Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
** Todas novelas independientes **
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Duquesa Evenson
Pasaron varias semanas antes de que Florence aceptara ver a Felicity nuevamente.
Cuando finalmente ocurrió, fue en una tarde silenciosa, en uno de los salones menos transitados de la mansión. Felicity entró con cautela, temiendo encontrar a la misma joven rota, apagada por el dolor. Pero lo que vio la dejó inmóvil por un instante.
Florence estaba sentada junto a la ventana, erguida, con el rostro sereno. Vestía con sobriedad, sin adornos innecesarios, y su mirada, aunque profunda, ya no estaba perdida. Había en ella una calma firme, una seguridad contenida que Felicity nunca le había visto antes.
—Te ves… distinta —dijo Felicity al fin, con voz suave.
Florence levantó la mirada y asintió lentamente.
—Lo soy —respondió—. Ya no soy la misma.
No hubo rencor en sus palabras. Tampoco tristeza evidente. Solo una certeza tranquila, casi solemne.
Felicity se sentó frente a ella, observándola con atención. Reconocía los rasgos de su hermana, pero algo había cambiado de manera irreversible. La joven ilusionada que sonreía con solo ver al duque Evenson parecía haber quedado atrás. En su lugar había una mujer que había mirado de frente al dolor y había sobrevivido.
—No es que haya dejado de sentir —continuó Florence—. Es que ahora entiendo cosas que antes no. Perdí demasiado como para seguir siendo ingenua.
Felicity sintió un nudo en el pecho. Comprendió entonces que no se trataba solo de una etapa del duelo, sino de una transformación. Las heridas, el sufrimiento y la pérdida habían esculpido una nueva fortaleza en Florence. No la habían endurecido por completo, pero sí le habían dado un peso distinto a cada gesto, a cada palabra.
—Pareces… una duquesa —murmuró Felicity, casi sin darse cuenta.
Florence esbozó una leve sonrisa, apenas perceptible.
—Eso soy ahora —dijo—. No por el título, sino por lo que he tenido que sostener.
Felicity la miró con una mezcla de orgullo y tristeza. Se alegraba de ver a su hermana firme, en pie, capaz de seguir adelante. Pero también lloraba en silencio por la joven ilusionada que el dolor había dejado atrás.
Aun así, entendió algo importante.. Florence no se había perdido.
Había cambiado.
Y ese cambio, nacido del amor y de la pérdida, la había convertido en una mujer fuerte, serena y digna… incluso en medio de la herida que nunca terminaría de cerrar.
Felicity la observó en silencio, sin atreverse a interrumpir aquel instante.
Florence permanecía de pie junto a la ventana, envuelta en el negro riguroso del luto, un color que no la empequeñecía, sino que parecía darle aún más presencia. Su postura era recta, sus movimientos medidos, su rostro sereno pese a la tristeza que aún habitaba en sus ojos. No había en ella debilidad visible, solo una firmeza nacida del dolor.
En ese momento, el corazón de Felicity se llenó de una mezcla profunda de orgullo y alivio.
Orgullo, porque aquella niña frágil a la que había enseñado a leer con paciencia y ternura se había convertido en una mujer capaz de sostener su propio peso, de enfrentar la pérdida más cruel sin quebrarse del todo. Orgullo porque Florence, aun herida, no se había dejado consumir por la tragedia, sino que había aprendido a caminar con ella.
Y alivio… un alivio silencioso y casi culpable. Alivio de saber que su hermana no se había perdido en la oscuridad, que no había quedado atrapada en la negación, la ira o la culpa para siempre. Alivio de ver que, bajo aquel luto severo, Florence seguía viva, consciente de sí misma, dueña de su dolor.
Felicity sintió que algo dentro de ella se aflojaba por primera vez desde la muerte del duque. Durante semanas había cargado con el temor de que Florence no lograra volver, de que la tristeza la devorara poco a poco. Pero allí estaba.. transformada, sí, distinta, sin duda… pero en pie.
Mientras la miraba, Felicity comprendió que ya no necesitaba protegerla como antes. Su hermana menor había crecido de golpe, empujada por el destino hacia una madurez que no había elegido, pero que ahora sostenía con dignidad.
Y aunque el luto seguía envolviéndola, Felicity supo con certeza que Florence no era solo una viuda joven vestida de negro.. era una duquesa firme, una mujer que había amado profundamente y que, pese a todo, seguía adelante.
Ese pensamiento, doloroso y hermoso a la vez, llenó su corazón de una calma nueva.
minutos despues.. el té humeaba suavemente entre ambas, elevando un aroma delicado que parecía envolver la estancia en una calma casi irreal. Felicity sostuvo la taza con ambas manos, como si aquel gesto sencillo le ayudara a anclarse al presente, mientras Florence se sentaba frente a ella con una elegancia sobria, propia de quien había aprendido a medir cada movimiento.
La conversación fluyó con naturalidad, sin prisa.
Florence fue la primera en sonreír levemente cuando mencionó a Fantine.
—Ha vuelto a escribir —dijo, con una ternura suave en la voz—. Está a poco de dar a luz
Los ojos de Felicity se iluminaron de inmediato. Su expresión se suavizó, y por un instante el peso de los últimos meses pareció disiparse.
—Fantine siempre fue así —respondió con una pequeña risa—, llena de vida… Me alegra tanto por ella.
Hablaron entonces de su hermana lejana, de la mansión Scriew llena de risas infantiles, de Miles convertido en un esposo atento y de cómo Fantine había encontrado la felicidad que tanto merecía. Aquella noticia, tan simple y tan grande a la vez, les recordó que la vida continuaba, incluso cuando el dolor aún estaba presente.
Luego, casi sin darse cuenta, la charla derivó hacia los cambios. Florence habló de cómo ya no veía el mundo del mismo modo, de cómo ciertas ilusiones se habían apagado, pero otras, más silenciosas y profundas, habían nacido en su lugar. Felicity escuchó con atención, sin interrumpirla, consciente de que cada palabra era parte de un proceso que no necesitaba consejos, solo comprensión.
Recordaron la infancia en la mansión Dagger.. los pasillos largos, los jardines donde jugaban, la figura distante pero firme de su padre, y la presencia siempre amorosa aunque ya lejana de su madre. Hubo sonrisas nostálgicas, y también silencios cargados de recuerdos que no necesitaban ser nombrados.
Felicity evocó los días en que Florence aprendía a leer, sus dedos pequeños recorriendo las letras con concentración, y Florence recordó cómo Felicity siempre estaba allí, paciente, constante, incluso cuando nadie más parecía notar sus esfuerzos.
El té se fue enfriando poco a poco, pero ninguna de las dos se apresuró a servir más. Había en ese momento una intimidad serena, una complicidad nacida de los años compartidos, de las pérdidas y de los afectos que las unían.
No era una conversación alegre, pero tampoco triste.
Era una charla honesta, tejida de recuerdos, cambios y nostalgia, de aceptación silenciosa y de un amor fraternal que, pese a todo, permanecía intacto.
🤣🤣
Ahora con Florence recién nacida vuelca ese amor 🥰