Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 21
Dante
Tomé el teléfono y llamé directamente al jefe de seguridad.
No me gusta repetir órdenes.
No me gusta sentir que alguien vulnera mi perímetro.
Y definitivamente no me gusta que jueguen conmigo.
—¿Qué demonios están haciendo? —pregunté apenas contestaron—. Porque vigilar claramente no.
Vera me apretaba la mano.
—Respira —susurró.
Respiré.
Pero solo porque ella lo pidió.
El jefe de seguridad llegó en menos de veinte minutos. Eso, al menos, hablaba bien del miedo que me tiene.
—Señor De Bedout, esto no se va a repetir. Revisaremos los puntos ciegos, los turnos, los accesos. Me disculpo por el inconveniente.
“Inconveniente”.
Como si hubieran confundido el pedido del supermercado.
Asentí sin sonreír.
Cuando se fue, Vera me miró fijamente.
—No vayas a cometer una estupidez, por favor.
—No voy a salir a perseguir a nadie.
Su expresión decía claramente: no te creo.
—Además —añadí—, esperar dos semanas para responder es porque quiere jugar. Y me fastidia que haya estado todo el día observando mientras seguridad jugaba a los soldaditos.
Vera suspiró.
—El problema es buscar otra empresa. Ellos ya han visto muchas cosas. Protocolos, accesos, movimientos.
Pasé la mano por mi cabello.
—Lo sé. O sería buscar una empresa extranjera.
Me miró con los ojos abiertos.
—¿Mercenarios?
—Eso sería extremo… aunque no me parece mala idea.
—Dante.
Sonreí y besé su frente.
—Tranquila. Aún no.
Me asomé por la ventana. Oscuro. Silencio. Demasiado silencio.
Ella tomó mi mano otra vez.
—Amor, no me van a dar un tiro.
—Ven.
Tiró suavemente de mí y la besé.
—No va a pasar nada —dije—. Te lo prometo.
Me miró unos segundos más.
—¿Puedo dormir contigo?
Eso me sorprendió.
No sabía si era miedo… o si temía que yo hiciera algo impulsivo.
—Sí. Pero no voy a hacer nada estúpido. Tranquila.
Subimos.
—¿Y lo de la privacidad? —pregunté.
—Mi mamá y mi hermana se despiertan como a las nueve.
Sonreí.
Aceptable.
En mi habitación, ella comenzó a revisar los libros de la estantería.
—Te gusta leer bastante.
No respondí de inmediato.
Porque estaba demasiado ocupado mirándola.
Llevaba un camisón corto de satén negro, de tiras delgadas, con un escote discreto pero imposible de ignorar. La tela caía suave sobre su piel.
Respiré.
Calma.
Tomé el teléfono otra vez. Miré el mensaje.
Respondí:
“¿De qué quieres hablar?”
—Ya le respondí al imbécil —le dije.
Ella se giró hacia mí.
Pensé: esta mujer es peligrosa… y perfecta.
—Mejor. De pronto nos da alguna pista.
Apagamos las luces.
Se acomodó contra mi pecho.
No hubo prisa. No hubo exigencias.
Solo su respiración contra mi piel.
Por primera vez dormíamos juntos como pareja.
Sin sexo.
Sin presión.
Sin negociar tiempos.
Su cabeza descansaba sobre mi hombro. Su mano dibujaba líneas distraídas en mi pecho.
—Estoy aquí —murmuró medio dormida.
La abracé con más firmeza.
No sabía cuándo exactamente había pasado de ser mi socia… a ser mi prioridad.
Pero había pasado.
Me desperté a las seis.
Vera dormía profundamente.
Sus piernas estaban entrelazadas con las mías. El camisón se había acumulado un poco en su cintura. Su piel tibia contra la mía hacía imposible volver a dormir.
Intenté.
No funcionó.
Media hora después abrió los ojos.
Me abrazó.
—Buenos días.
—Buenos días.
Me dio un beso. Lento. Suave.
Se lo devolví.
Hablamos en susurros. Nos besamos otra vez.
Y supe algo con una claridad incómoda:
Después de esa noche, no iba a dejar que durmiera lejos de mí.
—Gracias —dijo pasando los dedos por mi pecho desnudo.
—¿Gracias de qué?
—Por esperar. Por no presionar. Por darme mi tiempo.
Se encogió de hombros.
—Sé lo importante que es la intimidad para los hombres.
La besé con ternura.
—Vera, escúchame bien.
La miré directo a los ojos.
—No quiero que estés conmigo porque sientes que es el siguiente paso lógico. Quiero que estés conmigo porque lo deseas. Porque te sientes segura. Porque tu cuerpo y tu cabeza están listos.
Su respiración se volvió más profunda.
—Por ti esperaría hasta un ciclón. Hasta que la mina se inunde. Hasta que el pueblo entero decida que soy el villano. Cuando estés lista, yo estoy listo. Pero sin prisa. Sin deuda.
Sus ojos brillaron.
—No eres tan frío como aparentas.
—No le digas eso a nadie. Arruinarías mi reputación.
Sonrió.
Nos acurrucamos otra vez.
Su pierna entre las mías.
Mi mano en su espalda.
Y volvimos a dormir.
El teléfono vibró.
Abrí los ojos de inmediato.
Mensaje nuevo.
Número desconocido.
“Qué quiero hablar? De cuánto vale tu silencio.”
Sentí que mi mandíbula se tensaba.
Segundo mensaje.
“Porque si no hablamos hoy… mañana tu hermano recibirá algo mejor que una foto.”
Miré a Vera.
Seguía dormida.