En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 21
El aire en la suite principal se volvió denso, una masa invisible que me oprimía los pulmones mientras procesaba las palabras de Julian. Marcus estaba libre. El hombre que había orquestado mi oscuridad, el que había convertido mi apellido en una moneda de cambio, venía hacia nosotros. Miré mis manos; estaban temblando. Irónicamente, ahora que podía ver el mundo, me sentía más vulnerable que cuando solo podía escucharlo.
Alexander se levantó del sofá con una lentitud que daba más miedo que cualquier estallido de furia. Su figura recortada contra la penumbra de la habitación parecía la de un dios antiguo preparándose para una carnicería. No dijo nada al principio, pero el siseo de su respiración era como el de un depredador que acaba de detectar el rastro de su presa.
—Sal de aquí, Julian. Prepara el equipo. Quiero ojos en cada rincón de la costa y el perímetro del helipuerto reforzado —ordenó con una voz que era puro hielo.
Cuando la puerta se cerró, Alexander se giró hacia mí. Sus ojos azules, que momentos antes habían brillado con una ternura casi insoportable mientras yo curaba su brazo, ahora eran dos láminas de acero. Se acercó a mí y me tomó del rostro con una fuerza que no llegaba a doler, pero que exigía mi atención absoluta. El aroma a sándalo y pólvora que emanaba de su piel me envolvió, despertando en mí esa mezcla de terror y deseo que solo él lograba provocar.
—No voy a permitir que te toque, Elina —susurró, y su aliento cálido rozó mis labios—. Marcus ha cometido el error de creer que el dinero y las influencias pueden protegerme de lo que le voy a hacer si se atreve a poner un pie en esta isla.
—Alexander, esto se está saliendo de control —dije, apoyando mis manos en su pecho, sintiendo el latido rítmico y potente que martilleaba bajo su camisa táctica—. No podemos convertir este lugar en un campo de batalla permanente.
—Este lugar dejó de ser un refugio en el momento en que decidieron que tú eras mi punto débil —respondió él, y su mano bajó por mi cuello hasta mi hombro, apretando con una posesividad obsesiva—. Pero se equivocan. Eres mi fuerza. Y por eso, voy a terminar con esto esta misma noche.
Me atrajo hacia él en un beso que no tenía nada de romántico. Era una colisión de rabia, miedo y una sensualidad cruda que parecía alimentarse del peligro inminente. Mis dedos se enredaron en su cabello, tirando de él mientras sus labios reclamaban los míos con una voracidad que me dejó sin aliento. Alexander me pegó contra la pared de la suite, y sentí la dureza de su cuerpo contra el mío, un contraste salvaje con la suavidad del vestido de seda que llevaba. Cada caricia suya era una marca, una forma de decirme que, sin importar quién viniera, yo le pertenecía a él.
Se apartó solo lo suficiente para mirarme a los ojos, su mirada recorriendo cada rincón de mi rostro como si quisiera grabarlo en su mente antes de la tormenta. Sus manos bajaron por mis caderas, subiendo un poco la tela de mi vestido, y sentí el calor de su piel contra la mía, un fuego que me hacía olvidar que afuera había hombres armados buscando nuestra ruina.
—Quédate aquí —ordenó, su voz volviéndose de nuevo ese barítono gélido de mando—. No salgas de esta habitación por ningún motivo. Julian se quedará en la puerta trasera.
—Alexander, no puedes enfrentarte a él solo.
—No estoy solo. Tengo el poder de un imperio y el odio de un hombre al que intentaron quitarle lo único que ama. Eso es más que suficiente.
Salió de la habitación y escuché el sonido metálico de la cerradura electrónica. Estaba atrapada de nuevo, pero esta vez, la prisión era para mi protección. Me acerqué al balcón, ocultándome tras las cortinas. La noche caribeña era hermosa y traicionera; la luna se reflejaba en el mar, creando un camino de plata que parecía conducir directamente hacia nosotros. A lo lejos, vi una luz intermitente. No era un barco de suministros. Era una señal.
Pasaron las horas y el silencio en la villa se volvió insoportable. Mi visión, todavía sensible, captaba sombras que se movían entre las palmeras. Podía oír el eco lejano de voces a través de los comunicadores de los guardias. Mi corazón latía con una fuerza que me dolía en el pecho. Me senté en la cama, abrazando mis rodillas, inhalando el rastro de Alexander que aún quedaba en las sábanas. La sensualidad de nuestra última hora juntos todavía vibraba en mis nervios, un recordatorio de que, en medio de la muerte, la vida siempre intenta abrirse paso.
