Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 12 — El precio de aceptar
Marian no durmió.
Se quedó sentada frente a la mesa de la cocina hasta que el amanecer empezó a pintar de gris las cortinas del departamento. El comprobante del hospital seguía abierto en su celular, aunque ya no necesitaba leerlo. Cada línea se le había quedado grabada como una marca.
Paciente:
Lía Soler.
Pago: cubierto.
Continuidad terapéutica: autorizada.
Entidad responsable: Fundación Valcárcel.
Fundación Valcárcel.
El nombre parecía demasiado grande para la mesa pequeña donde Marian hacía cuentas con una libreta gastada y una pluma mordida.
Su madre llegó poco antes de las seis, con el cabello recogido de cualquier manera y ojeras profundas. Traía una bolsa con ropa de Lía para lavar y un gesto cansado que intentó disimular apenas vio a Marian despierta.
—¿No dormiste?
Marian bloqueó la pantalla del celular.
—Un poco.
Su madre dejó la bolsa sobre una silla.
—Eso significa nada.
Marian intentó sonreír, pero no le salió.
—Me llamó el hospital anoche.
La expresión de su madre cambió.
—¿Pasó algo con Lía?
—No. Está bien. Es sobre el pago.
Su madre se quedó quieta.
Marian respiró despacio.
—Lo cubrieron.
Durante un segundo, el alivio iluminó el rostro de su madre de una manera que casi le rompió el pecho a Marian.
—¿Cómo? —preguntó—. ¿Quién…?
Ahí estaba el problema.
El alivio nunca llegaba solo. Siempre traía una deuda detrás.
—Una fundación —dijo Marian.
Su madre apretó la bolsa de ropa.
—¿Qué fundación?
Marian bajó la mirada.
—Valcárcel.
El silencio fue inmediato.
La familia Valcárcel no era un nombre cualquiera, ni siquiera para alguien fuera de Aureum. En la ciudad, sus hospitales privados, campañas médicas y donaciones aparecían en noticias, placas, anuncios de investigación, eventos de beneficencia. Eran de esas familias que parecían estar en todas partes, siempre sonriendo desde una distancia imposible de alcanzar.
—¿La fundación de tu universidad? —preguntó su madre, despacio.
—Sí.
—¿Y por qué pagarían el tratamiento de Lía?
Marian sostuvo el borde de la mesa.
Podía mentir.
Podía decir que había sido una beca médica, una revisión administrativa, un programa de apoyo.
Pero su madre llevaba años reconociéndole la mentira en los ojos.
—Porque alguien quiere algo de mí.
La frase salió más dura de lo que esperaba.
Su madre no habló de inmediato.
Se sentó frente a ella, despacio, como si el cuerpo le pesara.
—Marian.
—No he aceptado nada.
—¿Qué quieren?
Marian miró la libreta abierta. Las cuentas de la noche anterior seguían ahí, inútiles, vencidas por una sola transferencia.
—Que finja ser la prometida de Demian Valcárcel durante seis meses.
Su madre se quedó sin expresión.
Luego parpadeó.
—¿Qué?
Marian soltó una risa seca.
—Eso mismo pensé yo.
—¿Por qué tú?
—Porque escuché algo que no debía en el evento. Porque su familia quiere obligarlo a casarse con otra. Porque soy conveniente. Porque necesito ayuda. Porque en su mundo la necesidad se huele.
Su madre cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, había miedo.
No escándalo.
Miedo.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces no aceptes.
Marian la miró.
Esa era la respuesta que quería escuchar.
La respuesta correcta.
La respuesta digna.
Pero en la mesa estaba el comprobante invisible de una vida que seguía adelante porque alguien con demasiado poder había decidido pagar.
—Mamá, sin ese dinero el hospital no liberaba la siguiente fase.
—Lo sé.
—Y la beca está bajo revisión.
Su madre palideció.
—¿Tu beca?
—Sí.
—¿Por esto?
—Por el incidente del evento. Dicen que es una revisión administrativa.
Su madre apretó las manos.
—Palabras limpias.
Marian sintió un nudo en la garganta. Su madre entendía demasiado. Siempre había entendido demasiado.
—No quiero hacerlo —dijo Marian.
—Lo sé.
—No quiero deberle nada.
—Lo sé.
—Pero si digo que no, no sé qué pasa con Lía. No sé qué pasa con mi beca. No sé qué puerta se cierra mañana.
Su madre bajó la mirada.
Había cansancio en ella.
Culpa también.
Esa culpa silenciosa de las madres que creen que deberían poder resolverlo todo con las manos, aunque el mundo les cobre cifras imposibles.
—No deberías tener que elegir esto —murmuró.
Marian sintió que los ojos le ardían.
—Pero tengo que elegir algo.
Ninguna de las dos dijo más.
