Trilogía: Corazón De Acero
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 24: El contrato de sangre, la reina de hielo
Victoria Morgan/Amira Jones
El amanecer en las colinas de Calabria no traía paz, sino la frialdad de un terreno en guerra.
Me desperté exactamente a las cinco de la mañana. Mi reloj biológico, forjado en años de disciplina táctica en la F.E.E.M., no entendía de camas de plumas ni de cortinajes de seda. Me quedé inmóvil durante tres minutos completos sobre el colchón, respirando con compás lento mientras mis sentidos escaneaban la suite de invitados en completo silencio.
En cuanto me incorporé, la mujer enamorada y vulnerada que había dejado su alma en la cabaña de Essex se disolvió por completo. Volví a ser la Teniente Morgan, o mejor dicho, la implacable, aristocrática y helada Amira Jones.
Camine descalza sobre la alfombra de la habitación, inspeccionando cada rincón con ojo clínico. Revisé los marcos de los cuadros, el zocalo de la chimenea de mármol y las molduras del techo en busca de lentes de cámaras ocultas o micrófonos de ambiente. Nada. Salvatore Varone era demasiado arrogante para espiar a sus invitados en su propia fortaleza, confiaba ciegamente en que nadie tenía el valor de traicionarlo bajo su techo. Deslicé un pequeño escáner de frecuencias cifradas disimulado dentro de mi polvenera de maquillaje para verificar el estado de los bloqueadores de señal de la villa. El pulso era constante, la red estaba blindada, pero logré enviar un paquete de datos encriptado de tres segundos a través de una ráfaga de alta frecuencia dirigida directamente a los servidores de Kincaid y Alec en Londres.
Objetivo asegurado. Posición dentro del núcleo Varone lograda. Confirmada la fecha de la farsa: un mes.
A las ocho de la mañana, tras haberme enfundado en un impecable conjunto de dos piezas en tono crema, una falda de tubo por debajo de la rodilla y un saco estructurado que acentuaba mi figura sin perder la elegancia de la realeza, bajé las majestuosas escaleras de mármol hacia el comedor principal.
El gran salón olía a café recién hecho, pan tostado y tensión acumulada. Todos estaban reunidos alrededor de la mesa. En el extremo superior, el patriarca Varone leía el periódico, a su lado, la madre de Salvatore examinaba unas muestras de vajilla, y más allá, Allegra Davies intentaba con desesperación cubrirse la parte lateral del cuello con un pañuelo de seda y capas de maquillaje cargado. Sus ojos, rojos y desorbitados, me clavaron una mirada cargada de un odio tan viscoso que casi podía olerlo.
—Buenos días a todos —saludé con un tono de voz pulido, sereno y distante, deslizando mi abrigo sobre el respaldo de una silla.
—¡Buenos días, Amira! —la voz cálida de Emma Taylor rompió la pesadez de la mesa. La novia de Enzo me dedicó una sonrisa genuina y alegre, haciendome una seña para que me sentara a su lado—. Espero que hayas descansado de maravilla. La villa puede ser bastante ruidosa por las noches con el viento de la costa, pero esta suite tiene la mejor vista.
—Descansé perfectamente, Emma, muchas gracias —respondí, devolviéndole una sonrisa amable.
Emma me cayó bien al instante. A diferencia de la falsedad venenosa de Allegra o la rigidez de la madre de Salvatore, Emma tenía una chispa de autenticidad y frescura, era inteligente, observadora y no parecía tener ningún interés en las guerras de ego de la mafia.
—Estábamos hablando con la señora Varone sobre la lista de invitados para la recepción —continuó Emma, pasándome una taza de porcelana con té caliente— Sé que estás en un proceso difícil por el luto de tus padres, pero me encantaría ayudarte con los preparativos de la boda si me lo permites. Prometo no abrumarte.
—Te lo agradecería muchísimo, Emma. Tener a alguien con buen gusto a mi lado me hará el proceso mucho más llevadero —asentí, aceptando la taza.
Allegra soltó un bufido despectivo, dejando caer su tenedor sobre el plato de porcelana con un ruido estridente.
