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Enamorada De Un Zorro

Enamorada De Un Zorro

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Demonios / Mundo de fantasía / Polos opuestos enfrentados
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Marceth S.S

Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.

Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.

Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.

NovelToon tiene autorización de Marceth S.S para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 5: Kitsune

El taxi me dejó frente a la entrada. Contemplé el templo desde afuera, sintiendo cómo el aire fresco y el aroma a madera vieja me golpeaban con una oleada de nostalgia. Todo allí, desde el crujido de la grava bajo mis pies hasta el color bermellón de las puertas torii, estaba impregnado de mis recuerdos de infancia.

Crucé el umbral y lo primero que vi fue a mi abuelo, Juanjo, enfrascado en una batalla campal contra un pequeño gato atigrado. Se veía exactamente igual que en mis recuerdos, lleno de una energía envidiable y con las manos siempre vendadas, un detalle que nunca me había explicado del todo.

—¡SHU! ¡SHU! ¡Fuera de aquí, bestia peluda! —gritaba el abuelo mientras blandía una escoba con una agilidad que no correspondía a su edad.

Vaya, sí que está enfermo —pensé con una dosis masiva de sarcasmo.

—Abuelo Juanjo, deje a ese pobre gatito en paz, que él no le ha hecho nada —dije, acercándome con una sonrisa y arrebatándole la escoba antes de que cometiera un "gatocidio".

El pequeño felino aprovechó la distracción para salir huyendo hacia las sombras del jardín, lanzándole una mirada que juraría era de puro desdén al abuelo.

—¡Oh! ¡Mi pequeña Lolo! ¡Estás aquí! —exclamó él, olvidando al gato al instante. Me envolvió en un abrazo tan fuerte que sentí que mis costillas crujían—. Mira cuánto has crecido, ya eres toda una mujer.

—Abuelito, te extrañé tanto —correspondí su abrazo, hundiendo la nariz en su ropa, que olía a té verde y a papel antiguo.

—Y yo a ti, pequeña. Ven, entra, tenemos que ponernos al día. Hay mucho que hablar —dijo, tomándome de la mano y arrastrándome hacia el interior del templo con una fuerza sorprendente.

Pasamos toda la tarde entre risas, chistes y anécdotas de mi vida en el extranjero. Era como si el tiempo no hubiera pasado, y por un momento, me olvidé de las pesadillas y de las llamas azules.

Sin embargo, mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y violeta, la realidad volvió a tocar a mi puerta.

—Abuelo… ¿no que estabas enfermo? —pregunté, tomando un trozo de tarta de manzana casera que estaba deliciosa.

—Bueno… solo fue una pequeña excusa para que vinieras —confesó, soltando una carcajada sonora que hizo eco en las vigas del techo.

—¡Venga ya! Podías simplemente haber dicho que nos extrañabas y no hacernos preocupar así —le recriminé con el ceño fruncido, aunque no podía estar enojada con él por mucho tiempo.

—Lo sé, Lolo, pero si hacía eso, habrían venido también tu madre y Carl —la risa se le borró de la cara de golpe, y una sombra de melancolía cruzó sus ojos. Fue ahí cuando supe que había algo más profundo bajo su mentira.

—¿No querías verlos? ¿Pasa algo malo, abuelo? —Tomé su mano vendada, mirándolo con genuina preocupación.

—Es solo que… si ellos hubieran venido, no estaríamos disfrutando de esta tarde en paz. Tu madre, Zylith, se habría pasado el tiempo regañándome, insistiendo en que venda este "viejo templo" y me mude a la ciudad —dijo con una tristeza que me partió el corazón.

—No le hagas caso a mamá, ya sabes que a veces se le va la pinza —lo abracé para darle ánimos—. Pero, cambiando de tema… abuelo, ¿recuerdas las historias que me contabas de niña sobre los Kitsune?

El abuelo se enderezó en su asiento. Sus ojos, antes nublados por la tristeza, brillaron con un interés repentino y casi eléctrico.

—Claro que sí, Lolo. ¿Cómo olvidar esos tiempos? ¿Por qué lo preguntas? ¿Te has topado con uno? —Su voz se volvió más baja, más intensa.