Porque las dos sabían que, a veces, la vida no ofrecía opciones limpias.
Solo distintos grados de daño.
A las ocho, Marian salió del departamento con el comprobante impreso dentro de una carpeta sencilla. Se había puesto el uniforme de Aureum con cuidado, como si cada botón fuera parte de una armadura. El cabello recogido. La espalda recta. Los labios sin color.
No iba a presentarse ante Demian como alguien rescatada.
Iba a presentarse como alguien furiosa.
El mensaje llegó cuando subía al transporte.
Biblioteca privada. Edificio Valcárcel. 09:30.
Marian leyó la pantalla.
No preguntó cómo sabía que iría.
Eso también la enfureció.
Respondió:
No me dé órdenes.
La respuesta llegó casi enseguida.
Entonces considéralo una ubicación.
Marian apretó el celular hasta que le dolieron los dedos.
El edificio Valcárcel era uno de los más nuevos de Aureum Academy. Cristal, acero oscuro y una placa dorada en la entrada con el apellido grabado como si la universidad misma hubiera aceptado pertenecerles un poco. Allí funcionaban oficinas de investigación, salas de conferencias privadas y una biblioteca restringida para programas de alto patrocinio.
Marian había pasado frente a él muchas veces.
Nunca había entrado.
En recepción, una mujer impecable levantó la mirada antes de que Marian dijera su nombre.
—Señorita Soler. La esperan.
Por supuesto.
La guiaron por un ascensor silencioso hasta el tercer piso. La biblioteca privada ocupaba una sala amplia, con estanterías de madera oscura, mesas largas y ventanales que daban hacia los jardines centrales.
No parecía un lugar para estudiar.
Parecía un lugar para cerrar acuerdos que luego otros obedecerían.
Demian estaba de pie junto a una mesa.
Traje oscuro, camisa blanca, reloj discreto. No había carpeta escolar ni mochila. Nada en él sugería que también era estudiante de esa universidad.
Parecía el dueño de la habitación.
Marian entró sin saludar.
Dejó el comprobante sobre la mesa.
—Nunca vuelva a hacer algo así.
Demian miró el papel, luego a ella.
—Buenos días.
—No me provoque.
—No estoy provocándote.
—Pagó la cuenta de mi hermana sin mi autorización.
—La autorización médica estaba detenida.
—No le pregunté por qué lo hizo.
—Entonces formula mejor la acusación.
Marian sintió la rabia subirle al rostro.
—¿De verdad cree que este es momento para jugar con palabras?
—No juego con palabras. Las uso con precisión.
—Pues use esta con precisión: no.
Demian guardó silencio.
Marian señaló el comprobante.
—No soy su propiedad porque cubrió una cuenta. Lía no es una puerta para llegar a mí. Mi familia no es una carpeta de oportunidades. Y si cree que pagar primero me obliga a firmar después, se equivocó de persona.
Los ojos de Demian se mantuvieron fijos en los de ella.
No parecía molesto.
Eso la irritó más.
—No pagué para obligarte —dijo.
—Entonces ¿para qué?
—Para evitar que tu hermana quedara sin continuidad terapéutica mientras tú decidías si odiarme más que a la realidad.
La frase la golpeó.
Marian apretó los labios.
—No se atreva a presentarse como el sensato.
—No estoy presentándome como nada.
—Está usando a mi hermana.
—Estoy impidiendo que otros puedan usarla primero.
—Siempre hay otros peores en sus frases. Qué conveniente.
Demian caminó hacia la mesa y tomó una carpeta negra.
—Porque los hay.
—No voy a creerle solo porque lo diga con esa voz.
—No necesito que creas. Necesito que leas.
Le extendió la carpeta.
Marian no la tomó de inmediato.
—Si es el contrato, ya le dije que no voy a firmar algo escrito solo por usted.
—Por eso traje una versión editable.
Ella soltó una risa incrédula.
—Qué considerado.
—Traje también a un abogado externo, pero está esperando fuera. No entrará hasta que tú lo pidas.
Marian se quedó callada.
Eso no lo esperaba.
Demian notó la pausa.
—No soy tan estúpido como para hacerte firmar un contrato sin testigo neutral. Después podrías impugnarlo.
—Claro. La ética nace de su conveniencia.
—Casi siempre.
Marian lo miró con desprecio.
—Al menos no miente.
—Mentir consume tiempo.
—Debe ser difícil vivir así.
—No particularmente.
Marian tomó la carpeta de un tirón y la abrió.
El contrato estaba dividido en apartados limpios, numerados.
Duración.
Confidencialidad.
Apariciones públicas.
Compensación.
Cobertura médica.
Protección académica.
Límites de convivencia.
Terminación anticipada.
Todo demasiado ordenado.
Demasiado frío.
Como si lo que iba a venderse allí no fuera una mentira con su rostro.