Mateo no podía agradecerle. No todavía.
Si abría la boca para algo que no fuera respirar, quizá empezaría a gritar.
El barranco estaba húmedo, lleno de raíces y piedras sueltas. La víspera de luna nueva dejaba la noche demasiado oscura, y el juramento de sangre seguía castigando cada metro que los alejaba de la custodia de Velasco. El acónito dormido en su sangre despertaba en oleadas, subiéndole por la espalda como fuego verde.
Su wolf empujaba contra la piel.
*Encuéntrala. Nuestra. Ahora.*
—Lo sé —susurró Mateo.
La respuesta salió como gruñido.
Nico lo oyó.
—Si vas a empezar a hablar solo, avísame para fingir que es normal.
Mateo no contestó.
Abajo, el río golpeaba las piedras con un ruido profundo, como una garganta enorme. Olía a agua helada, lodo, hojas rotas, plata de la flecha que había atravesado a Kaia y sangre.
Su sangre.
Mateo casi cayó los últimos dos metros.
Llegó a la orilla de rodillas. El frío le atravesó los pantalones, pero no lo sintió. Metió las manos en el agua y buscó, olfateando como un animal desesperado. El scent de Kaia aparecía y desaparecía, cortado por la corriente: lluvia, laurel, flor blanca, acónito, miedo.
—¡Kaia! —rugió.
El río respondió con espuma.
El vínculo tiró a la izquierda.
Mateo se levantó tan rápido que el mundo se le fue de lado. Nico lo alcanzó, respirando con dificultad.
—¿Dónde?
Mateo señaló una curva estrecha donde ramas y basura del río se acumulaban contra una roca. Había tela negra enredada allí.
Por un segundo, su corazón dejó de ser corazón.
Se lanzó al agua.
El frío fue brutal. Le cerró los pulmones, le mordió la herida del hombro, intentó arrastrarlo bajo la corriente. Mateo hundió las garras a medias en el lecho de piedra. La transformación quiso subirle por los brazos, pero no había espacio, no había fuerza, no había tiempo.
Alcanzó la chaqueta de Kaia.
Tiró.
No se movió.
—¡Nico!
—¡Ya voy, ya voy!
Nico se metió al agua con una maldición que habría ofendido a tres generaciones de Alphas. Entre los dos soltaron las ramas. Kaia salió de la corriente boca abajo, el cuerpo pesado, el cabello pegado al rostro.
No respiraba.
Mateo la llevó a la orilla y la puso sobre la grava.
—No —dijo.
No era una súplica.
Era una orden al mundo.
Nico cayó junto a ellos, empapado.
—Mateo...
—Cállate.
Mateo limpió agua y sangre de la boca de Kaia. Tenía la piel helada, los labios azulados, una herida de plata en el hombro y moretones oscuros subiendo por las costillas. Presionó el pecho. Una vez. Otra. Otra.
Nada.
El lazo del vínculo se estremeció, débil.
Vive.
Mateo inclinó la cabeza y respiró por ella.
Lluvia. Laurel. Río. Sangre.
Otra presión.
—Me oyes, Kaia. Claro que me oyes. Siempre oyes cuando digo algo que puedes contradecir.
Nico se cubrió la boca con una mano. No hizo chistes. Eso fue peor que cualquier llanto.
Mateo volvió a presionar.
—No puedes tirarme de una montaña y después morirte. No puedes hacerme correr cuatro infiernos para dejarme aquí. Te lo prohíbo.
Kaia tosió.
El sonido fue feo, húmedo, mínimo.
Mateo casi se partió en dos.
La giró de lado mientras ella expulsaba agua negra. Su cuerpo se convulsionó, buscando aire. Mateo le sostuvo la cabeza, los hombros, todo lo que podía sostener sin romperla.
—Eso es —susurró—. Eso es, respira. Maldita seas, respira.
Los ojos de Kaia no se abrieron, pero su wolf rozó el vínculo como una garra cansada.
*Tarde.*
Mateo soltó una risa rota.
—Sí. Soy pésimo.
Nico se dejó caer sentado en la grava, temblando.
—Está viva.
Mateo apretó a Kaia contra su pecho.
—Sí.
No era suficiente. Estaba viva, pero olía a plata, acónito y hueso golpeado. La herida del hombro seguía sangrando lento, y su respiración se enganchaba como tela en una espina. Necesitaban healer. Refugio. Fuego. Distancia.
Necesitaban un milagro, y Mateo odiaba necesitar cosas.
Entonces el viento cambió.
Tres scents llegaron desde la ladera opuesta: sal limpia, cedro claro, cuero de patrulla y algo que Mateo no había olido en años sin sentir un cuchillo en el pecho.
Silver Crest.
Nico levantó el cuchillo.
Mateo enseñó los dientes.
Cuatro wolves aparecieron entre los árboles, con chaquetas oscuras y el crest plateado en el pecho. El primero bajó la linterna. Era un hombre de unos cuarenta, mandíbula cuadrada, ojos abiertos como si acabara de ver a un muerto.
—Por la Diosa —murmuró—. Mateo.
El nombre, dicho con acento de casa, le dolió de una forma nueva.
Mateo sujetó a Kaia con más fuerza.
—Si la tocan sin permiso, mueren.
Uno de los patrulleros inhaló y se tensó al reconocer el scent de Sierra Oscura en ella.
—Es una Enforcer enemiga.
Mateo levantó la mirada.
Su aura salió antes que la voz. No completa, no sana, pero suficiente para que el patrullero bajara la cabeza.
—Es mía para proteger.
El líder de la patrulla miró a Kaia, luego a Mateo. Algo cambió en su rostro: shock, duelo, reconocimiento.
No se arrodilló.
Inclinó la cabeza.
—Entonces denos permiso para salvarla, Alpha Rojas.
Mateo sintió a Nico quedarse inmóvil a su lado.
Alpha Rojas.
La identidad que Velasco había usado como amenaza. La sangre que Soria había querido romper. La casa a la que Mateo había temido volver porque no sabía qué quedaba de él.
Miró a Kaia.
Ella respiraba apenas, y aun así el vínculo seguía allí, obstinado.
Por primera vez, Mateo no negó nada.
—Sálvenla —dijo.
La patrulla se movió de inmediato. Una healer joven sacó vendas térmicas, otra preparó una inyección sin acónito. Mateo no soltó la mano de Kaia mientras trabajaban.
Cuando la subieron a la camilla, ella abrió los ojos un segundo.
No enfocó.
Pero sus dedos buscaron los de él.
Mateo los tomó.
—Estoy aquí.
Kaia intentó hablar. Solo salió aire.
El vínculo tradujo el resto: no me dejes.
Mateo se inclinó hasta que su frente tocó la de ella.
—Nunca más.
Detrás de ellos, la patrulla de Silver Crest abrió camino hacia la costa.
Arriba, muy lejos, Sierra Oscura seguía aullando.
Pero por primera vez desde que Mateo había sido arrastrado a una celda, esos aullidos sonaron detrás.
Porque lo que ellos no ven es que una niña de 6 años no tiene poder para decidir si quiere no convertirse en una asesina....
Ah pero buenos para exigir A los demás