De repente, una explosión sacudió la villa. El cristal del balcón vibró y un resplandor anaranjado iluminó la habitación. Me puse en pie de un salto, con el pánico cerrándome la garganta. Gritos, disparos y el sonido ensordecedor de un helicóptero acercándose llenaron el aire. Alexander estaba afuera, en medio de ese infierno.
Corrí hacia la puerta, golpeándola con desesperación.
—¡Julian! ¡Abre! ¡Dime qué está pasando! —grité, pero nadie respondió. Solo escuché el estruendo del combate.
Me giré hacia el balcón. Marcus no venía a negociar ni a cobrar deudas; venía a destruir todo lo que Alexander representaba. Vi sombras corriendo por la arena, ráfagas de luz que cortaban la oscuridad. Y en medio de todo, una figura que reconocería en cualquier lugar: Alexander. Estaba cerca del muelle, moviéndose con una agilidad letal, su figura proyectando una sombra alargada sobre la arena iluminada por las llamas.
Vi cómo una lancha rápida chocaba contra el muelle y hombres bajaban de ella. Marcus estaba entre ellos. Lo vi a través de mis nuevos ojos: su rostro, antes elegante, ahora era una máscara de desesperación y malicia. Llevaba un arma en la mano y gritaba órdenes que el viento se llevaba.
Alexander no retrocedió. Se quedó allí, esperando, una columna de voluntad inquebrantable. El contraste sensorial era abrumador: el olor a quemado, el sonido metálico de las balas, el calor sofocante de los incendios y la visión de los dos primos enfrentándose por fin sin máscaras.
Alexander levantó su mano, dando una señal. De repente, las luces de la isla se apagaron por completo. Solo quedó la luz de la luna y el resplandor de los incendios. Fue entonces cuando comprendí su estrategia. Él conocía cada rincón de esta isla; ellos eran intrusos en su territorio.
Escuché un grito agudo proveniente del pasillo. La puerta de mi habitación se abrió violentamente. No era Julian. Era uno de los hombres de Marcus, con el rostro cubierto y un arma apuntándome.
—Venga con nosotros, señora Thorne. Su marido tiene algo que queremos, y usted es el precio —dijo el hombre, su voz distorsionada por el equipo táctico.
Retrocedí hacia el balcón, sintiendo el viento cálido en mi espalda. Mi ceguera me había enseñado a moverme sin ver, a confiar en mis oídos y en mi intuición. Cerré los ojos por un segundo, visualizando la habitación. Había una lámpara de pesado cristal en la mesita de noche.
—Alexander no les dará nada —dije, tratando de mantener la voz firme.
—Lo hará cuando vea lo que le vamos a hacer a sus preciosos ojos nuevos.
El hombre avanzó hacia mí. En el momento en que estiró la mano para agarrarme, me agaché, tomé la lámpara y la estrellé contra su rodilla con toda la fuerza que mi desesperación me otorgó. Él soltó un rugido de dolor y se tambaleó. No esperé. Corrí hacia el balcón y salté hacia la cornisa de piedra que conectaba con la terraza inferior. La caída fue corta, pero el impacto me sacó el aire.
Me encontré en medio del jardín, rodeada de arbustos de hibiscos que ahora parecían garras en la oscuridad. El olor a pólvora era insoportable. Me moví hacia la playa, guiada por el sonido de las olas y los gritos de Alexander.
Al llegar a la duna, la escena que vi me heló la sangre. Alexander estaba de rodillas, con Marcus apuntándole a la cabeza. Julian y los demás guardias estaban rodeados, desarmados. Las llamas de la lancha incendiada iluminaban la escena con un baile macabro.
—Se acabó, Alexander —gritó Marcus, su voz cargada de una histeria triunfal—. Has perdido la empresa, has perdido tu reputación y ahora vas a perder tu vida. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está tu pequeña esposa ciega?
—Ella ya no es ciega, Marcus —respondió Alexander, y su voz, incluso en esa posición, era la de un emperador—. Y tú eres el último hombre que va a ver en su vida.
Marcus rio, un sonido seco y desagradable.
