✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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No me arrepiento
Tres días después de que la sangre y el hielo rúnico limpiaran el salón principal, el sol de la primavera rompió definitivamente las nubes de ceniza sobre las Tres Terrazas de Aethelgard. Las campanas de bronce de la capital ya no sonaban para alertar de ataques o muertes; repicaban con una melodía alegre que se extendía desde los barrios bajos de los herreros hasta la cima de la montaña sagrada.
El Nido del Fénix estaba abarrotado de una multitud que nunca antes había pisado los salones imperiales. Los soldados de la infantería del sur, con sus armaduras remendadas pero con las espadas rúnicas de Osoria al cinto, permanecían formados en dos líneas perfectas a lo largo del pasillo de la alfombra roja. Junto a ellos, los delegados y señores feudales del este observaban con respeto.
En el estrado principal, frente al trono, permanecía de pie la princesa Lysandra. Vestía un imponente traje de gala blanco con bordados de hilo de oro puro que imitaban las alas de un fénix resurgiendo de las cenizas. Su cabello plateado caía suelto, coronado únicamente por una fina diadema de oro que acababa de recibir de manos del sumo sacerdote.
Lysandra alzó la mirada verde hacia la multitud, con una serenidad majestuosa que hizo que todo el salón guardara un silencio reverente.
—Mi primera orden como reina legítima de Aethelgard —la voz de Lysandra resonó clara, firme y musical, llenando cada rincón— es abolir las viejas leyes de la corte que dividían a nuestro pueblo por su cuna. A partir de hoy, las espadas de este imperio no pertenecerán a los títulos de los nobles corruptos, sino a quienes estén dispuestos a sangrar por su tierra. Y para guiar esa fuerza, nombro a la general Kaelith como Comandante Suprema de todas las fuerzas unidas del imperio.
Un estallido de vítores y aplausos ensordecedores sacudió el palacio. Kaelith, dio un paso al frente desde la vanguardia, avanzó por la alfombra roja. Llevaba una túnica de gala negra y plata que cubría sus hombros musculosos, con la cicatriz de su ceja izquierda visible con orgullo. Se arrodilló frente a la nueva reina, colocando su mano derecha sobre el corazón.
Lysandra se inclinó hacia ella, tomó la espada imperial rúnica y apoyó el plano de la hoja sobre el hombro de la general. Cuando sus miradas se cruzaron por un breve segundo en mitad del protocolo, los ojos oscuros de Kaelith brillaron con una devoción que iba mucho más allá de un simple rango militar. El juego de las apariencias falsas había muerto, y la verdad de sus almas estaba lista para reclamar su propia recompensa en la intimidad de la noche.
Cuando la medianoche cayó sobre la capital, los banquetes oficiales y los ruidos de la corte finalmente se desvanecieron. Los aposentos reales de la reina estaban sumidos en una penumbra cálida, iluminados únicamente por el resplandor suave de una docena de velas perfumadas con esencia de rosas y el fuego constante de la chimenea.
Lysandra estaba de pie frente al gran balcón que miraba hacia los cañones del sur, ya libre de la pesada corona de oro. Vestía solo un camisón translúcido de color blanco que dejaba ver la silueta esbelta de su cuerpo bajo la luz de la luna.
La puerta se abrió con un leve susurro. Kaelith entró en la habitación, cerrando el cerrojo de hierro Detrás de ella. Ya no llevaba las placas de metal ni las ropas rígidas de la gala; vestía una túnica de lino suave y oscuro, suelta en el pecho.
Lysandra giró la cabeza despacio. Al ver a comandante, una sonrisa suave y honesta, desprovista de cualquier máscara diplomática, iluminó su rostro plateado.
—Pensé que los ministros de Osoria te retendrían en la sala del consejo durante toda la noche, mi comandante —susurró la reina, extendiendo los brazos hacia ella.
