Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 12: El Vuelo de los Cuerdos
La carretera era una cinta negra bajo la luna. Jessica conducía con los nudillos blancos apretando el volante, los ojos fijos en la oscuridad más allá del alcance de los faros. Kaeil iba a su lado, la mochila destrozada en el regazo, el portátil muerto como un peso muerto entre ellos.
—¿Crees que nos siguieron? —preguntó él, rompiendo el silencio que se había instalado desde que abandonaron Harpers Ferry.
—No lo sé. No vi nada, pero eso no significa nada. Gente como la que contratan para esto sabe moverse sin ser vista.
—Como tú.
—Como yo.
Kaeil asintió lentamente. El paisaje se deslizaba monótono, bosques y más bosques, alguna granja aislada con luces amarillas en las ventanas. Vidas normales, pensó. Gente que se acostaba sin miedo a que alguien entrara a matarlos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó.
—Primero, recoger a Mateo y los suyos. Luego, desaparecer. Cambiar de vehículo, de identidad, de todo. Buscar un lugar donde podamos acceder a tus copias en la nube sin que nos rastreen.
—Eso es más difícil de lo que parece. Si conecto desde cualquier sitio, pueden localizarme en cuestión de minutos. Necesito una red segura, con múltiples capas de cifrado y proxies rotando constantemente.
—¿Y eso existe?
—En universidades, algunas bibliotecas grandes, edificios gubernamentales... pero todos esos sitios tienen vigilancia.
—Entonces buscaremos un término medio. Un cibercafé en una ciudad grande, de esos con decenas de ordenadores. Te conectas, descargas lo necesario en un pen drive, y te vas. Si somos rápidos, no dará tiempo a que nos localicen.
Kaeil dudó.
—¿Y si ya tienen mis huellas digitales? Si han monitorizado mis conexiones anteriores...
—Entonces tendremos que arriesgarnos. No tenemos otra opción.
Llegaron al camino que subía hacia el refugio. Jessica apagó las luces y avanzó a oscuras, guiándose por la memoria. El motor ronroneaba en voz baja mientras sorteaban baches y ramas caídas.
—Algo va mal —murmuró Jessica de repente.
—¿El qué?
—Demasiado silencio. Los pájaros nocturnos deberían estar cantando. No lo hacen.
Kaeil sintió un escalofrío. Jessica aparcó el coche a unos metros de la casa, oculto entre la maleza, y apagó el motor.
—Quédate aquí. Si no vuelvo en diez minutos, te vas. Coges la mochila y te adentras en el bosque. No pares hasta que amanezca.
—Jessica...
—No discutas. Por una vez.
Desapareció entre los árboles. Kaeil se quedó solo, con el corazón latiéndole con fuerza, escuchando el silencio que ella había señalado. Y entonces lo oyó: un ruido mínimo, como un roce, al otro lado del claro.
No era Jessica.
Apretó la mochila contra el pecho y se agazapó en el asiento, sin atreverse a respirar.
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Jessica se movía como una sombra, pegada a los troncos, los pies encontrando los lugares donde no crujían las hojas. La casa estaba a veinte metros. No se veían luces, pero eso no significaba nada.
Se detuvo al borde del claro y observó.
La puerta estaba entreabierta.
Demasiado entreabierta. Ella la había cerrado con llave antes de irse, y Mateo no era tan imprudente como para dejarla así.
Sacó la pistola y esperó.
Un minuto. Dos.
Entonces lo vio: un destello mínimo, el reflejo de algo metálico en la ventana de la izquierda. Alguien dentro, con un arma, esperando.
Había más. Tenían que haber rodeado la casa. La pregunta era cuántos.
Calculó distancias, ángulos, posiciones. Luego se movió, no hacia la casa, sino hacia la izquierda, bordeando el claro. Si habían puesto centinelas, estarían en los puntos con mejor visibilidad. Había que neutralizarlos primero.
El primero estaba detrás de un árbol, a diez metros de la casa. No fumaba, no se movía, casi invisible en la oscuridad. Jessica lo vio solo por el brillo de sus ojos cuando giró ligeramente la cabeza.
Un disparo. Un cuerpo que cae sin ruido.
El segundo estaba en el tejado de la casa, apoyado contra la chimenea. Más difícil. Jessica se acercó hasta quedar justo debajo, esperó a que el hombre mirara hacia otro lado, y trepó por la pared con una agilidad felina. Cuando el centinela se volvió, ya era demasiado tarde.
Tres dentro. Tenían que ser tres.
Bajó al porche, se pegó a la pared junto a la puerta entreabierta, y escuchó.
—...cuánto tiempo más vamos a esperar? —una voz, impaciente.
—Hasta que vuelvan. El jefe quiere a todos juntos.
—Y si no vuelven?
—Entonces matamos a estos y nos vamos. Pero no será divertido.
Risas ahogadas.
Jessica respiró hondo. Contó hasta tres y entró.
El primero cayó antes de darse la vuelta. El segundo alcanzó a levantar el arma, pero ella ya estaba sobre él, un golpe seco en la garganta, otro en la sien. El tercero, el que había hablado primero, logró disparar.