—No, no me he topado con ninguno —mentí a medias, omitiendo a la mujer de fuego de mi sueño—   pero mamá me dijo que no son reales. Me dijo que solo son cuentos para niños. ¿Debería creerle?

—¡Por supuesto que no! —exclamó indignado, dando un golpe suave en la mesa—. Los Kitsune son tan reales como tú y como yo. Son los guardianes de estas tierras, los protectores de las aldeas y los bosques. No son un invento, son parte de nuestra esencia.

—¿Entonces podría haber uno en el bosque de aquí al lado? —La curiosidad me quemaba por dentro.

El abuelo guardó silencio durante un largo segundo. Su expresión se volvió sombría.

—Muy seguramente, Lolo. Pero escúchame bien, te recomiendo, por lo que más quieras, que no entres a ese bosque. En algo tu madre siempre ha tenido razón, y es que ese lugar es peligroso. A lo largo de los años, muchas personas han entrado buscando aventura y muy pocas han salido para contarlo.

Se acercó más a mí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de advertencia.

—Los turistas dicen haber visto a un zorro plateado merodeando entre las sombras. Los que sabemos del tema dicen que es un Kitsune que habita en lo más profundo del bosque, pero no es uno benevolente. Es un ser antiguo y malvado, lleno de rencor. A él le atribuyen todas las desapariciones y muertes que han ocurrido en la zona.

Sentí un escalofrío que me recorrió desde la nuca hasta los pies. Él me tomó las manos con firmeza, mirándome a los ojos con una súplica que me puso los pelos de punta.

—Prométeme que no entrarás a ese bosque, Loraine. Promételo.

—Está bien, abuelo… lo prometo —dije, aunque por dentro mi mente gritaba lo contrario.

Necesitaba respuestas.

Si el zorro plateado era real, si la llama azul me estaba llamando y si mi madre y mi abuelo estaban tan aterrorizados, no podía quedarme de brazos cruzados.

Mi curiosidad siempre había sido mayor que mi sentido de la supervivencia, y sabía que no podría dormir tranquila hasta descubrir qué se escondía tras los árboles.

El abuelo se levantó para ir a pelear de nuevo con el gato, tratando de recuperar su humor habitual, pero yo me quedé allí, mirando hacia la oscuridad que ya empezaba a tragarse el bosque.

Mamá dijo que no entrara.

El abuelo dijo que era mortal.

Pero como en esta familia estamos todos un poco locos, y yo soy la heredera principal de esa locura, ya sabía lo que iba a hacer en cuanto todos se durmieran.

Me arriesgué. El peso de la desobediencia me oprimía el pecho, pero la curiosidad era una llama mucho más ardiente. En cuanto el abuelo Juanjo se retiró a su habitación —cayendo en un sueño profundo apenas oscureció—   supe que era mi oportunidad.

Traté de deslizarme por el pasillo de madera con la ligereza de una sombra, pero el viejo templo parecía conspirar en mi contra, cada tabla crujía bajo mis pies como un grito de advertencia.

—Dios Inari, por lo que más quieras, mantén a ese hombre dormido hasta que yo regresé —susurré, apretando los dientes. Recé a cada deidad japonesa que recordaba, esperando que mi imprudencia no terminara en un desastre familiar.

Al llegar a la salida, el pequeño gato atigrado me cerró el paso. Estaba sentado sobre sus cuartos traseros, observándome con una fijeza perturbadora. Sus ojos, de un naranja eléctrico y vibrante, brillaban en la penumbra con una inteligencia que no pertenecía a un simple animal.

Ahora que lo veía de cerca, notaba que sus rasgos eran una extraña mezcla entre felino y zorro, sus orejas eran más puntiagudas y su cola más poblada de lo normal. "No eres experta en zoología, Loraine, muévete", me regañé, ignorando el escalofrío que me recorrió la nuca.

Apenas puse un pie fuera de los límites del templo y dentro de la linde del bosque, el aire cambió. Fue como atravesar una membrana invisible. La temperatura descendió varios grados y el silencio se volvió denso, casi sólido. Era como si el bosque y el templo pertenecieran a dimensiones distintas, separadas por una barrera de energía.