Kaelith cruzó la distancia de la habitación con pasos lentos pero decididos. No había prisa en sus movimientos, solo el peso de un deseo acumulado que finalmente tenía un espacio seguro para desatarse. Se detuvo a centímetros de Lysandra, permitiendo que el aroma dulce de las rosas la envolviera por completo.
—Les dije que mi primera y única obligación militar esta noche era proteger a mi reina en sus aposentos —respondió Kaelith con su voz rasposa, pero cargada de una ternura que hizo que el pecho de Lysandra se elevara en un suspiro.
La comandante levantó sus manos, acunando el rostro de la reina con una delicadeza infinita. Sus dedos delgados delinearon los pómulos pálidos de Lysandra antes de deslizarse hacia su nuca, enredándose en los mechones plateados de su cabello suelto. Lysandra cerró los ojos, inclinándose hacia el calor del contacto, perdiendo toda la rigidez del trono en un segundo.
—Bésame, Kaelith —rogó la reina en un susurro desesperado contra sus labios—. Hazme olvidar que soy la gobernante de este imperio. Hazme sentir que soy tuya, solo tuya.
Kaelith no la hizo esperar. Se inclinó y unió sus labios con los de Lysandra en un beso lento, profundo y húmedo, que comenzó con una suavidad reverente pero que rápidamente se transformó en un torbellino de pasión. Las lenguas se buscaron con un hambre vieja, explorando las bocas de la otra en un juego de posesión y entrega. Lysandra soltó un leve gemido entre los labios de la general, subiendo sus manos delgadas hacia los hombros de Kaelith, aferrándose a su piel como si fuera su única isla en mitad de un océano de fuego.
El beso se prolongó, volviéndose más ardiente con cada respiración compartida. Kaelith rompió el contacto labial solo para descender por la mandíbula de la reina, trazando un camino de besos calientes y húmedos por su cuello largo, deteniéndose en el espacio blando de su clavícula. Lysandra arqueó la espalda hacia adelante, soltando un jadeo agudo cuando los labios callosos de la militar le rozaron la piel sensible, enviando un escalofrío que le erizó todo el cuerpo.
—Kaelith... ah... —los gemidos de Lysandra empezaron a llenar el silencio de los aposentos, rompiendo la solemnidad del palacio con la música del deseo puro.
Con manos temblorosas pero expertas en los juegos previos, Kaelith deslizó los finos tirantes de seda blanca del camisón de la reina hacia abajo, dejando que la tela suave cayera al suelo de madera, dejando el cuerpo desnudo y pálido de Lysandra completamente expuesto bajo el resplandor de las velas. La comandante se detuvo un instante para contemplarla, con los ojos oscuros encendidos por una mezcla de adoración y un respeto.
—Eres perfecta, mi reina —susurró Kaelith, con la voz rota por la emoción—. Cada rincón de tu piel es el único imperio por el que vale la pena luchar.
—Entonces tómalo —respondió Lysandra, con la mirada verde fija en los ojos de su soldado—. No dejes que quede una sola pulgada de mi cuerpo que no conozca el calor de tus manos.
Lysandra extendió sus dedos delgados y despojó a Kaelith de su túnica de lino, dejando al descubierto su torso esculpido por los entrenamientos, con sus hombros anchos y las cicatrices del frente que la princesa ya conocía de memoria. Los cuerpos desnudos de ambas mujeres se encontraron en un abrazo ardiente, pegando la piel fría de la noble contra el calor abrasador de la guerrera.
Kaelith tomó a la reina en sus brazos fuertes, levantándola del suelo con una facilidad pasmosa, y la recostó con una suavidad extrema sobre las sábanas de la gigantesca cama real. Se posicionó sobre ella, cuidando de no dejar caer todo su peso físico, pero buscando el máximo contacto carnal entre sus pechos y sus vientres.
Las caricias se volvieron más íntimas. Las manos grandes de Kaelith bajaron por los costados de la reina, delineando la curva de su cintura estrecha antes de deslizarse hacia sus muslos tersos, separándolos con una lentitud que hizo que Lysandra apretara los dientes, presa de una anticipación febril.