—Por favor... ¡Qué conmovedor espectáculo! —soltó la rubia con un tono cargado de sarcasmo—. Emma, no seas ridícula. Ni siquiera sabemos si esta... dama de la realeza tiene los contactos suficientes en Londres para armar una lista de invitados que no avergüence el apellido Varone. En la aristocracia británica de verdad, los verdaderos nobles no viajan solos por el mundo.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. Enzo miró a su novia con incomodidad, mientras el Don bajaba lentamente el periódico para observar la escena.
Giré la cabeza despacio hacia Allegra. No parpadeé. Le clave la mirada fría y cristalina de mis lentes de contacto celestes, manteniendo una postura tan erguida y superior que la sola presencia de la rubia parecía reducirse a un mero estorbo.
—Tienes razón en algo, Allegra —solté con una calma helada, tomando un sorbo de té antes de continuar—. La aristocracia británica de verdad no necesita hacer alarde de sus títulos ni de sus contactos en una mesa de desayuno para validar su existencia. Mi linaje habla por sí solo en las cortes de Europa sin que yo tenga que despeinarme.... supongo que hay accidentes que le cambian la vida a uno para bien, mientras que hay mujeres que pasan años arrastrándose por una atención que jamás van a recibir.
Enzo ahogó una risotada detrás de su servilleta. Emma apretó los labios para no soltar una carcajada abierta, y el patriarca Varone esbozó una sonrisa de satisfacción abierta ante mi réplica. Allegra se puso de pie bruscamente, con el rostro rojo de rabia y humillación, y abandonó el comedor a zancadas.
—Un toque magistral, querida —murmuró el Don, volviendo a su lectura—. Salvatore eligió bien.
Justo en ese momento, la puerta del comedor se abrió y Salvatore Varone entró al salón.
Verlo a la luz del día era un impacto visual abrumador. Traía un traje de tres piezas en tono azul marino hecho a medida, impecable, que acentuaba la envergadura de sus hombros y su porte imponente. Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás con elegancia, la mandíbula marcada por una sombra de barba perfectamente perfilada y un aura de autoridad fría, pesada y peligrosa que llenaba cada rincón de la habitación. Era un hombre exageradamente atractivo, un tipo de belleza dura, ruda y calculadora que imponía un respeto inmediato. Había algo en la forma en que caminaba, en la severidad malhumorada de su rostro y en la oscuridad de sus ojos que despertaba una curiosidad peligrosa. Me dije a mí misma en una fracción de segundo que se trataba estrictamente de trabajo, que solo era el sujeto de una misión táctica... pero negar que el tipo irradiaba un atractivo magnético e intimidante habría sido una mentira absurda.
Sus ojos oscuros se clavaron directamente en mí en cuanto cruzó el umbral.
—Buenos días —saludó con una voz grave y rasposa.
—Buenos días, Salvatore —respondió Emma por todos.
—Amira, acompáñame a mi despacho. Necesitamos hablar sobre cosas de la boda —ordenó él con su habitual tono seco y dominante, sin dar margen a protestas.
Me puse de pie con elegancia, me despedí de Emma con un gesto amable y lo seguí a través de los pasillos del ala norte.
Al entrar a su oficina privada, el olor a madera de caoba, cuero y whisky caro me recibió. Salvatore caminó directamente hacia su imponente escritorio de madera maciza, cerró la puerta con llave y se giró para mirarme. La ligereza de la mesa de desayuno desapareció al instante, el ambiente se volvió denso, tenso, cargado de un juego de poder sutil.
—Veo que sobreviviste al desayuno con mi familia y le cerraste la boca a Allegra —comentó él, apoyandose contra el borde del escritorio con los brazos cruzados sobre el pecho, escudriñándome con una fijación casi enfermiza.
—No vine a Italia a dejarme intimidar por despechadas, Salvatore —le respondí con indiferencia, acercándome a uno de los sillones de cuero—. Si vamos a llevar esta farsa hasta el final durante las próximas cuatro semanas, exijo reglas claras.
Salvatore soltó una risa baja, cruenta y egocéntrica, sacando un sobre de cuero negro del cajón de su escritorio y arrojándolo sobre la mesa.
