En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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El sello de la Reyna
La atmósfera en la suite del yate se volvió sofocante. El sabor del vino aún quemaba en la garganta de Fah, pero el calor que emanaba del cuerpo de Dará era mucho más peligroso. La "Reina" no se detuvo en la clavícula; sus labios ascendieron de nuevo por el cuello de la joven, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos posesivos que hacían que Fah perdiera la fuerza en las rodillas.
—Te estás deshaciendo, mi pequeña sombra —susurró Dará contra su oído, sintiendo el temblor errático del cuerpo de Fah—. Me encanta ver cómo te desmoronas cuando solo estamos tú y yo.
Dará tomó a Fah de la mano y, sin romper el contacto visual, la guio hacia la habitación principal. La cama era un oasis de sábanas de seda negra bajo una luz cálida y tenue. Allí, la jerarquía de poder se manifestó en su forma más pura. Dará empujó suavemente a Fah sobre el colchón, posicionándose sobre ella.
Fah se sentía a su merced, completamente vulnerable y, a la vez, más viva que nunca. Sus manos, que horas antes habían derribado a hombres armados, ahora solo podían aferrarse desesperadamente a los hombros de Dará, buscando anclaje en medio de la tormenta de sensaciones.
—Mírame —ordenó Dará, su voz era un mando absoluto—. Quiero que recuerdes cada segundo de esto. Quiero que entiendas que cada fibra de tu ser ha sido reclamada por mí.
La intensidad de la noche escaló entre caricias que quemaban y promesas susurradas al borde del abismo. Fah se entregó por completo, fundiéndose en los brazos de la mujer que la había rescatado del vacío para darle un propósito oscuro y radiante.
Dará bajó la cabeza hacia el cuello de Fah. No hubo delicadeza esta vez, solo el hambre de quien reclama lo que es suyo por derecho. Con una presión lenta y deliberada, Dará succionó la piel tierna justo debajo de la mandíbula de Fah, dejando un chupetón intenso, una mancha violácea que destacaba con violencia sobre la piel clara de la joven.
Fah soltó un gemido que se perdió en el silencio de la suite, sintiendo cómo esa marca quemaba como si fuera hierro candente. Pero Dará no había terminado.
Descendió hacia la clavícula, el lugar donde antes se había derramado el vino. Con mordiscos suaves pero firmes y succiones precisas, Dará comenzó a sembrar una constelación de marcas oscuras por todo el pecho superior de Fah. Una, dos, tres... varias marcas se alinearon justo debajo del hueso de la clavícula, un recordatorio visual de que cada centímetro de ese cuerpo ahora llevaba el nombre invisible de Dará.
—Mañana, cuando te vistas y sientas el roce de la tela contra estas marcas, te acordarás de mí —susurró Dará, recorriendo con la lengua el camino de hematomas que acababa de crear—. Cuando estés frente a mis enemigos y sientas el ardor en tu cuello, recordarás a quién le perteneces. Estas son mis cadenas sobre ti, Fah. Cadenas que nadie más puede ver, pero que tú llevarás con orgullo.
Horas más tarde, el agotamiento finalmente venció a Fah. Mientras dormía, Dará permanecía despierta, observando su obra bajo la luz de la luna. Las marcas bajo la clavícula de Fah parecían una joya oscura grabada en su piel.
Dará sonrió con suficiencia. Ya no necesitaba tatuajes ni contratos legales. El cuerpo de Fah hablaba por sí solo: la sombra finalmente tenía una dueña, y la Reina tenía un arma que llevaba su marca de pasión grabada en la carne.