El amor entra por el estómago y los ojos
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Olvidemos por un momento el aroma a vainilla y la calidez de los hornos. Hay mundos donde el azúcar no existe y el único sabor que perdura en la lengua es el del hierro y la ambición. En el epicentro de ese mundo estaba él.
Sergei Románov no era un hombre que pasara desapercibido; era una fuerza de la naturaleza envuelta en un traje italiano hecho a medida. Con su imponente 1.90 de altura, dominaba cualquier espacio con la simple arrogancia de su presencia. Tenía el cabello oscuro como una noche sin luna y una sonrisa sexy que prometía paraísos artificiales mientras sus ojos, de un azul tan profundo y gélido como el Mar de Bering, te desnudaban el alma. Sergei era un pecado andante, una contradicción viviente de belleza y peligro. Su fragancia, una mezcla embriagadora de maderas preciosas, tabaco de alta calidad y un rastro de algo animal, era de esas que te debilitan las piernas y te nublan el juicio antes de que siquiera pronuncie una palabra.
Esa noche, Sergei se encontraba en la cima de su imperio: su club de lujo más exclusivo. Desde la zona VIP, situada en lo más alto del local, observaba su reino de excesos a través de cristales blindados. Abajo, la música retumbaba y los cuerpos se mecían en un mar de luces de neón; arriba, imperaba una calma tensa y letal. Tenía a una chica de una belleza irreal sentada en sus piernas, cuya piel de seda contrastaba con la dureza de sus músculos. En su mano derecha, sostenía un vaso con el mejor vodka, transparente como sus intenciones; en la izquierda, un puro cuyo humo danzaba perezosamente frente a su rostro.
A su lado, como una sombra fiel y hambrienta, estaba Igor. Si Sergei era el cerebro y el puño, Igor era el colmillo. Estaba devorando una pieza de carne con la voracidad de un animal que no conoce la saciedad, pero su mirada nunca dejaba de escanear la entrada. Se habían criado juntos en las calles más duras, forjados en el mismo fuego de carencias y violencia. Eran más que amigos; eran hermanos de sangre, de armas y de vida. Igor era el único hombre en la tierra que podía leer el silencio de Sergei.
El ambiente en el reservado era eléctrico, cargado de una sensualidad opresiva. Sergei dejó el vaso sobre la mesa de cristal y deslizó su mano por la nuca de la chica de piernas largas, acercándola con una posesividad que la hizo estremecer. Estaba a punto de devorarle la boca, de perderse en ese pequeño exceso necesario para calmar el fuego de sus venas, cuando el sonido agudo de un teléfono rompió la atmósfera.
Igor reaccionó con una agilidad asombrosa. Antes de que el segundo tono terminara, ya tenía el dispositivo en el oído. Sergei se detuvo a milímetros de los labios de la mujer, con los ojos fijos en su mano derecha. El tiempo pareció congelarse.
Del otro lado de la línea, una voz femenina, pronunció dos palabras que tenían el poder de detener el tiempo y cambiar el curso de la historia:
—CÓDIGO ROSA.
Igor bajó el teléfono y buscó de inmediato la mirada de su Pakhan. No hubo necesidad de explicaciones. El aire en la habitación cambió; la sensualidad se evaporó para dejar paso a una frialdad militar.
—Código Rosa —repitió Igor con voz ronca, una sentencia que se activó como un resorte en todos los hombres apostados en las sombras del club.
Sergei se puso de pie con una elegancia depredadora, dejando que la chica se deslizara fuera de su regazo como si ya no existiera. Se abrochó el saco, ajustando la prenda sobre su pecho ancho, y empezó a caminar con paso firme hacia la salida. En su mente ya no había espacio para el vodka, el deseo o el lujo. Ese código no era una advertencia; era una orden de guerra, un llamado que no se ignoraba si querías seguir siendo el dueño del mundo.
La noche de placer había muerto. El caos acababa de recibir su nombre: CÓDIGO ROSA.