La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 21: La carnicería en el desfiladero helado
El sonido del cuerno de guerra del Norte rasgó la densa cortina de la tormenta, desatando el trueno que el valle helado había estado esperando. Desde las crestas de la cordillera, el avance de la facción usurpadora parecía una mancha de alquitrán extendiéndose sobre la nieve inmaculada. Cegados por la ventisca y confiados en su abrumadora superioridad numérica, los invasores mordieron el anzuelo con una torpeza militar absoluta. Las unidades de vanguardia del sur, actuando como el cebo perfecto diseñado por su propio monarca, se replegaron de forma estratégica y ordenada, atrayendo a las huestes enemigas directamente hacia la garganta del desfiladero.
El embudo natural se había cerrado. El plan táctico del Rey extranjero funcionaba con una precisión quirúrgica.
—¡Ahora! __ grito Theo Valerius, su voz grave superando el aullido del viento racheado.
Desatado como la auténtica fiera del Norte, el Comandante Supremo hundió las espuelas en los flancos de su semental negro y lideró la carga. Detrás de él, el suelo tembló cuando cientos de jinetes de la caballería pesada rompieron la marcha en un galope destructor. El choque contra las primeras líneas enemigas fue una carnicería instantánea. El peso bruto de los caballos acorazados y el acero imperial aplastaron la vanguardia usurpadora, rompiendo sus escudos como si fueran ramas secas y tiñendo la nieve de un carmín espeso y humeante. Theo movía su mandoble con una furia rítmica y letal; cada arco de su hoja cercenaba miembros y abría brechas infranqueables entre las filas enemigas, convirtiéndose en el epicentro de la destrucción en el desfiladero.
En mitad de ese caos de gritos, sangre y metal, la batalla forzó una proximidad brutal. Theo se vio rodeado por un flanco secundario de lanceros enemigos que pretendían derribar a su montura, pero antes de que la primera lanza pudiera tocar al semental, una hoja recta cruzó el aire con una velocidad asombrosa, degollando al atacante.
Era el Rey extranjero. El monarca, vistiendo sus insignias de plata, luchaba a pie entre la nieve batida, moviéndose con una destreza soberana y quirúrgica.
Durante los minutos más sangrientos del enfrentamiento, Theo y el Rey combatieron codo a codo, espalda contra espalda, en una sincronización perfecta nacida del instinto de supervivencia. El Comandante del Norte aportaba la fuerza devastadora de su dinastía, mientras el monarca del sur cubría sus puntos ciegos con desvíos precisos y estocadas letales, protegiendo el flanco del general con una valentía y un desprecio por su propia vida que no correspondían a un soberano cobarde en el exilio. Al ver al Rey sangrar en la primera línea, defendiendo el territorio imperial como si fuera el suyo propio, las últimas fisuras del orgullo de Theo se cerraron. El respeto del General de Hierro hacia el hombre que pretendía a su hermana se consolidó por completo en el filo de la batalla. El intruso se había ganado el derecho a reclamar su lugar.
Mientras la matanza se recrudecía en el fondo de la garganta de piedra, la tensión se trasladaba a la retaguardia alta.
Desde un promontorio fortificado que dominaba el desfiladero, la estratega —la hermana mayor del Rey— permanecía inmóvil junto a los mensajeros del Imperio. Con los mapas protegidos bajo una lona y los ojos fijos en la geografía del combate, la mujer coordinaba los refuerzos y las señales de los ballesteros con una frialdad analítica impecable. Enviaba contingentes a tapar las brechas y ordenaba repliegues con una precisión táctica que mantenía el control del tablero.
Sin embargo, detrás de esa fachada de hielo aristocrático, su naturaleza humana libraba su propia guerra. Tenía el corazón en un puño. Cada vez que la densidad de la tormenta de nieve aumentaba o que el humo de las cargas de infantería nublaba el fondo del desfiladero, sus ojos grises buscaban desesperadamente un solo objetivo en el campo de batalla: el imponente pelaje blanco de la capa militar de Theo Valerius. El temor a perder de vista esa figura colosal, el miedo genuino a que la fiera del Norte cayera bajo el número de los enemigos, la consumía por dentro de una forma que jamás había experimentado. Su mente dictaba la estrategia del Imperio, pero toda su alma estaba abajo, unida irremediablemente al destino del guerrero de hierro que abría paso a golpe de mandoble entre la nieve ensangrentada.