—Voy a disfrutar esto. Voy a matarte y luego voy a buscarla. Quizás le devuelva a la oscuridad de la que nunca debió salir.
No lo pensé. No medí las consecuencias. Tomé una piedra pesada de la orilla y corrí hacia ellos.
—¡Marcus! —grité con todas mis fuerzas.
Él se giró, sorprendido por mi presencia. Ese segundo de distracción fue todo lo que Alexander necesitaba. Con un movimiento felino, se lanzó sobre las piernas de Marcus, derribándolo. El arma se disparó, pero la bala se perdió en el aire. Empezaron a luchar en la arena, una maraña de extremidades y rabia.
Me quedé allí, paralizada, viendo cómo Alexander descargaba meses de frustración y odio sobre su primo. Sus puños golpeaban con un ritmo brutal, sordo. Marcus intentaba defenderse, pero Alexander era una máquina de guerra alimentada por la protección obsesiva que sentía por mí.
—¡Alexander, basta! —grité cuando vi que Marcus ya no se movía.
Alexander se detuvo. Tenía las manos cubiertas de sangre y su respiración era un gruñido animal. Se levantó lentamente, mirando el cuerpo de su primo con un desprecio infinito. Luego, se giró hacia mí. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su ropa desgarrada. Parecía un extraño, un hombre que había cruzado una línea de la que no había retorno.
Se acercó a mí, y por un momento, sentí un rastro de ese viejo miedo. Pero entonces, vio mi rostro. Vio mis ojos llenos de lágrimas y mi cuerpo temblando. Su expresión se suavizó al instante. Se dejó caer de rodillas frente a mí y me rodeó la cintura con sus brazos, hundiendo su rostro en mi abdomen.
—Te dije que te quedaras en la habitación —susurró, y su voz estaba rota.
—No podía dejarte solo —respondí, acariciando su cabello manchado de arena y sudor.
Nos quedamos allí, en medio de la playa devastada, bajo la luz de una luna que parecía observar nuestro pecado con indiferencia. Julian y sus hombres empezaron a asegurar el perímetro, deteniendo a los pocos leales a Marcus que quedaban. El peligro inmediato había pasado, pero el silencio que siguió era pesado, cargado de las consecuencias de lo que Alexander acababa de hacer.
Me levantó en vilo y me llevó de regreso a la villa. Sus manos, todavía calientes por la lucha, me sujetaban con una fuerza que decía más que cualquier palabra. Al entrar en la suite, la luz de emergencia iluminaba la estancia con un tono rojizo. Me sentó en la cama y se arrodilló de nuevo, limpiando la arena de mis pies con una devoción que me hizo llorar.
—Alexander, ¿qué va a pasar ahora? —pregunté, sintiendo que el mundo que conocíamos se había desmoronado.
—Ahora vamos a terminar con las sombras, Elina —dijo él, mirándome con una determinación que me dio escalofríos—. Marcus ya no es un problema. Tu padre tampoco lo será. Mañana saldremos de esta isla y recuperaremos lo que es nuestro. Pero primero...
Se acercó a mí y me besó. Fue un beso amargo, que sabía a sal, sangre y una promesa oscura. Sus manos recorrieron mi cuerpo, buscando confirmar que estaba viva, que estaba allí. La sensualidad de ese momento era desesperada, una forma de reclamar la vida después de haber estado tan cerca de la muerte. Nos amamos con una intensidad que nunca habíamos experimentado, una colisión de dos almas heridas que intentaban encontrar consuelo en la única verdad que les quedaba: que se pertenecían el uno al otro en la luz y en la oscuridad.
Sin embargo, mientras el sol empezaba a asomar por el horizonte, tiñendo el mar de un rojo que me recordaba a la sangre en las manos de Alexander, un sonido rompió la calma de la madrugada. Un helicóptero con las insignias de la policía internacional se acercaba a la isla.
Alexander se separó de mí y caminó hacia el balcón, observando la aeronave. Su rostro volvió a ser esa máscara de hielo.
—Parece que Marcus no era el único que tenía amigos poderosos —dijo, sin girarse.
Sentí que el frío regresaba a mis huesos. La guerra apenas estaba empezando a cambiar de escenario, y comprendí que, aunque mis ojos ya podían ver, el camino que teníamos por delante seguía estando lleno de sombras que Alexander estaba dispuesto a quemar, sin importar el precio que tuviéramos que pagar.