Tomé una bocanada de aire frío para armarme de valor y me adentré en la espesura. La oscuridad era total, una boca de lobo que parecía tragarse mis pasos. En ese instante, me arrepentí amargamente de haber dejado mi teléfono cargando en la habitación, me sentía ciega y vulnerable. Sin embargo, justo cuando el pánico empezaba a burbujear en mi estómago, el bosque respondió.

Una a una, cientos de luciérnagas empezaron a emerger de los arbustos, iluminando el sendero con pequeños pulsos de luz dorada y esmeralda.

El espectáculo era tan sobrecogedor que el miedo se transformó en asombro puro. Me eché a reír, girando sobre mis talones como una niña pequeña, hasta que perdí el equilibrio y caí de espaldas sobre un manto de pasto fresco y húmedo.

—No parece tan aterrador después de todo —dije en voz alta, recuperando el aliento.

Al levantar la vista, mi corazón dio un vuelco. A lo lejos, entre la danza de las luciérnagas, una luz distinta me observaba. Era azul. Era fría. Y esta vez, no estaba soñando.

—Esto es real... estoy despierta. Estás aquí —susurré, poniéndome de pie de un salto.

Fui tras ella. La llama comenzó a alejarse, serpenteando entre los troncos centenarios con una agilidad juguetona.

Corrí con todas mis fuerzas, esquivando raíces y ramas que parecían apartarse a mi paso, hasta que el sonido de agua cayendo llenó el aire. Al salir del follaje, me detuve en seco.

Era el lago. El mismo lago de mi sueño.

Bajo el manto de la noche, el lugar se veía incluso más místico. Las luciérnagas se reflejaban en la superficie negra del agua, creando la ilusión de que el cielo estrellado había caído al fondo del lago.

—¡Es real! ¡Todo es real! —exclamé, dando un brinco de pura euforia—. Eso quiere decir que tú también lo eres.

Señalé a la llama azul, que comenzó a orbitar a mi alrededor con una velocidad vertiginosa, zumbando como un enjambre de abejas eléctricas. Empecé a sospechar que ese baile era su forma de demostrar alegría. De pronto, se detuvo y se lanzó hacia el corazón de la cascada. Esta vez no dudé, conocía el camino. Atravesé la cortina de agua, protegiendo mi rostro, y entré en la gruta.

La cueva estaba sumida en una oscuridad profunda, interrumpida solo por el resplandor de mi guía azul. Caminé con tiento, tratando de no tropezar con las rocas incrustadas en el suelo, que parecían colmillos surgiendo de la tierra. Pero entonces, algo en el fondo de la estancia capturó mi atención por completo, un brillo blanco, níveo y magnético.

La esfera.

En cuanto mis ojos se fijaron en ella, las rocas bajo mis pies comenzaron a brillar con colores imposibles, violetas, azules y ámbares. Las luciérnagas que me habían seguido entraron en la cueva, multiplicando la luz hasta que cada rincón de la gruta quedó al descubierto. Allí estaba, flotando en un altar natural de piedra, la esfera blanca que había visto en mi sueño, esperando a ser reclamada.

Mis ojos volvieron a quedar cautivos por la esfera. El brillo que emanaba era hipnótico, casi cálido, invitándome a romper la distancia.

Alargué la mano, con los dedos temblando por la anticipación de tocar aquella superficie que parecía hecha de luz sólida, pero justo antes de rozarla, un rugido gutural y profundo retumbó a mis espaldas, haciendo que las paredes de la gruta vibraran.

Me quedé petrificada. El frío del terror me recorrió la espina dorsal, dejándome sin aliento.

Está pasando

Mis sueños se están materializando y el demonio de ojos rojos ha venido a reclamar mi alma

Giré la cabeza con una lentitud agónica, sintiendo el sudor frío empaparme la frente. Pero lo que encontré no fue la criatura de mis pesadillas. Lo que vi me dejó de piedra, con la boca abierta en un silencioso grito de asombro.

