Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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Prólogo.
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Hace siglos, cuando el mundo aún era joven y las fronteras entre razas eran líneas que se podían cruzar o romper a voluntad, el Valle de la Luna fue un territorio de equilibrio frágil. Por un lado, estaba la Manada Luna de Sangre, la más antigua, grande y poderosa de todas las manadas de licántropos. Ellos eran los guardianes naturales de esas tierras, encargados por la propia Diosa Luna de proteger el entorno y a los seres humanos que en él habitaban, viéndolos como parte sagrada de su dominio. Por el otro, encontrábamos al Clan Veritas, el linaje de vampiros más antiguo y poderoso de su especie, gobernado por la sangre y la fuerza, que consideraba a los humanos simplemente como alimento, una fuente de vida que la naturaleza había puesto allí para ellos.
Hubo un tiempo en que se respetaron, con una tregua silenciosa: cada uno en su lado, con sus reglas, sin invadir lo ajeno. Pero la ambición no conoce fronteras, ni gratitud, ni límites.
Juls Anderson, joven entonces pero ya con el alma oscura y sedienta de poder absoluto, reinaba sobre su gente con mano de hierro. No le bastaba con lo que tenía; el Valle entero debía ser suyo. Y los licántropos... para él, no eran más que estorbos. Seres inferiores que se atrevían a decirle qué podía o no hacer, que se interponían entre él y su caza.
Todo cambió para siempre una noche de luna llena, brillante y redonda como un ojo inmenso que observaba desde lo alto. Aquella noche, Juls decidió romper todas las reglas. Cruzó la línea invisible que separaba sus dominios y entró en el corazón mismo del territorio de la Manada Luna de Sangre. No iba en busca de alimento fácil: iba en busca de un trofeo que marcara el inicio de su reinado, algo que doliera, que humillara y que destruyera el espíritu de sus enemigos.
Encontró a Selene. Ella era la Luna de la manada: la compañera, el corazón y la fuerza del Alfa Joseph. Mujer de luz, de carácter firme y magia antigua, amada y respetada por todos los suyos. Estaba sola, lejos del campamento, meditando bajo un roble milenario, sin sospechar que la muerte se acercaba con pasos silenciosos y sedientos.
Juls no dudó. Se abalanzó sobre ella con la velocidad de la tormenta y la fuerza de la oscuridad misma. No fue una muerte rápida, ni limpia. Fue un acto de crueldad calculada, una demostración de poder. La sometió, la hirió una y otra vez, dejando que su sangre corriera por la tierra oscura hasta empapar las raíces del árbol donde ella siempre le había rezado a la Luna. Le arrancó la vida poco a poco, saboreando cada segundo de su sufrimiento, dejando su cuerpo destrozado y expuesto a la luz plateada, como una advertencia sangrienta para cualquiera que se atreviera a oponerse a él.
Cuando Joseph, el Alfa, la encontró al amanecer, el grito que brotó de su garganta fue tan desgarrador que hizo temblar las montañas y enmudecer a los animales del bosque. Se arrodilló en el barro teñido de rojo, abrazando el cuerpo sin vida de su amor, el dolor rasgando su alma más profundamente que cualquier cuchillo. Su mirada, antes serena y sabia, se tiñó de un odio eterno, una sed de venganza que trascendía la propia vida.
Se puso de pie, empapado en la sangre de su compañera, y alzó los brazos hacia el cielo, hacia esa misma Luna que había sido testigo mudo de todo. Y le habló, no como un súbdito, sino como un guerrero destrozado, invocando su poder más antiguo, ese que se esconde en la sangre y en los juramentos irrompibles.
—¡Diosa Luna! —bramó, y su voz retumbó por todo el valle, atravesando la niebla—. Tú que nos diste la vida y el cambio, tú que ves todo y juzgas con justicia:. El Rey vampiro ha cometido un crimen que no tiene perdón. Ha matado a mi corazón, ha manchado tu luz, ha declarado la guerra a mi gente. Te pido, te ruego, te exijo con toda la fuerza de mi sangre y la de todos los que vendrán después de mí, venganos, maldícelo, haz que pague por el sufrimiento que ha causado.
Hizo una pausa, y sus ojos brillaron con un fuego salvaje, lleno de dolor y promesa.
—Quítale lo que más ame. Arrebátale algo que sea tan importante para él, tan esencial para su existencia, como Selene lo era para mí. Que el precio de su crueldad sea pagado por él, por su linaje, por siempre.
La luna brilló con una intensidad cegadora, de un color plata puro y cortante, y una energía antigua descendió sobre el valle, envolviendo todo con un peso nuevo, irrompible. El deseo de Joseph se convirtió en ley mágica, en un destino escrito en las estrellas y en la sangre. Nadie, ni siquiera él, supo entonces cómo o cuándo se cumpliría. Solo sabían que la Diosa Luna escucha... y la Diosa Luna cumple.
Desde aquella noche, la guerra fue eterna. La Manada Luna de Sangre juró proteger a los humanos con su vida, para negarle al enemigo su alimento más preciado. El Clan Veritas juró destruir a los lobos y apoderarse de todo el valle. Y entre ambas razas, nació un odio profundo, alimentado por la sangre derramada, por las pérdidas y por un secreto mágico que solo la Luna conocía.
Joseph Fortier murió años después, llevando consigo la certeza de que su petición había sido escuchada, pero sin saber jamás cuál sería su forma. Su descendencia —hijos, nietos, bisnietos, hasta llegar a Andrew— creció sabiendo que el odio contra los vampiros era parte de su identidad, y que algún día, el equilibrio se restauraría.
Juls Anderson siguió reinando, inmortal, poderoso, convencido de que había ganado aquella primera batalla y de que nada ni nadie podría derrocarlo. Tuvo descendencia, construyó su imperio, y cuando nació su hija, Leonor, la princesa más hermosa, fuerte y querida por él, creyó que la fortuna siempre estaba de su lado.
Nadie sospechaba que el tiempo de la maldición estaba cada vez más cerca.
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