Elena Rossi, la princesa consentida de los Rossi, tras la disolución de la trinidad, busca un nuevo comienzo académico en Manhattan. Sin embargo, el pasado de los Rossi es un lazo de sangre imposible de cortar, y las mafias locales no tardan en rastrear sus pasos en Nueva York.
Para sobrevivir en este nueva etapa de su vida, Elena no estará sola. Cuenta con el amparo constante de Christopher Sterling, un frío y letal custodio profesional encargado de su seguridad perimetral. En medio de balaceras en callejones húmedos y persecuciones a alta velocidad, la estricta relación jerárquica y el protocolo de un contrato laboral por su padre empiezan a desmoronarse.
Entre la adrenalina del peligro y la soledad de las noches, un sentimiento profundo e indomable transformará a la heredera y a su sombra en un equipo indestructible y un amor que atravesará todas las barreras que les pondrá la vida en el camino.
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Capitulo 18
El viaje de regreso al departamento se sintió como un verdadero oasis en medio de la tormenta que sabíamos que tarde o temprano iba a estallar. Christopher manejaba con esa tranquilidad que solo da el saber que las cosas se hicieron bien, pero su mano derecha no se despegaba de la mía, acariciando mis dedos con una suavidad que me hacía olvidar que era parte de una de las familias más poderosas y peligrosas de Illinois
Al llegar al piso alto, la intimidad nos volvió a recibir como un refugio sagrado. Christopher dejó las llaves y la tableta sobre la barra de granito negro, se quitó el abrigo y me arrastró hacia su cuerpo en un movimiento fluido, atrapando mis labios en un beso profundo, lleno de esa ternura y ese amor que ya no teníamos ninguna necesidad de contener
— Te amo, Elena — me susurró contra la boca, acunando mi rostro con sus manos grandes y tibias, dándome pequeños besos en las mejillas y en la frente que me hacían sentir la mujer más protegida del universo — Me vas a volver loco con lo inteligente que sos. El informe de las patentes ya está encriptado y listo para que tu hermano Franco lo revise en Chicago, pero ahora solo quiero concentrarme en nosotros
— Yo también te amo, Christopher — le respondí, colgándome de su cuello y disfrutando del calor de su pecho — Por fin podemos respirar un poco. Mi familia piensa que estoy acá solamente rindiendo parciales de microeconomía, y en parte es verdad, pero tenerte a mi lado de esta manera hace que cualquier esfuerzo valga la pena
Nos quedamos abrazados en el living durante un largo rato, hamacándonos al ritmo de una música suave que salía de los parlantes de la sala, demostrándonos todo el afecto que nos habíamos estado guardado en el pecho durante meses de silencio profesional. Sin embargo, mientras mi cabeza descansaba en su hombro, la mente analítica que heredé de los Rossi no paraba de dar vueltas sobre los nombres manuscritos de las licencias vencidas que habíamos copiado en el distrito este. Había un cabo suelto en todo esto, un detalle legal que no terminaba de encajar en los movimientos logísticos de los Moretti y tenía que averiguar que era
El sábado por la mañana nos encontró en la misma sintonía de romance y complicidad. Christopher preparó el café en la cocina y nos sentamos juntos en el sillón grande, con las piernas entrelazadas y compartiendo la lectura de los apuntes para la clase del lunes
Pero la paz se interrumpió cuando mi teléfono personal vibró sobre la mesa ratona, mostrando un mensaje manuscrito digitalizado que me enviaba Franco desde la central de Chicago. Al abrir el archivo, mi rostro se puso serio y Christopher lo notó de inmediato, dejando la taza de café de lado para pasar su brazo por encima de mis hombros, pegándome a su cuerpo para darme seguridad
— ¿Qué pasa, mi amor? ¿Qué te mandó tu hermano? — me preguntó con un tono de preocupación en su voz grave
— Franco cruzó los datos de las patentes que le mandamos anoche con los registros históricos de la aduana central — le expliqué, apoyando la cabeza en su pecho mientras le mostraba la pantalla — Las firmas de transporte de Chelsea no están registradas a nombre del viejo testaferro de Don Moretti. El nuevo titular de las acciones es un pariente directo que asumió el control de los activos clandestinos hace menos de un año. Se llama Santino Moretti
Christopher se tensó sutilmente, y en sus ojos oscuros apareció un destello de memoria que me hizo levantar la cabeza para mirarlo fijo. El nombre de Santino no era una novedad absoluta para mí, un recuerdo borroso de mi pasado en Illinois se activó de golpe en mi mente, transportándome a un dia de hace dos años, cuando me había escapado sola de la mansión en el tiempo que me sentía celosa por la presencia de Isabella y me fui sin custodia, terminando en un bar periférico de la zona norte