Frente a mí se alzaba un zorro colosal, de un tamaño que desafiaba toda lógica biológica. Su pelaje era de un blanco platinado, tan brillante que parecía emitir su propia luz, y detrás de él, varias colas se mecían en el aire como flamas vivas y pesadas.

Me observaba con una fijeza letal.

Gruñó de nuevo, mostrando unos colmillos afilados, y cuando creí que mis piernas cederían y me desmayaría por el pánico, me fijé en sus ojos.

No eran rojos. Eran de un dorado reluciente, profundos y antiguos, como oro fundido bajo la luz del sol. Eran los ojos más hermosos y sabios que había visto jamás.

Olvidando por un segundo el instinto de supervivencia, intenté acercarme para tocar aquel pelaje iridiscente, pero el animal lanzó un gruñido de advertencia que hizo que retrocediera de golpe. Tropecé con mis propios pies y caí pesadamente al suelo, justo al lado del altar donde reposaba la esfera. En ese momento, las palabras del abuelo regresaron a mi mente con una claridad meridiana,

"Algunos kitsune creaban esferas blancas que representaban al Dios Inari... era difícil ver a uno de estos espíritus sin ellas."

—Tú... tú eres un Kitsune —susurré, mirándolo con una mezcla de reverencia y asombro.

De cerca era imponente, su cuerpo despedía reflejos de colores boreales, como si estuviera hecho de estrellas y escarcha. Quería tocarlo, sentía una atracción casi magnética hacia él.

Y, como si hubiera leído mis pensamientos más íntimos, el gran zorro dejó de gruñir. El aire de la cueva pareció suavizarse. Lentamente, extendió una de sus colas hacia mí, permitiendo que la punta rozara mi brazo.

Me dejé llevar por el impulso y hundí los dedos en el pelaje. Era increíblemente suave, más cálido de lo que imaginaba, con una textura que se sentía como seda y nubes.

—Eres hermoso —murmuré, con el corazón latiendo a mil por hora.

El zorro me miró una última vez, con una chispa indescifrable en sus ojos dorados, y de repente, se desvaneció en una densa nube de humo blanco que olía a sándalo y lluvia. Cuando el humo se disipó, la cueva quedó en silencio. Miré hacia el altar, la esfera también había desaparecido.

—Así que son reales... ¡Fantástico! —exclamé, sintiendo una oleada de triunfo. Mi madre me había mentido descaradamente, y en ese momento decidí que no volvería a confiarle ni un solo detalle de mis descubrimientos.

Salí de la cueva con el pulso todavía acelerado y una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndome la protagonista de una aventura épica. Sin embargo, justo cuando estaba por abandonar la linde del bosque para regresar a la seguridad del templo, me detuve. Volteé a mirar hacia la espesura oscura y las palabras finales del abuelo resonaron en mi cabeza, apagando mi euforia como un balde de agua helada,

"A él le atribuyen tantas muertes y desapariciones... es un ser malvado y lleno de rencor."

¿Aquel ser tan majestuoso era realmente el monstruo del que hablaba el abuelo?

¿Había acariciado a un protector o a un asesino?

La duda se instaló en mi pecho mientras regresaba sigilosamente al templo, sabiendo que, aunque había encontrado respuestas, ahora tenía preguntas mucho más peligrosas.

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EYAM
ya quiero más capítulos porfavor está súper buena la novela ☺️
Lisandra Alvarez
exelente,me gusta mucho esta novela
Yooung
que lindo 😩
~Mio^Mio~
Que maravilla de historia... Me encanta 🤗
~Mio^Mio~
🤣🤣 ¡Diablos senorita!
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
tamaky
Que montón de cosas están pasando 😩
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭
tamaky
Ay yo JAHSJAJAJA
Yooung
Que atrevido 🤭
~Mio^Mio~
Que emoción!
~Mio^Mio~
Me gusta 🤗. Esta interesante
~Mio^Mio~
🤣
MONICA GODOY RIOS
🤯🤯🤯🤯😱😱😱😤
MONICA GODOY RIOS
Ella no estudia, no trabaja ,🤔
MONICA GODOY RIOS
Interesante 🤔y original
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