—Me gusta tu maldita actitud, Amira... Eres una reina de hielo —soltó con ardor en la voz, abriendo el documento— Precisamente para eso te cité aquí. Esto es un Contrato de Confidencialidad y Compromiso Matrimonial Privado.
Fruncí el ceño y me acerqué al escritorio para examinar el papel.
—Explícate.
—En este documento estipulamos las cláusulas de nuestra alianza —explicó él con voz dura, calculadora y sin rodeos—. Mantendrás la farsa de nuestro compromiso y la boda ficticia frente a mi familia, la prensa y los círculos de la mafia hasta que yo lo considere necesario. A cambio, te otorgaré protección absoluta bajo el apellido Varone, acceso a los recursos que solicites para tus estancias en Italia y una compensación económica astronómica cuando decidamos anunciar nuestra 'separación discreta' por incompatibilidad de agendas.
Leí el documento con rapidez. Sus clausulas eran estrictas, frías y pragmáticas. Sin embargo, mi mirada se detuvo en una cláusula específica redactada en un tono posesivo que me hizo alzar la vista hacia él.
—Aquí dice que, durante la vigencia de este contrato, debo residir exclusivamente en la Villa Varone y no puedo mantener contacto no autorizado con ningún hombre ajeno a la familia —señalé con una ceja arqueada—. ¿Te volviste loco? No soy tu prisionera.
Salvatore dio un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros hasta quedar a escasos centímetros de mi rostro. Su aura pesada y dominante se sintió como una muralla de concreto, olía a un perfume amaderado caro y a tabaco fino. Su mirada me recorrió de arriba a abajo con una posesividad cruda, arrogante y grosera.
—Eres mi prometida ante el mundo, Amira —me siseó al oído con voz ronca, bajando la cabeza para rozar casi su aliento con el mío—. Ningún hombre en esta región va a ponerte una mano encima, ni va a mirarte como si tuviera derecho sobre ti. En esta casa, mi palabra es la única ley que existe. Firmas el contrato, juegas bajo mis reglas, o te arriesgas a que investigue hasta el último rincón de tu dichoso linaje aristocrático en Londres.
Le sostuve la mirada sin pestañear. Podía sentir el peligro latente que emanaba de él, la naturaleza pura de un capo acostumbrado a someter a todos a su voluntad. Por un segundo, el recuerdo de la furia de Alec Cross cruzó por mi mente, Alec era un monstruo de disciplina militar y pasión abrasadora; Salvatore era un demonio egocéntrico y despiadado del bajo mundo. Dos hombres peligrosos disputándose, sin saberlo, la misma pieza en el tablero.
Sonreí con una frialdad insultante, tomé la pluma estilográfica sobre la mesa y firmé el documento con un trazo firme.
—Hecho, Salvatore —le dije, arrojándole la pluma sobre el contrato—. Pero no te equivoques... Firmo porque me conviene la alianza, no porque le tenga miedo a tus amenazas.
Salvatore tomó el papel firmado, examinó mi rúbrica y dejó escapar una sonrisa torcida, profundamente satisfecho.
—Veremos cuánto dura esa arrogancia cuando empiece la cuenta regresiva, mia futura sposa —murmuró, guardando el contrato en la caja fuerte.
Horas más tarde, al caer la noche, me retiré a mi suite.
El silencio de la habitación me permitió finalmente despojarme de la armadura. Me acerqué al tocador de baño, abrí el estuche y me retiré con cuidado los lentes de contacto celestes. Al mirar el espejo en la penumbra de la estancia, el reflejo me devolvió el verde intenso de mis ojos naturales.
Toqué con la yema de los dedos el falso anillo de compromiso que Salvatore me había entregado ayer. El peso del metal se sentía como un grillete.
Me miré fijamente en el cristal, recordando el propósito real de cada uno de mis pasos, recopilar la información estratégica de las rutas de la 'Ndrangheta, mantener a Salvatore Varone convencido de su triunfo y comiendo de mi mano, y salir con vida de Calabria antes de que la farsa del matrimonio se transformara en una trampa mortal. Tenía exactamente un mes para lograrlo, y no pensaba fallar.