Los dedos de la general comenzaron a jugar en la zona más sensible de la reina, alternando roces suaves con presiones lentas que humedecieron de inmediato la intimidad de Lysandra. La reina soltó un gemido prolongado, un sonido húmedo y roto que rebotó en las paredes de los aposentos, mientras enredaba sus dedos con fuerza en las sábanas para no perder el control.
—Kaelith, por favor... más... no me hagas esperar —rogó la reina, con las mejillas sonrojadas por la fiebre del deseo y la respiración completamente cortada.
—Dime qué quieres de mí, Lysandra —susurró la general en su oído, mordisqueándole sutilmente el lóbulo de la oreja, provocando que la noble temblara bajo su cuerpo.
—Te quiero a ti... dentro de mí... todo lo que eres —confesó la reina, abriéndose por completo, entregándole su pureza y su orgullo a la única mujer que poseía la llave de su alma.
Kaelith se deslizó hacia abajo por el colchón. Sus labios continuaron adorando los cenos firmes y el abdomen plano de Lysandra, dejando un camino de besos húmedos antes de descender hacia el centro de su calor. Con un movimiento seguro y una delicadeza extrema, los dedos de la general se hundieron en la intimidad húmeda de la reina, iniciando un ritmo constante, pausado al principio y luego más profundo y acelerado, que hizo que Lysandra soltara un grito ahogado de puro placer.
Lysandra se entregó por completo al ritmo que su soldado le dictaba en la cama, arqueando las caderas hacia arriba, buscando profundizar el contacto físico, sintiendo que el fuego de la herrería regresaba para quemar sus venas por dentro de una forma deliciosa. Los gemidos y los nombres susurrados entre jadeos llenaron la penumbra de la habitación mientras las dos mujeres se movían juntas en una danza perfecta, sellando su pacto con cada caricia, cada roce de piel y cada diálogo de amor desesperado.
Cuando el clímax finalmente las alcanzó, fue como una explosión de luz mágica que les sacudió los cuerpos. Lysandra se aferró al cuello de Kaelith con fuerza, enterrando el rostro en su hombro mientras soltaba un último gemido largo y tembloroso, sintiendo que su alma se fundía por completo con la de su soldado. Kaelith la rodeó con sus brazos fuertes, hundiéndose contra ella, dejándose llevar por la marea de la satisfacción mutua.
Horas más tarde, la madrugada pintó el horizonte de un color azul pálido a través del ventanal del balcón. El fuego de la chimenea se había reducido a unas brasas suaves que daban una luz tenue a la habitación.
Lysandra descansaba plácidamente la cabeza sobre el pecho desnudo de Kaelith, escuchando el latido constante, fuerte y seguro de su corazón. La general la rodeaba con un brazo, acariciándole el hombro pálido con movimientos circulares de sus dedos grandes, disfrutando de la paz inmensa que finalmente reinaba entre ambas.
—Mael tenía razón en algo —habló Lysandra en un susurro, rompiendo el silencio con una pequeña sonrisa—. Aléjate de las alturas, porque los soldados que caen desde el palacio no dejan rastro.
Kaelith soltó una pequeña risa seca y le besó la coronilla del cabello plateado suelto.
—¿Y te arrepientes de haber caído conmigo, mi reina?
Lysandra levantó la cabeza lentamente para mirarla directamente a los ojos oscuros. Su mirada verde brillaba con una felicidad honesta y eterna, la mirada de una mujer que había ganado su propia guerra personal contra el mundo entero.
—No me arrepiento de nada —respondió la reina con firmeza, inclinándose para darle un beso corto, suave y dulce en los labios—. Hoy vamos a gobernar este imperio juntas.
Kaelith sonrió, entrelazando sus dedos con los de la reina sobre las sábanas. Las promesas se habían transformado en un tratado de libertad eterna escrito con fuego, piel y acero rúnico en la cima de las Torres de Marfil de Aethelgard.