La bala pasó rozando la oreja de Jessica mientras ella rodaba, se incorporaba y disparaba a su vez. El hombre cayó hacia atrás, los ojos abiertos, la sorpresa congelada en el rostro.
Silencio.
—¡Jessica! —la voz de Mateo, desde la habitación.
Corrió hacia allí. Mateo y Elena estaban atados a las patas de la cama, amordazados. Daniel no estaba.
—¿El niño? —preguntó Jessica, cortando las ataduras.
—Arriba —logró decir Mateo, con la voz ronca—. Se lo llevaron arriba.
Jessica subió las escaleras de tres en tres. La habitación del fondo, la que había usado Daniel, estaba cerrada con llave. Disparó dos veces al picaporte y entró.
Daniel estaba en el suelo, llorando, con un hombre arrodillado junto a él, una pistola en la sien del niño.
—Tranquila —dijo el hombre—. Un paso más y el crío vuela.
Jessica se detuvo. El arma seguía humeante en su mano. El hombre la miraba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Baja el arma —ordenó.
—Suéltalo primero.
—No estoy en posición de negociar. Baja el arma o el niño muere.
Jessica dudó. Un segundo. Dos.
Luego, desde detrás del hombre, una voz:
—Ya puedes soltarlo.
El hombre giró la cabeza, sorprendido. Kaeil estaba en la ventana, que había logrado abrir desde fuera, con una piedra en la mano. No era un arma, pero la distracción fue suficiente.
Jessica disparó.
El hombre cayó hacia un lado, soltando a Daniel. El niño corrió hacia Jessica, abrazándose a sus piernas, llorando a gritos. Ella lo levantó y lo apretó contra su pecho, sintiendo cómo el pequeño cuerpo temblaba.
—Está bien —murmuró—. Ya pasó. Ya pasó.
Kaeil saltó desde la ventana y se acercó a ellos. Su rostro estaba pálido, las manos manchadas de sangre de un corte que se había hecho al trepar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. ¿Y tú?
—Vivo.
Se miraron. En los ojos de Kaeil, Jessica vio algo que no había visto antes: determinación. Ya no era el chico asustado del loft. Había cambiado.
—Vámonos —dijo ella—. Esto va a atraer atención.
Bajaron al salón. Mateo abrazó a su hijo, Elena lloraba en silencio. Los cuerpos de los secuestradores yacían en el suelo, la sangre formando charcos oscuros.
—¿Podemos irnos ya? —preguntó Mateo—. Por favor.
—Sí —respondió Jessica—. Ahora mismo.
Salieron al exterior. El aire fresco de la noche los golpeó, limpiando el olor a pólvora y a muerte. Corrieron hacia el coche, lo alcanzaron, y se perdieron en la oscuridad.
Detrás, la casa quedó en silencio. Los cuerpos, los casquillos, la sangre. Y en el cielo, las estrellas seguían brillando, indiferentes.
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Condujeron hasta el amanecer. Jessica no paró ni una vez. A su lado, Kaeil mantenía los ojos abiertos, vigilando los retrovisores, esperando ver luces que los persiguieran. No las hubo.
Cuando el sol empezó a teñir el horizonte de naranja y rosa, se detuvieron en un área de servicio abandonada. Jessica apagó el motor y apoyó la cabeza en el volante.
—Descansemos una hora —dijo—. Luego seguimos.
Kaeil la miró. Estaba agotada, eso se veía. Pero también había algo más en su expresión: alivio.
—Lo logramos —dijo él—. Una vez más.
—Sí. Pero no podemos seguir así. Necesitamos un plan definitivo. Ya no tenemos a Kane. Ya no tenemos portátil. Solo tenemos las copias en la nube y nuestra palabra.
—Y a Mateo. Y su testimonio.
—Eso no es suficiente sin alguien que lo publique.
Kaeil guardó silencio. Luego, lentamente, una idea empezó a formarse en su mente.
—Tal vez no necesitemos un periodista —dijo.
—¿Cómo?
—Tal vez podamos publicarlo nosotros mismos. Directamente. Sin intermediarios.
—¿Cómo? ¿En YouTube? ¿En Twitter? Eso no tiene el mismo impacto.
—No, pero hay otras formas. Plataformas de whistleblowers, sitios seguros donde filtrar información. Si lo hacemos bien, si lo hacemos masivo, podría funcionar.
Jessica lo miró largamente. Luego asintió.
—Enséñame.
—Necesito acceso a internet. Y tiempo. Mucho tiempo.
—Lo tendrás. Encontraremos un lugar.
En el asiento trasero, Daniel se había dormido en brazos de su madre. Elena acariciaba su pelo con una ternura infinita. Mateo miraba por la ventana, hacia el horizonte.
—Vamos a ganar —dijo en voz baja—. Por él. Por todos.
Kaeil sintió un nudo en la garganta. Jessica le apretó la mano.
—Vamos a ganar —repitió.
Y aunque no sabían cómo, aunque el camino era incierto y peligroso, en ese momento, en esa gasolinera abandonada, lo creyeron.
Lo creyeron de verdad.