— Santino... — murmuró Christopher, recorriéndome el brazo con la mano para calmarme — Es el sobrino de Don Moretti. El que se salvó de la caída de la cúpula porque se mantenía al margen de los galpones de la aduana vieja
— Exacto, el sobrino — afirmé, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el viento frío de Nueva York — Ese dia en el bar, él se me acercó y me nombró a mi familia con un resentimiento que me quedó grabado a fuego. Solo fue un encuentro de unos minutos, pero ahora todo tiene sentido, Christopher. Mi padre me mandó a Manhattan pensando que me alejaba del peligro porque Don Moretti ya estaba fuera del juego, pero no sabía que el sobrino estaba armando su propia estructura acá en el este para buscar venganza por lo que le hicimos a su tío
Christopher me tomó de la barbilla con suavidad, obligándome a mirarlo a los ojos para transmitirme toda la tranquilidad que necesitaba. A pesar de la revelación, el amor que nos unía seguía siendo el escudo más fuerte adentro de ese piso alto
— Escuchame bien, Elena — me dijo con una firmeza absoluta, dándome un beso corto en los labios para sellar sus palabras — No importa quién esté detrás de las firmas de transporte ni cuánta sed de venganza tenga ese tipo. Santino Moretti cometió el peor error de su vida al venir a buscarte a Nueva York. Pensó que eras la consentida desprotegida de la casa, la chica que solo venía a cursar materias a la facultad, pero no sabe que ahora nos movemos juntos y que no voy a dejar que se acerque a vos ni a tres metros de distancia
— Lo sé, mi vida, confío ciegamente en vos — le respondí, abrazándolo fuerte y aspirando el aroma de su piel que me daba una paz increíble — Pero Santino es el que armó la emboscada en el muelle sur. No quería robar mercadería ni revisar balances contables, quería golpearle el corazón a mi padre Fabián atacando a la protegida de los Rossi fuera de su territorio. Fuera de mi horario de la universidad, tenemos que encontrar la forma de frenarlo antes de que intente mandar otra cuadrilla a la manzana del campus
Nos pasamos el resto de la tarde analizando los perfiles comerciales de Santino Moretti que Franco nos iba mandando desde las oficinas de Chicago. El sobrino del viejo Don había sido inteligente: usaba las licencias de exportación de Chelsea como una fachada legal perfecta para lavar los activos de la costa este, manteniéndose oculto detrás de abogados y contadores de segunda línea
Pero mi capacidad para leer los balances manuscritas nos daba una ventaja enorme, encontramos tres desvíos de fondos que iban directos a una cuenta corriente a su nombre en un banco del sector oeste de Manhattan
Cuando la noche cayó sobre los rascacielos, decidimos dejar de lado las computadoras y las hojas de anotaciones para recuperar el espacio de intimidad que tanto nos alimentaba el alma
Christopher preparó una cena liviana y la comimos en la barra, compartiendo risas y anécdotas de nuestra infancia que nunca nos habíamos contado por culpa de los malditos protocolos de seguridad de la firma. El amor que sentíamos el uno por el otro se había transformado en el motor diario para enfrentar la realidad de la herencia familiar
Después de cenar, Christopher me guió hacia el living, donde las luces de la ciudad se reflejaban en los vidrios grandes. Me tomó de las manos, mirándome con una devoción hermosa que me llenó los ojos de lágrimas de felicidad
— Mañana es domingo y no tenés que ir al campus, Elena — me susurró, rodeándome la cintura con sus brazos y pegando su cuerpo al mío con una pasión desbordante — Vamos a dejar que los hombres de la cuadrilla norte cuiden el perímetro y nosotros nos vamos a tomar todo el día para nosotros. Te amo más que a mi propia vida, y lo único que me importa en este mundo es que seas feliz y que puedas terminar tus estudios en paz
— Yo también te amo con toda mi alma, Christopher — le contesté, levantándome en puntas de pie para entregarme a un beso apasionado, largo y profundo que nos desconectó por completo del peligro exterior
Nos quedamos juntos en la comodidad del sillón, demostrándonos nuestro amor con caricias eternas y palabras dulces, sabiendo que Santino Moretti representaba una amenaza real que tendríamos que resolver en los próximos días, pero con la certeza absoluta de que el equipo que habíamos formado era indestructible
El sobrino de Don Moretti buscaba venganza por el pasado de Chicago, pero en Nueva York se iba a encontrar con una Rossi analítica y un protector enamorado que estaban dispuestos a defender su amor y su tranquilidad por encima de cualquier guerra de familias.